Por: Julio Morales Guerrero

La condición de hombre irresoluto del presidente de Colombia ha conducido al tenebroso mes de mayo que ha tenido su vórtice en Cali. Ya decía Descartes que la irresolución es un vicio del carácter que constituye la mayor falta moral. Si bien ella tiene su origen en el deseo de no equivocarse asociado a la poca luz en el entendimiento: el mucho temor a errar es el error mismo.

No previó el Presidente el estallido social que estaba suscitando al conceder a la codicia de sus mentores las injustas reformas que impulsó temerariamente y de las que tuvo que retractarse cuando ya la desesperación del pueblo incendió el polvorín que esa misma codicia hubo acumulado desde muchos años atrás.

Ya nadie esperaba esta especie de insurrección popular (especialmente de la juventud), pero no porque faltaran motivos para la protesta, que los hay de sobra, sino porque lo que era de esperarse desde hace mucho tiempo, al no haber ocurrido, no se sigue esperando.

Ha tomado a todos por sorpresa esta manifestación de la indignación de los colombianos, sobrepasando, inclusive, a las expectativas de quienes convocaron el paro. En estas circunstancias, la respuesta improvisada del gobierno no ha podido ser más torpe e incendiaria; se acudió al mismo recurso de reprimir con brutalidad y atemorizar, porque desde hace mucho tiempo mediante la desmesurada represión policial y el temor, el pueblo ha soportado la descarada corrupción e impunidad y se ha resignado a aceptar que la prosperidad de los colombianos sólo es posible fuera del territorio nacional o una prosperidad espuria asimilándose a la inmoralidad de la vida política local y abriéndose un lugar en la cascada de humillación constituida por las clientelas que agencian la Administración pública; todo joven, para no sucumbir en la pobreza, se enfrenta al dilema de largarse de Colombia o enrolarse con los políticos en un género de vida inmoral.

Talento, mérito y virtud moral son conceptos que pueblan los discursos, pero sin asidero en la realidad del país. Estos elementos consubstanciales a la vida del hombre moderno, y en particular de las sociedades democráticas, son los que se reclaman en todas las marchas y barricadas que están teniendo lugar en el territorio de la nación y más allá de la diversidad de cosas que se reivindican por los campesinos, obreros, indígenas, estudiantes y demás grupos sociales confluyen en este reclamo: que haya justicia, que la camarilla de impostores y malandrines que hoy reina permita que, por las buenas o por las malas, el talento, el mérito y la virtud moral hagan parte de la cotidianidad para que la vida en Colombia deje de ser el juego sucio en que ahora consiste; caracterizada porque el latrocinio a gran escala se premia con poder y honores, mientras que la honradez se castiga con sufrimiento y menosprecio.

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Nada más este paro ha permitido constatar cómo la justicia se retrae y se esgrime el garrote; se ha dado testimonio al mundo de ser Colombia una nación regida por la barbarie por el elevado número de heridos, muertos y desapariciones durante las protestas, para lo cual no se ha requerido entrenamiento ya que es larga la historia de masacres y asesinatos selectivos de líderes sociales y adversarios políticos. Ante los crímenes de los últimos días no se puede admitir siquiera la insinuación de que alguno de los asesinados estaba delinquiendo, porque en tal caso correspondía apresarlo y procesarlo judicialmente.

El presidente Iván Duque es abucheado en Cali.

Lo que se reclama con furor en las calles es que en Colombia sea posible vivir bien obrando bien y que se abandone el actual precepto de vivir bien obrando mal, porque es inmoral e impracticable; sólo una minoría desvergonzada se acoge a este precepto perverso con el sacrificio del bienvivir de la mayor parte de la población.

Si el presidente no ha comprendido este fondo de la actual protesta social ni recibido ilustración de sus consejeros, debe reflexionar por sí mismo con prontitud y determinarse sin dilación a ofrecer una solución sensata y generosa en las distintas regiones y frentes de batalla en lugar de continuar matando a los jóvenes y acrecentando el resentimiento social. Lo que estamos viviendo es demasiado doloroso y una profunda vejación del gentilicio colombiano ante el mundo.

Se pide a gritos que el gobierno desista de su cruel propósito de ganar esta batalla aumentando los muertos en las calles y humillando al pueblo y sobre todo a los jóvenes con nuestro propio ejército, que es el de la juventud colombiana; por este medio estará cociendo una guerra civil que aterroriza con sólo imaginarla.

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