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Por: Adlai Stevenson Samper

Comencemos por el principio, por quienes crearon el problema urbano de escorrentía de aguas lluvias en furiosas corrientes denominados arroyos que estas no nacieron de actos divinos inconmensurables sino por urbanizadores tacaños, inexpertos y la carencia general de un marco de planeación urbana en Barranquilla.

En 1857 la ciudad se dividía en 3 barrios: Arriba del río, Centro y Abajo del Río. La famosa calle Ancha –actual paseo Bolívar— tenía una forma irregular por que seguía los contornos de una de estas esporádicas corrientes, aunque es menester señalar que carecían de impetuosidad y que lo único que dejaban, tras las lluvias, eran charcos y lagunas que servían de criaderos de sarapicos y hogar de sapos saltones.

Hasta principios del siglo XX la situación no mostraba mayores problemas y cambia cuando se inicia con evidente desafuero urbano la construcción de barrios, unos tras otros, agregándose al trazado de damero sin ningún tipo de previsión sobre el monstruo histórico acuático que estaban creando. Es que estos caballeros impulsores de estas obras siempre fueron vistos como paladines emprendedores y prohombre cívicos sin analizar a fondo, aparte de sus contribuciones a los negocios de finca raíz sobre el territorio en forma de “barrios”, los desafueros técnicos que iban lentamente acumulando al obviar en sus planes y diseños un alcantarillado pluvial.

El comodín de los negocios: las Empresas Públicas Municipales

Los urbanizadores de inicios del siglo XIX eran un puñado de empresarios entre los cuales se encontraban José Francisco Insignares, propulsor del barrio Recreo y La Luna (bulevar del Recreo Roossevelt hasta Siete Bocas) el norteamericano William Ladd del barrio Boston, los hermanos Salzedo Cotes en Olaya Herrera y Delicias, la Compañía General de Urbanizaciones en Porvenir y Colombia (vecindad del estadio Romelio Martínez) y el más importante, Karl Parrish y los socios que lo acompañaron en el proyecto del Prado, Alto Prado y Bellavista (y posteriormente; ya en su empresa Parrish & Cia. en los barrios La Florida, ciudad Jardín, Nuevo Horizonte, Granadillo, La Campiña, La Cumbre, El Tabor, Los Alpes, El Poblado, Las Mercedes, Riomar; en suma los que generan una buena parte de los arroyos canalizados por el distrito en el “norte”).

En 1925 cuando se inician estos negocios inmobiliarios urbanizadores, Barranquilla contaba con un precario acueducto, así que la primera historia desarrollada para quitarse de encima la responsabilidad de construcción de infraestructura de servicios en los nuevos barrios consistía en modernizar el servicio de agua para efectos de mejorar sustancialmente la salubridad urbana, situación expuesta en forma afortunada en el artículo Agua y mortalidad en Barranquilla 1920—1940 del imaginario social a la realidad empírica: una mirada desde la historia y la salud pública, del médico y sociólogo Jorge Bilbao de la Universidad Libre.

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Allí dice lo siguiente: “En cambio el diario La Prensa, tomando como fuente el Boletín de Estadísticas Municipales, decía que para 1925 la población era de 110.000 habitantes y que el comportamiento de la morbilidad y mortalidad estaba asociado a la mala calidad y/o insuficiencia del suministro de agua, lo que da lugar a una presión social para la construcción de un nuevo acueducto que garantizara cobertura domiciliaria óptima y buena calidad del agua para la población barranquillera”.

En el citado artículo se demuestra con estadísticas que esas cifras eran ciertas pero sin ninguna relación con la calidad del agua, proponiendo un análisis sobre lo buscado con la construcción de este imaginario de “salubridad urbana” forzado por el principal periódico de la época (el conservador diario La Prensa, de la familia Martínez—Aparicio vinculado a sectores de la dirigencia tradicional de la ciudad) y auspiciado por grupos económicos urbanizadores en expansión que necesitaban para sus proyectos que la municipalidad les financiara la infraestructura de servicios de agua, alcantarillado, aseo y pavimentación. Esta dinámica propuesta de desarrollo de servicios públicos necesitaba recursos que no tenía el municipio de Barranquilla y por ello acudieron a un empréstito bancario internacional.

El artículo del profesor Bilbao señala al respecto que “el proyecto del barrio El Prado contemplaba características arquitectónicas y urbanísticas propias de los barrios residenciales de Estado Unidos: grandes avenidas, parques, zonas verdes con enormes jardines, club campestre, pavimentación y alcantarillado, y su propio sistema de acueducto mediante la perforación de pozos profundos y un tanque elevado; pero, el alto costo de este servicio, sumado a los ocasionados por la energía, el servicio de alcantarillado, y la recolección y disposición de basuras movió a los propietarios a pensar en delegar tal responsabilidad en el Gobierno nacional, o municipal, dando inicio a una intensa gestión política para lograr tal cometido”.

Tras logar que se “adoptará” el modelo propuesto de salubridad se inician las gestiones para el préstamo. En 1925, por la escritura pública 967 del 27 de junio de la Notaría Primera el municipio de Barranquilla, representado por Rafael Ángel Donado, presidente del Concejo Municipal, Santiago Zúñiga, personero, Walmiro Donado, tesorero, se firma con Robert Parrish (de la empresa Parrish y Cía.)  actuando como representante legal de los banqueros de Chicago Central Trust el préstamo de cuatro millones de dólares para efectos de construir un sistema de acueducto moderno soportado bajo la egida de una empresa con esas competencias urbanas legales.

De este modo nace, impulsada en secreto por urbanizadores y auspiciada por la municipalidad de Barranquilla la Empresas Publicas Municipales (hoy en día convertidas sus estructuras de servicios en Triple A). Su intención; ya se mencionó, era crear infraestructura para que los urbanizadores pudieran desarrollar sus proyectos sin invertir en este segmento y fue el pivote central de la labor encomendada, aquí viene otro mito urbano desmesurado; al norteamericano Samuel Hollopeter por una sencilla razón surgida desde la perspectiva de los compromisos planteados en el préstamo tal era que la gerencia de este ente autónomo independiente de la administración municipal recayera en un funcionario enviado por Central Trust con el objetivo de administrar los recursos y sobre todo, garantizar su papel de recaudador del préstamo y de sus intereses. Por supuesto que las relaciones entre el escrupuloso gerente Hollopeter y los políticos municipales no fueron las más cordiales, siempre con tensiones de diversa índole.

La creación de las EPM de Barranquilla ha sido presentada como una hazaña ciudadana producto de esfuerzos comunes de personas e instituciones dándole categoría de héroe público a Samuel Hollopeter por las características de su intervención gerencial cuando los hechos y circunstancias muestran exactamente otra situación. La Cámara de Comercio de Barranquilla— vinculada por supuesto al grupo de promotores urbanizadores— señala en su página web lo siguiente: “Es precisamente la Cámara de Comercio la que impulsa el proyecto de tratamiento del agua potable para Barranquilla, mediante el análisis de su viabilidad y la conveniencia de los créditos de la Central Trust Company de Chicago, para su ejecución”.

Dice también este informe de la Cámara de Comercio de Barranquilla un hecho esclarecedor: “la CCB también contribuyó a impulsar los proyectos para la pavimentación de las calles de arena y la construcción de un mercado público municipal. Estas obras de gran valor para la infraestructura de la ciudad, para dinamizar su vida comercial y para la calidad de vida de sus gentes, dieron origen a la creación de un ente que tuvo la responsabilidad de administrar los servicios públicos de la Barranquilla de entonces: las EMPRESAS PÚBLICAS MUNICIPALES DE BARRANQUILLA”.

Equipo de aseo de las EPM de la Barranquilla de entonces.

Vemos la correlación entre urbanizadores (Robert Parrish), Empresas Publicas Municipales y Cámara de Comercio de Barranquilla en lo concerniente a pavimentación de calles y carreras que presupone, tras respectivos análisis y estudios, procurar el diseño y construcción del sistema de drenaje de aguas lluvias, máxime en una ciudad con la morfología territorial de Barranquilla. Al obviarse este paso de diseño y construcción por los inconvenientes que implicaba en materia presupuestal y que además no eran las necesidades percibidas por los urbanizadores, surgen en esas nuevas calles pavimentadas corrientes de agua que en la medida que la ciudad crece se transforman desde los años 50 en peligrosos arroyos que paralizan la ciudad y no pocas veces provocaron trágicos percances.

Plano de la pavimentación de Barranquilla en 1948, donde se muestra los barrios que la conformaban.

Para los que tengan dudas en donde andaban los verdaderos objetivos reales urbanos de las Empresas Publicas Municipales de Barranquilla un plano sobre vías pavimentadas de esa entidad en 1944 es prueba fehaciente. Allí se muestra que media ciudad –la orientada hacia el sur— carece de pavimentación y probablemente de otros servicios y que la acción de Hollopeter en la gerencia de la empresa en cuanto a vías se reducía al Centro de Barranquilla, Rosario, Olaya Herrera y 20 de julio, y los barrios en donde intervino Parrish con su empresa: El Prado, Alto Prado, Bellavista, un sector de Boston y el sector aledaño al estadio Romelio Martínez con los barrios Colombia, El Porvenir y a través de la calle 72, el barrio Delicias.

Ninguno de esos barrios tenía sistema de drenaje para escorrentía de aguas lluvias y precisamente allí surgirían gran parte de los arroyos de la ciudad. Por cierto no sería precisamente la solución de estos problemas la Empresas Públicas Municipales cuyo origen direccionado a suplir necesidades de inversión en infraestructura del sector privado los convirtió a la postre, cuando los gringos soltaron las riendas tras el cobro del préstamo y sus intereses, en una especie de botín burocrático para los grupos políticos locales que decidieron llevarla a un estado de postración en donde las necesidades de la ciudad no eran precisamente su prioridad, hecho de diáfana claridad tal como se colige de una carta de la auditora especial de esa empresa, Janeth Suárez en agosto 3 de 1990, dirigida al gerente de la empresa Álvaro Dugand Donado.

Allí se detalla el inventario de la corrupción y su metodología: otorgamiento de contratos no perfeccionados, adjudicación de compras a proveedores no inscritos, sobreprecios, adquisiciones no controladas por almacén o suministros, evasión de impuestos, saqueos permanentes, desorganización adrede de archivos, desatención de prioridades, pagos por obras no realizadas, salidas de equipos sin retorno posterior a la empresa y más.

Por supuesto que esta empresa, tras liquidarse, sobre sus ruinas surge la Triple A (aseo, acueducto y alcantarillado) que se desentendió hábilmente, sin reproches de nadie, de la competencia del alcantarillado de escorrentías de aguas lluvias.

Problema sin aparente solución

La aparición de estas míticas corrientes de agua con notoriedad nacional trajo aparejado el diseño de mitos políticos que pretendían esconder el evidente desgreño en la administración pública de la ciudad en la formulación de una planeación efectiva dejado en manos de los urbanizadores privados las propuestas de diseño que se limitaban a expandir redes de servicios delineando calles y lotes para la venta.

Se dijo ladinamente que los arroyos eran problema sin solución escondiendo las verdaderas causas de su aparición y forzando una retórica de aceptación de las inevitables consecuencias con el concepto de “arroyo peligroso, no pase”. Aceptarlos y convivir con ellos fue la recomendación impuesta pues eran parte de la naturaleza del discurrir de la ciudad que solo intentaba evadirlos, construyendo –increíble en más de 50 años desde su surgimiento– puentecitos tales como el ridículo de Olaya Herrera sobre el arroyo de Felicidad (calle 48) con rezagos formales de puente veneciano, —afortunadamente demolido en las obras de Transmetro—, el de la carrera 38 sobre la calle 65 —arroyo en cercanías de la Cruz Roja y Siete Bocas— y el de Murillo sobre la carrera La María.

Después, se demostraría que al igual que el mito de la eficiencia de la EPM, del excelente y pulcro gerente Hollopeter, que los arroyos si tenían una posible solución para librar a la ciudad de sus efectos devastadores en temporada invernal. Allí es donde aparece la continuidad histórica de la carencia de planificación en las propuestas de obras para su erradicación y que explican en gran parte los problemas actuales planteados con su canalización subterránea.

Soluciones para la elite

El hilo histórico de soluciones de la administración pública de Barranquilla a través de sus diversos entes –incluida la fenecida EPM— siempre se han plateado en forma focal impulsando sectores (barrios o urbanizaciones) antes que a planteamientos generales de planeación urbana con un programa cuidadoso, estudiado, analizado, sopesado, de intervenciones para evitar errores, que fue lo que efectivamente ha pasado con el proceso de solucionar lo “insolucionable”.

Un primer intento de canalización subterránea fue sobre la carrera Olaya Herrera en la construcción de Transmetro cuando a la altura de la calle 41, frente a la iglesia del Rosario. Solo por escasos 500 metros para llevar las aguas hasta el caño evitando los inmensos charcos que allí se formaban por los declives del terreno.

Durante la administración de Elsa Noguera (2012—2015) se implementa la posibilidad de superar el trauma urbano de los arroyos pero con los problemas planteados anteriormente de fallas en la concepción general del proyecto de erradicación de arroyos trastocado en una solución parcial en una zona álgida en donde se encuentra residenciado el estrato 6 de la ciudad viviendo allí gran parte de su dirigencia política, gremial, financiera y empresarial que se encontraba perfectamente cercado por dos arroyos peligrosos y violentos: el de la calle 79 y de la calle 84.

Cuadrante donde se realizaron las primeras canalizaciones de arroyos.


Allí precisamente se instauran los procesos iniciales de canalización subterránea de arroyos diseñados para cubrir las necesidades del estrato 6 de Barranquilla en una mega manzana que parte de la calle 79 hasta la 93, y desde las carreras 53 y 54. El de la calle 79 inicia obras el 16 de marzo de 2014 en la intersección con la carrera 60 con recursos del programa de valorización 2012. Consta de 800 metros lineales, tres carriles de 3.5 metros de ancho y ancho final de vía de 10.5 metros, con un box coulvert de 3000 PSI, reforzado de sección rectangular debajo de la vía, con rejillas para captar las corrientes.

Perfecto si no fuese por el detalle que el arroyo de la calle 79 viene con ímpetu desde la carrera 20 de julio y la canalización con sus rejillas captadoras se colocaron en uno de los extremos de la mega manzana mencionada, exactamente en la calle 79 con carrera 54. De allí en adelante la problemática del arroyo parece solucionada. Antes no, pues continúa exactamente igual lo que demuestra que el inicio de captación y el diseño de la obra fue caprichoso y con vista a solucionar el problema de incomunicación de la megamanzana descrita.

El próximo paso para resguardar la megamanzana estrato 6 fue la construcción de la canalización del otro arroyo peligroso, el de la calle 84, iniciando obras el 25 de marzo de 2014, es decir, su ejecución es simultánea al de calle 79 en la administración  de la alcaldesa Elsa Noguera dentro del marco de intervención de escorrentías de aguas pluviales entre las carreras 51B y 74. Según declaraciones de Nurys Logreira, Secretaría de Infraestructura, el arroyo fluye a una velocidad entre 3 y 4 metros por segundo.

Los arroyos de la calle 84 y calle 79 siguen causando problemas en las zonas donde no fueron canalizados.

La intervención tuvo una longitud de 1.895 metros cuadrados con la construcción de un box coulvert en forma de cajón en concreto reforzado debajo de la estructura del pavimento con sumideros transversales. La captación de aguas ocurre en el puente aledaño a la iglesia de la Torcorona para el arroyo que viene de la calle 85 y para el de la calle 84 una serie rejillas frente a la iglesia.  

Los trabajos estuvieron a cargo del Consorcio Canales del Futuro, integrada por Sociedad PVC SAS, Construcciones e Inversiones Beta SAS; cuyo representante legal es Luis Pichón. La inversión fue de $59.556 millones de pesos, con interventoría del Consorcio Calle 84, integrado por Ecovías SAS y Bateman Ingeniería S.A., representada por Luiggi Pugliese, por un valor de $4.798 millones de pesos.

Sin embargo, pasado el entusiasmo inicial del inicio de obras de canalización en la calle 84 y 79, surgieron algunas sugerencias y críticas sobre su diseño. Humberto Ávila, PhD en Ingeniería Hidráulica y director del Ideha de la Universidad del Norte, dijo que “se debía considerar y evaluar para futuras intervenciones de otros arroyos el uso de tanques de almacenamiento temporal estratégicamente ubicados combinado con la canalización y sistemas SUDS (Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenibles), que permitan reducir costos y tiempos de construcción, abarcar mayores áreas de intervención y ser consistentes con el objetivo del Distrito de invertir por una Barranquilla sostenible”. Esta sensata recomendación como es natural en los procesos de administración pública en Barranquilla, no fue acogida en ninguno de los contratos posteriores de canalización.

Otra voz que tampoco fue escuchada en los pormenores de diseño y construcción fue la de Luis Narváez, presidente de la Sociedad de Ingenieros del Atlántico. Señaló entonces que “Tengo mucha preocupación por la poca altura del box coulvert. Es una altura que puede generar taponamiento hacia el futuro e igual las captaciones laterales. Debo suponer que la altura está bien calculada y es posible que les funcione, sin embargo, es una altura que la veo limitada por todos los sólidos que se mueven por las calles de Barranquilla cuando vienen los arroyos”.

Cuando los aguaceros son intensos, el agua sobrepasa el puente de la calle 84 con 79.

Palabras proféticas sobre el arroyo de la calle 85 que en varias oportunidades ha rebasado el cauce del puente para encontrarse con el de la calle 84 produciendo arrastres de vehículos justo en donde se encuentran las rejillas de entrada frente a Dunkin Donuts. Estos procesos mostraban que algo no funcionaba en los diseños propuestos en la construcción y es así que el 3 de diciembre de 2019, a un mes de entregar el puesto de alcalde a su sucesor Jaime Pumarejo, Alex Char aseguró que no podía irse de la administración distrital sin solucionar el problema del arroyo de la 85, asegurando que el viceministro de Hacienda Juan Alberto Londoño, prometió los recursos para esta obra.

El trazado a canalizar del arroyo de la 85 todavía sin iniciar obras comprende trabajos en la carrera 52 con calle 84, luego sube hasta la calle 85 y de allí se prolongaría hasta la carrera 45. También se tiene previsto canalizar un afluente en la carrera 47 con 85 hasta la carrera 46 con calle 88. Este arroyo tiene 1.200 metros lineales de extensión.

Todo señala que la situación presentada con los arroyos de la calle 84 y 85 fue producto de una planeación “caprichosa”, que al igual que la ubicación de las rejillas de captación en la carrera 51 no obedeció a estudios y análisis. No, fue una ubicación para delimitar la macromanzana estrato 6 que hemos mencionada.

Tanto la calle 84 como la 79 siguen con serios problemas con los arroyos cuando llueve en las zonas en donde no se canalizó y en donde están ubicadas las rejillas se forman nuevos arroyos. En Siape, el arroyo de la 84 se estrella contra un puente con un box culvert estrecho y de poca altura produciendo una corriente de agua a gran altura que inunda el puente.

Parte II.

Caudal de los arroyos, surgimiento de nuevas corrientes y las consecuencias de errores en el diseño. 

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