Sí, definitivamente la juventud colombiana decidió levantarse y demostrar que son la fuerza para apoyar la protesta pacífica en un país desbordado por los abusos de los políticos corruptos y la delincuencia que se ha tomado la función pública. 

Éramos un país de cobardes,  contemplando impasibles a los corruptos y sus aliados, tanto en las esferas públicas como privadas, hacer y deshacer a su antojo con las arcas públicas, leyes, reformas, contratos, para engrosar sus fortunas.

Los jóvenes demostraron que sí se puede parar los abusos de poder, el autoritarismo de los políticos instaurados en el poder, y que realmente en una democracia quien manda, quien tiene la última palabra  es el pueblo y no lo dirigentes que un vez elegidos se creen con el derecho de pasarse por la faja la Ley y cerrarle la puerta en la cara a la comunidad.

Nos enorgullece esta nueva generación, cansada, oprimida, desvalorada, pero con una enormes ganas de torcerle el cuello al monstruo de la corrupción y el abuso.  Han demostrado que la cobardía solo nos ha llevado a un estado de postración social deplorable, pues en Colombia cualquier Juan de los palotes nos arrodilla, tanto de la extrema izquierda (guerrillas) como de la extrema derecha (caudillos, paramilitares, narcotraficantes).

Los jóvenes se han levantado con toda razón, y con ellos también se exacerbó la violencia en el país. Contrario a lo que piensa el gobierno, estamos convencidos que quienes protestan no son los culpables del incremento de la violencia (pues la llama de la violencia en este país siempre encendida).  Colombia no es un país de ángeles, es un país con un ciudadanía apenas incipiente, es un país lleno de extremismos y extremadamente violento.

Es entendible que en las marchas, en las protestas o en cualquier manifestación multitudinaria se filtren elementos extremistas que provoquen hechos violentes que sumen más violencia y degraden los objetivos de nuestros jóvenes.  Hay que identificarlos y neutralizarlos.   Estamos en contra todo tipo de violencia y por eso no entristece las sangrientas jornadas que está viviendo el país.  

Pero ¿quién tiene la culpa? ¿Quién se encarga de regarle gasolina al fuego? Cada quien cree tener la respuesta, pero la realidad es una sola: por un lado las políticas gubernamentales sofocando la paciencia de un pueblo empobrecido y enfermo, y por otro lado, una comunidad que ya no soporta más humillación y degradación de sus vidas. En el medio, una horda de desadaptados esperando que la chispa salte para encender la violencia. 

Los jóvenes son los llamados a fortalecer esa ciudadanía que va sacar el país delante, y con la misma fuerza y vehemencia con que salieron a protestar, deben salir en las próximas elecciones  desterrar a todos los políticos corruptos de la administración pública de Colombia.

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