El martes, habitantes del exclusivo sector de Ciudad Jardín hicieron un plantón frente a sus vecinos de Univalle, en Cali. Iban todos de riguroso blanco en autos caros y una jauría de escoltas.

Camionetas disparando contra manifestantes en Cali.


Estaban furiosos y querían meterle candela a la Universidad, pero una señora muy elegante se limitó a meterle una patada a una estudiante.

Los univallunos estaban atónitos. Son expertos frente al Esmad pero esto era inédito. ¡Los atacaba la aristocracia caleña!

De pronto alguien vociferó: «¡Tenemos 25.000 armas, malparidos!». Era un señor de blanco que esgrimía una pistola desde su blanquísima camioneta Toyota Prado.

Entonces un estudiante contestó: «Nosotros tenemos la mejor biblioteca del país».


La escena resume dos posiciones frente al paro: una clase alta que rechaza un paro contra una reforma que la golpea también a ella (¡¿?!) y una juventud que está dejando su sangre en las calles para luchar contra un Gobierno asesino que no merece semejante ofrenda.



¿Qué dicen los grandes medios? Si exceptuamos unos pocos, entre ellos RCN Radio y El Espectador, nada: venden pauta con videos de vandalismo popular pero no dicen nada sobre la barbarie del Estado, los centenares de abusos de la Fuerza Pública, las decenas de manifestantes asesinados, los centenares de desaparecidos, los muchachos de Siloé —un barrio de ladera de Cali— entregados a sus familiares con tiros en las piernas, el vandalismo de policías encubiertos, los «señores bien» que le disparan a la turba desde sus confortables apartamentos, el defensor de derechos humanos torturado por la policía.

Tampoco dijeron nada sobre algo que no habíamos visto jamás: el helicóptero artillado que arrojó gases y plomo sobre un barrio de Buga en la madrugada del miércoles.

La tapa de la desinformación es el caso del hotel La Luna. El edificio ardió en llamas la noche del lunes en Cali.

Mindefensa madrugó el martes y acusó a los vándalos del hecho.

El miércoles RCN TV presentó imágenes de los manifestantes «celebrando la caída de la reforma tributaria» frente a las ruinas del hotel la noche anterior.

En realidad era una velatón, no una fiesta, y el edificio ardió porque estalló una tula blanca con explosivos que varios policías entraban al edificio, como está registrado en un video que es viral.

En Medellín, Naciones Unidas se ha visto a gatas para proteger de los ataques policiales a los médicos que atienden a los manifestantes heridos.

¿Qué dicen el presidente, el establecimiento y los señores de punta en blanco?

Esta originalidad: «Apoyo el paro, una manifestación legítima de la voluntad popular, pero rechazo el vandalismo». La verdad es que detestan solo el vandalismo popular; el otro, el que niegan, les produce orgasmos múltiples.

El Parlamento Europeo, la Cámara Baja de los Estados Unidos, Amnistía Internacional, centenares de observatorios sociales y los principales diarios del mundo siguen con horror esta carnicería, mientras los Trizas y los Uribeños celebran la concreción de su sueño, el incendio del país, el genocida mayor «glorifica la violencia» y el presidente retoza en su burbuja de televisión, ese mundo perfecto donde la vacunación y el país marchan como un escuadrón de la SS.

Cuando la sangre de las calles se le mete por debajo de la puerta del set, cambia de estudio, se pone el camuflado, les gruñe a los vándalos y le jura a la audiencia que todo está bajo control, que esto no es un estallido social agudísimo detonado por su torpeza y agravado por su indolencia sino un simple caso de policía que él y sus sabuesos resolverán en cuestión de horas, como dijo en Cali el martes Zapateiro, el valiente general que le enviaba amenazas anónimas al caricaturista Matador.

Julio César Londoño – 7 de abril de 2021

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