Bienvenidos a la era de la estupidez mediática

En un país donde el cinismo se cotiza más alto que la ética, la banalización de la corrupción ha alcanzado un nuevo récord histórico. El pasado 25 de junio, la influencer disfrazada de periodista, Eva Rey, decidió regalarle un espacio de validación social al más célebre contratista corrupto del país: Emilio Tapia, quien ha saqueado el erario público con una voracidad de película, aunque sin el más mínimo arrepentimiento.

La escena, tan absurda como insultante, tuvo lugar en sus plataformas digitales, donde Eva Rey le ofreció cámara, micrófono y credibilidad al hombre que representa el tercer anillo del infierno fiscal colombiano, según la propia Galería de Corruptos de Corrupción al Día. Pero, claro, lo hizo entre risas, tonos ligeros y con la promesa de una “entrevista humana”.

¿Humana? ¿Desde cuándo se vuelve “humano” blanquear a quien ha empobrecido regiones enteras, desfalcado obras públicas y convertido la contratación estatal en una orgía de coimas?

El síndrome de Estocolmo digital

El problema no es que Emilio Tapia hable. El problema es a quién se le ocurre convertirlo en un personaje admirable. Eva Rey lo entrevistó como si se tratara de un visionario incomprendido, un “injustamente odiado” por la opinión pública. Pero la reacción fue inmediata: la indignación colectiva obligó a la influencer a borrar la entrevista. En un acto que huele más a cálculo reputacional que a arrepentimiento, luego grabó un video titulado “Soy humana y me equivoqué”.

¿Equivocación o estrategia? Porque esto no fue un desliz cualquiera. Fue una elección editorial que revela una peligrosa desconexión ética en ciertos sectores del periodismo-influencer contemporáneo.

Reacciones de periodistas

No fue periodismo: fue marketing de impunidad

Lo que hizo Eva Rey no fue periodismo. Fue branding para un criminal de cuello blanco, una campaña de relaciones públicas camuflada de entrevista. Y lo más grave: pretendió hacerlo pasar por “valentía periodística”. Pero entrevistar a Emilio Tapia sin confrontarlo, sin desmontar sus mentiras, sin recordarle a Colombia lo que ha robado, no es valentía, es complicidad.

Tapia fue condenado por el escándalo del Carrusel de la Contratación y vinculado a múltiples desfalcos. Cada vez que habla, debería ser para responder ante la justicia, no para lavarse la cara en un set de luces cálidas y preguntas blandas.

¿Qué significa que un corrupto sea “trending topic”?

Lo que hace verdaderamente grave este episodio es cómo la cultura de la imagen ha reemplazado la cultura de la responsabilidad. Un criminal con condena puede hoy ser una “celebridad” si encuentra a una influencer dispuesta a maquillarlo. Y no hablamos de maquillaje figurado. Hablamos de maquillaje institucional.

Porque si Emilio Tapia puede sentarse a “dar su versión” como si fuera un perseguido político, es porque el ecosistema mediático se ha degradado al punto de darle espacio y aplausos al victimario.

De Eva Rey a todos los “periodistas” que normalizan la corrupción

Este caso debe ser una advertencia. No basta con decir “me equivoqué” después de blanquear a un delincuente. Porque mientras Eva Rey recolecta views, los niños de la Guajira siguen sin agua potable, las carreteras se desmoronan y los hospitales públicos están en ruinas, en gran parte gracias a gente como Tapia.

Quien lo entrevista sin escrutinio es cómplice del daño que produce. Punto.

¿Y ahora qué?

En vez de entrevistas light, lo que Tapia necesita es un micrófono en la Corte Suprema. Y lo que necesitamos los ciudadanos es recordar que no se combate la corrupción con likes, sino con verdad, memoria y justicia.

Por eso, desde Corrupción al Día, seguiremos haciendo lo que Eva Rey no se atrevió a hacer: desenmascarar, cuestionar y confrontar. Porque Emilio Tapia no merece fama. Merece condena social, política y judicial.

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