Por: Janina Pérez Arias (Venecia) 
TOMADO DE EL ESPECTADOR (Ver artículo original aquí)

José Mujica y Emir Kusturika, protagonista y creador del documental “Pepe, una vida suprema”, que se estrenó en el Festival de Venecia. /AFP

Uno de los invitados ilustres de la 75° edición de la Mostra Internazionale d’Arte Cinematografica di Venezia es José Pepe Mujica. La presencia del expresidente de Uruguay en la cita cinematográfica más antigua de Europa se debe al documental Pepe, una vida suprema, dirigido por el serbio Emir Kusturica, en el cual se cuenta la polémica vida de este hombre al que muchos tienen como ejemplo del político ideal.

“No soy una estrella, soy un estrellado”, recordaba para que no hubiese dudas de que su propósito no es convertirse en una celebridad cinematográfica a sus 83 años. Sin embargo, con la vida de Pepe Mujica se podría hacer un puñado de películas; de hecho en La Mostra también ha desembarcado La noche de los 12 años, una producción española-argentina dirigida por Álvaro Brechner, sobre la época del confinamiento solitario en diferentes cárceles durante la dictadura entre las décadas de los 70 y 80.

A pesar de la barrera del idioma, con Kusturica se produjo de inmediato un idilio; profundizando su amistad a lo largo de los cuatro años que duró el desarrollo de este proyecto. En nombre de ese afecto fue que Mujica finalmente decidió estar presente en Venecia, con la intención de costearse sus gastos (aunque no hay constancia de ello), dejando por un rato sus crisantemos, a su perra Manuela, a su mujer, Lucía, su antiguo Volkswagen azul y el tractor que siempre se le estropea y que él mismo repara.

En la mañana veneciana, Mujica sorbe un mate; se ha traído todos los implementos a su escapada a Italia: la calabaza, las hojas, la bombilla. Aún está sereno, se explaya en sus respuestas, muchas veces se va por las ramas huyendo a las profundidades. Pepe Mujica deja muy claro que es un viejo lobo de los mares revueltos de la política, pero no sospechaba que después del estreno de Pepe, una vida suprema tanto él como Emir Kusturica se emocionarían al borde de las lágrimas. Los lobos viejos también lloran.

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Después de tantos años usted sigue fiel a una ideología y a una militancia a sabiendas de que en nuestros países, específicamente en Venezuela, el socialismo del siglo XXI es un completo fracaso. ¿Cómo es para usted constatar ese fracaso? y ¿cuál es su posición ante el descalabro de Venezuela?

¡Ay, mija! La historia de la humanidad está llena de fracasos, de cristales rotos. A los hombres, cuando impulsamos los cambios con generosidad, nos quedan muchas cosas en el tintero. Los anarquistas que murieron por las ocho horas (laborales) querían cambiar el mundo, y aunque no lo lograron, sí consiguieron las ocho horas (laborales), que quedó como un adelanto social. Las pensiones, las jubilaciones, los derechos humanos…, siempre fueron pedacitos conquistados por aquellos que lucharon por un mundo mejor, que querían mucho más y no lo lograron. Así es el progreso humano, es una escalera por la que apenas vamos subiendo algún escalón, y de vez en cuando nos caemos y volvemos empezar. Yo tengo una visión socialista pero no escapista, soy autogestionario, y pienso que el socialismo no debería estar reñido con la libertad. Al parecer necesitamos una cuota de premio y castigo en la vida, pero todo eso está por verse.

¿Se justifica tanta desgracia en Venezuela?

(Reflexiona) No, yo no justifico. Las desgracias pasan, y es fácil criticarlas, el problema es salir. En el caso venezolano, hay una especie de larga y vieja maldición del petróleo. Se acostumbraron a vivir del petróleo y perdieron el oficio de generar alimentos; en Venezuela tienen un ron maravilloso y se transformaron en el primer importador de whisky de América Latina, despreciaban la pasta de trigo duro porque la misma tenía que ser tipo italiano… ¡Dios me libre! ¿Sabés una cosa? He llegado a la conclusión de que el exceso de recursos naturales muchas veces es una maldición.

Viendo la situación general de América Latina, ¿Cómo es que ha logrado Uruguay ser la única democracia que mantiene su progresismo?

Lo que pasa es que Uruguay es un país pequeño, donde existe una tradición (progresista). En 1910 tuvimos un presidente que escribía dios con minúscula y separó a la iglesia del Estado; en 1912 se estableció el divorcio por la sola voluntad de la mujer, y en 1925 se reconocieron las ocho horas (laborables). No es que hayamos inventado el progreso, es que recibimos una excelente herencia de nuestros abuelos, que hemos logrado por lo menos mantener y además somos el país más laico de América Latina. Tenemos consejo de salario tripartito, en el que cada dos o tres años se discuten los salarios de todos los gremios y eso data de la década de los 40. Si hubiéramos sido un país grande, se diría que la socialdemocracia se inventó en Uruguay, pero como somos chiquito, con tres millones y medio de habitantes y 13 millones de vacas, de las mejores del mundo… Es un país raro (sonríe).

¿Ha sido por el tamaño del país que se ha podido lograr tantas cosas?

No es tan poético. En el Uruguay tenemos problemas; todavía hay indigencia y 9 % de pobreza, que no se justifican porque es un país productor de comida. Uruguay está produciendo comida para más o menos 30 millones de personas, y podría producir para 50 o 60 millones. Tenemos nuestros problemas y además estamos muy viejos, hay pocos hijos, no crecemos nada. Ahora empezaron a llegar venezolanos, dominicanos y gente proveniente de Centroamérica, ¡menos mal!

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Los objetivos principales de su política fueron reducir la pobreza e implementar la justicia social. ¿De qué manera se pueden alcanzar esas metas?

Sencillamente, tratando de distribuir un poco mejor. Creo que el mercado por sí solo tiende a concentrar excesivamente y se necesitan políticas que ayuden a la distribución. El problema son los límites, porque frecuentemente, si nos pasamos, le quitamos incentivos a la inversión y después estaremos peor. No es sencillo, y siempre uno se genera unos cuantos enemigos.

¿Cuál fue el éxito más significativo que logró durante su presidencia (del 2010 al 2015)?

Tal vez haya sido que bajó bastante la pobreza, pero me quedaron cosas en el tintero y se me escaparon las cuentas. Gastamos un poco más de lo que quizá debíamos, porque quisimos distribuir. Nadie es perfecto…

¿Qué fue lo que se le quedó en el tintero?

Los hombres tenemos mucha más capacidad de soñar que de hacer. ¿Cómo no se me van a quedar cosas en el tintero? Por ejemplo, con la (legalización) marihuana nos costó mucho que la gente entendiera. Durante dos o tres años la mayoría estaba en contra, ahora la mayoría está a favor. Hacia 1915 en Uruguay se reconoció la prostitución, se organizó, se obligó al aporte social, y este es un ejemplo para demostrar que existe una tradición de reconocer los hechos aunque sean feos. Es la misma política que aplicamos con el aborto; desde antes de Cristo han existido mujeres con la necesidad de abortar y consideramos que mantenerlo ilegal era obligar a que fuera clandestino, lo cual perjudicaba a las mujeres más pobres. Entonces es una doble injusticia. Descubrimos que al legalizar el aborto podíamos ayudar a muchas mujeres que tenían problemas de soledad y que después retrocedían en la decisión. Al final, en realidad salvábamos más vidas, pero vencer las barreras culturales no es fácil. Así que todo esto es parte de la lucha.

Los ciudadanos nos enfrentamos a la dificultad de encontrar buenos líderes políticos. ¿Tiene usted algún consejo de cómo podemos hallarlos?

Encomendarse a Dios, si existe… (se ríe). La política es una necesidad antropológica del hombre porque el hombre es un animal gregario, tiene que vivir en sociedad. Por eso tenía razón Aristóteles cuando dijo que el hombre es un animal político. En la época contemporánea, esta etapa del desarrollo capitalista ha generado una cultura subliminal que dicta que triunfar en la vida es ser rico, y quien no lo es no triunfa. Entonces, frecuentemente se agarra el camino de la política para hacer riqueza, y allí es cuando matamos la política, porque la política se basa en la confianza. Los políticos deberían vivir como la mayoría de su pueblo, no como la minoría privilegiada. Comer el mismo pan, la misma comida, tener las mismas dificultades de la gente común. A quien le guste mucho la plata, que se dedique a otra cosa, pero no a la política, porque la política tiene que cultivar la confianza. Eso no quiere decir que uno no se equivoque, no. El problema es que la gente perdona los errores, pero lo que no perdona es que la embromen, y así desactivamos la política.

Según lo que ha dicho, entonces ¿Hugo Chávez “embromó”, embaucó, a su pueblo?

No dije eso. Es mucho más complicado, por desgracia.