Por Redacción Corrupción al Día
Verdad Oculta

En un país donde la corrupción ha secado pozos, dejado niños sin comida escolar y hospitales sin camas, era cuestión de tiempo antes de que también se tragara los almuerzos de los soldados. Lo insólito —aunque ya nada debería sorprendernos— es que oficiales del Ejército, funcionarios públicos y contratistas hayan conspirado, al mejor estilo del cartel del PAE, para robarse no millones, sino los platos de comida de los hombres en uniforme.

Un contrato de 100 millones… y una banda organizada de cuello verde oliva

El escándalo gira en torno a un contrato de $100 millones destinado a alimentar a los soldados del Batallón Energético y Vial de La Jagua de Ibirico, en el Cesar. Hasta ahí, todo parecería una licitación rutinaria. Pero lo que destaparon los investigadores de la Dijín y del Ejército fue una maquinaria perfectamente aceitada para simular beneficiarios, alterar documentos y justificar el robo como si se tratara de una cena oficial.

Entre los capturados están el coronel Bernardo Rozo, el coronel Davis Franco, el sargento Deiber García, y, por el lado civil, William Díaz Bazza, secretario de Tránsito; Carlos Borrego Daza, exasesor de contratación de la alcaldía; y el contratista Alfonso Rodríguez. Todos ellos fueron imputados por delitos como peculado por apropiación, falsedad ideológica y contrato sin cumplimiento de requisitos legales.

Soldados fantasmas, almuerzos para fiestas privadas y firmas de papel carbón

La mecánica era digna de un guion del realismo mágico colombiano: soldados de vacaciones o asignados a otros batallones aparecían milagrosamente recibiendo almuerzos. Las planillas se firmaban en blanco, se fotocopiaban y luego se «rellenaban» con fechas y nombres distintos. Un buffet de trampas digno del manual del corrupto versado.

Pero lo más nauseabundo no fue la falsificación documental: fue la desvergüenza de usar esos almuerzos para fiestas privadas, cumpleaños, días de la mujer y hasta reuniones sociales de los comandantes. Como dijo la fiscal del caso, “los almuerzos eran brindados a capricho de los comandantes”. ¿Qué clase de oficial se roba la comida de su tropa para montar una parranda? Uno que confunde la patria con una finca personal.

La corrupción militar: el tabú que nadie quiere tocar

En Colombia, hablar de corrupción en el Ejército es casi una blasfemia. Pero como revela el enfoque de La Cara Oculta del Poder, el verdadero juego político y presupuestal ocurre en pasillos sin cámaras, en batallones sin veeduría, donde el uniforme sirve más para blindarse judicialmente que para servir a la nación.

Este escándalo no es un hecho aislado. Es una expresión de la corrupción estructural que Alejandro Nieto define como el secuestro del Estado por una casta extractiva. Un Estado donde la impunidad es la norma y la ética, un lujo de tontos.

Sistema Silencioso: el engranaje que normaliza el robo

Lo que más indigna no es solo que se hayan robado la comida de los soldados —es que eso ocurre porque el sistema lo permite. Aquí entra en juego la metodología de Sistema Silencioso, que expone cómo la corrupción opera en la sombra, sostenida por normas culturales, vacíos legales y complicidades institucionales. No se trata solo de individuos, sino de un aparato corrupto que sigue funcionando aunque se capturen a sus piezas.

¿Y la Secretaría de Transparencia? Bien, gracias

Como en muchos otros casos, no hay rastro de una intervención oportuna de la Secretaría de Transparencia de la Presidencia de la República. Su papel —si es que aún existe— sigue siendo tan irrelevante como invisible. No se conoce una sola estrategia anticorrupción nacional que esté funcionando. No hay control real, no hay sanciones ejemplares. Solo comunicados, excusas y más contratos por adjudicar.

Reflexión final: ¿Y si el cambio empieza por el civismo?

La lucha contra la corrupción no se gana solo con capturas. Se gana también desde el civismo. Cada acto de respeto a los recursos públicos es una inversión en la confianza social. Robarse la comida de los soldados es una traición a la patria, pero también una señal de que hemos normalizado el abuso como parte del paisaje.

La buena noticia es que el civismo —a diferencia de la corrupción— es contagioso, pero en el mejor sentido. Si queremos soldados bien alimentados, comunidades protegidas y gobiernos decentes, no basta con indignarse. Hay que actuar, vigilar, denunciar, educar y exigir.


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