Gabinete de “cero corrupción”: el expediente que De la Espriella se sentó en la mesa

Prometió que nadie tendría corona. Su ministro de Vivienda llegó con un proceso fiscal por más de cuarenta y seis mil millones y, de fondo, un país sacando cuerpos de los escombros.

Nos encontramos en un kiosco reservado del Club de Playa Samaria, en Santa Marta. Es el fin de semana del puente festivo, y mientras en el Chocó y en el Pacífico el país todavía remueve escombros y llora a los muertos del terremoto del lunes pasado, circulan imágenes que ubicarían allí, entre la brisa, el sol del caribe y la arena, al ministro de Vivienda de Colombia, Jaime Andrés Beltrán, acompañado de su familia y de su esquema de seguridad. Hay que ser rigurosos desde la primera línea, porque en corrupcionaldia.com la corrupción no se denuncia, se disecciona: hasta el cierre de esta nota no existía confirmación independiente sobre la fecha exacta de esas imágenes ni una explicación pública completa del ministro, y algunas versiones sostienen que habría viajado a un matrimonio.

Nada de eso cambia el efecto que ya produjeron. La foto, confirmada o no en su cronología, viajó en horas. La reconstrucción de una casa tarda años. Y esa distancia, la que separa un kiosco al sol de una familia durmiendo bajo plásticos, es la que encendió al Congreso.

El senador Jota Pe Hernández lo denunció como ministro indolente ante la tragedia. El representante Daniel Briceño, del Centro Democrático, el mismo sector afín al gobierno, pidió orden, responsabilidad y seriedad. La Cámara citó al ministro Jaime Andrés Beltrán para el martes 18 de agosto a un debate de control político sobre la emergencia, y el representante Alejandro Toro anunció moción de censura. Pero quedarse en la playa sería quedarse en el titular, y aquí venimos a lo que el titular esconde. Porque el hombre que hoy dirige la cartera encargada de devolverle el techo a miles de damnificados no llegó al gabinete con las manos vacías. Llegó con un expediente. Y ese expediente empieza a cientos de kilómetros de Santa Marta, en dos bodegas de Bucaramanga.

Dos bodegas y una fortuna hecha humo

Se llaman La Hormiga y Villas de San Ignacio. Durante 2024, de esas dos bodegas municipales se esfumaron postes, transformadores y luminarias del alumbrado público que un organismo de control terminó tasando primero en $23.442 millones de pesos y, meses después, en más de 46.000 millones. Nadie filmó la chatarra saliendo por el portón. Quedaron las bitácoras de los vigilantes, los videos y las fotografías satelitales de un concejal que denunció, y el silencio de una administración que no logró demostrar, con un solo acto administrativo, que esos bienes fueran basura declarada de baja. El hombre que gobernaba esa ciudad no está preso ni absuelto. Está sentado en el gabinete del presidente Abelardo de la Espriella, como ministro de Vivienda, Ciudad y Territorio. Esa es la historia. El resto es el sistema que la hizo posible.

Conviene recordar la frase, porque las frases quedan grabadas. Durante el empalme, el presidente electo lo dijo con la solemnidad de quien firma un pacto: “No voy a aceptar ningún acto de corrupción en mi gobierno. Cualquiera que esté involucrado en un acto de corrupción, así sea cercano, recibirá todo el peso de la ley. Aquí nadie tiene corona”. Su programa prometía auditorías implacables y cero tolerancia a la corrupción en el gasto público. El 8 de agosto de 2026, al posesionar a sus dieciocho ministros en el Batallón Pichincha de Cali, lo repitió como consigna. La consigna dura lo que dura pronunciarla. El expediente dura años.

Cómo se esfumó el alumbrado

Vamos al mecanismo, pieza por pieza. La alcaldía de Jaime Andrés Beltrán modernizó el alumbrado público de la ciudad y cambió las viejas luminarias por tecnología LED. Hasta ahí, una obra útil, prometida por todos los alcaldes y cumplida por pocos. El problema empezó con lo que quedó. Los postes, transformadores y luminarias retirados quedaron guardados en bodegas municipales, y desde el primer trimestre de 2024 empezaron a salir de manera irregular. El entonces concejal Carlos Felipe Parra Rojas, de la Alianza Verde, lo probó con videos y con imágenes satelitales que mostraban cómo el material se iba desapareciendo poco a poco. La Contraloría Municipal auditó y concluyó lo que en lenguaje técnico se llama un hallazgo administrativo con presunta incidencia disciplinaria, fiscal y penal. En lenguaje de barrio: la ciudad no pudo explicar dónde estaba su propia chatarra, y esa chatarra valía una fortuna.

Evolución del posible detrimento fiscal por la chatarra de Bucaramanga

La cifra del posible detrimento pasó de 23.442 millones a más de 46.000 millones a medida que avanzó el proceso fiscal.

Aquí aparecen los actores, sin eufemismos. Según la investigación periodística de El Reporte Coronell, retomada por la revista Cambio, quien tramitaba la salida del material habría sido Óscar Ramírez, hermano de Paula Ramírez, esposa del entonces alcalde. Un chatarrero llegó con una flota de camiones y se llevó el material, que terminó fundido y convertido, según esas versiones, en cucharas, sartenes y ollas. El propio Beltrán no está condenado por esto. Rige para él la presunción de inocencia, y hay que decirlo con todas las letras: en marzo de 2026 la Contraloría de Bucaramanga abrió un proceso de responsabilidad fiscal contra el exalcalde y otros funcionarios, y elevó el cálculo del posible detrimento por encima de los cuarenta y seis mil millones. Un proceso de responsabilidad fiscal abierto no es un fallo en firme. Una denuncia penal radicada no es una imputación ni una condena. Beltrán respondió que querían enlodar su nombre, que su administración actuó con transparencia y que serían las autoridades judiciales las que establecieran lo ocurrido. Su defensa llegó a atribuir parte de la responsabilidad al último secretario de Infraestructura de la administración anterior. Todo eso está en el expediente, y todo eso se resolverá donde debe resolverse. Lo que no está en discusión es que el ministro de Vivienda de un gobierno de cero tolerancia carga ese proceso a cuestas.

El otro papel: una elección anulada

Falta el otro papel, el que muchos olvidan. Beltrán no llegó a la alcaldía y se quedó los cuatro años. El 12 de diciembre de 2024, el Tribunal Administrativo de Santander anuló su elección en primera instancia. El 21 de agosto de 2025, la Sección Quinta del Consejo de Estado confirmó esa nulidad en segunda instancia y de manera definitiva, por doble militancia en la modalidad de apoyo: siendo candidato avalado por Colombia Justa Libres, respaldó a aspirantes al Concejo de otros partidos. No fue una destitución disciplinaria, fue la anulación judicial de su credencial. Un dato que conviene fijar, porque medios apresurados lo llamaron destituido y la diferencia jurídica no es menor. El resultado práctico es el mismo: el santandereano que se vendía como el Bukele criollo salió de la alcaldía por la puerta de un fallo, no por la del voto.

La cuenta que se paga en casas

Ahora traduzcamos las cifras a algo que se pueda tocar, que es lo único que de verdad se entiende. El orden de magnitud de ese faltante, entre veintitrés mil y cuarenta y seis mil millones de pesos según avanzó el proceso fiscal, equivale a cientos de subsidios familiares de vivienda. Cientos de familias con techo propio. Y no es una comparación caprichosa: es la herramienta exacta que hoy maneja la cartera que él dirige. El 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, un terremoto de magnitud 7,4 con epicentro en el Chocó dejó cerca de trescientos muertos, más de tres mil novecientos heridos y alrededor de trescientos desaparecidos. La UNGRD contabilizó del orden de nueve mil doscientas viviendas destruidas y más de cuarenta y cinco mil averiadas en catorce departamentos. En Buenaventura y en Quibdó, comunidades afro e indígenas quedaron sin luz ni agua, sacando a sus propios vecinos de entre el concreto con las manos. El Ministerio de Vivienda anunció la estrategia Juntos reconstruimos la patria, dentro del llamado Plan Milagro de Reconstrucción. Es decir, la cartera de este ministro es, precisamente, la que debe devolverle el techo a esas familias.

Vuelva ahora a la escena del comienzo, a ese kiosco de Santa Marta, y sopéselo de nuevo. El funcionario señalado por celebrar mientras el país sacaba muertos de los escombros es el mismo que carga el proceso fiscal por la chatarra de Bucaramanga, y es el mismo que hoy tiene en sus manos la reconstrucción de las casas que se cayeron. Tres capas del mismo hombre en el mismo cargo. La imagen de la playa fue apenas la chispa. El incendio estaba prendido desde antes, en dos bodegas donde una fortuna en metal se hizo humo.

No es un hombre, es un método

Levantemos la cámara, porque el problema nunca fue un hombre. El caso Beltrán es un síntoma de un método de nombramiento. El presidente que prometió rodearse de los mejores llevó a la cartera de Justicia a un penalista que renunció a la defensa de una empresa investigada por presunto lavado de más de setecientos treinta mil millones antes de una audiencia clave. Llevó a Agricultura a un funcionario cuyo nombramiento reavivó preguntas sobre la participación de su empresa en la estructuración de un crédito y un subsidio a un hijo de aliados políticos del propio mandatario. Llevó a Educación a una exfiscal cuya elección como jefa del ente acusador fue, en su momento, anulada. Ninguno de ellos está condenado, y a todos los cobija la presunción de inocencia. El punto no es la culpa individual de cada uno. El punto es el patrón. Cuando el mismo presidente le pide a su ministra de las TIC que verifique rigurosamente los nombramientos que se hacen bajo su firma, está admitiendo, sin querer, que la máquina de designaciones no filtra lo que promete filtrar.

Aquí es donde el Ciclo Secreto muestra su cara. En 2024 y 2025, corrupcionaldia.com diseccionó los desfalcos de la UNGRD y de Centros Poblados bajo el gobierno anterior con la misma lupa que hoy aplicamos. No cambiamos de vara según la bandera. Y esa es justamente la lección incómoda: la corrupción no es de izquierda ni de derecha, es de estructura. James Buchanan lo explicó hace medio siglo. El Estado no es un ente benévolo, es un campo donde agentes políticos maximizan su interés dentro de las reglas que existan. Si la regla premia la lealtad de campaña por encima del expediente limpio, el resultado no es una sorpresa, es una consecuencia. El gerente nacional de regiones de la campaña se convirtió en ministro. La patria milagro repartió sus milagros entre los suyos.

El profesor Alejandro Nieto, en El desgobierno de lo público, lo dijo sin anestesia: el Estado deja de gobernarse en favor del ciudadano cuando una clase política lo secuestra y lo trata como botín. La frase del propio ministro, nos dejaron la olla pelada, es el manual de esa clase: la culpa siempre es del anterior, el mérito siempre es propio, y la responsabilidad se diluye en el relevo. Es el mismo argumento con el que se defiende del caso chatarra. Es el mismo con el que cualquier administración entrega cuentas: la olla pelada la dejó el otro, la chatarra la robó otro, la playa fue un malentendido.

La pregunta que queda

La pregunta, entonces, no es si Jaime Andrés Beltrán es culpable. Eso lo decidirán la Contraloría y la Fiscalía, y aquí lo respetaremos. La pregunta es otra, y es para usted que lee. Cuando un gobierno promete cero corrupción y se sienta en la mesa a quien arrastra un proceso fiscal de cinco cifras y una nulidad electoral en firme, ¿qué está prometiendo realmente? ¿Y hasta cuándo vamos a aceptar que la palabra milagro sustituya a la palabra prueba?

Debate de tres expertos

James Buchanan · economía constitucional

La promesa de cero corrupción es aire hasta que existan reglas que aten las manos de quien nombra. Un ciudadano constitucional no confía en la virtud del gobernante, la limita. El error de fondo no es moral, es de diseño. Si la estructura de incentivos premia al coordinador de campaña con un ministerio y no castiga el expediente fiscal abierto con la exclusión del cargo, entonces el gobernante hace exactamente lo racional dentro de esas reglas. La sociedad civil, esa que vigila sin vivir del poder, es el único contrapeso real. Sin veeduría organizada, el eslogan reemplaza a la norma.

Alejandro Nieto · captura institucional

Yo describí un Estado tomado por una casta que lo parasita. El caso confirma la tesis. La chatarra no es un accidente aislado, es el modo de operar de una administración que trata el bien público como cosa propia y que, cuando la sorprenden, responde con la coartada del relevo. Lo grave no es que se haya perdido el material. Lo grave es que el sistema recompense a quien no pudo explicar dónde fue a parar, dándole una cartera de mayor tamaño. La impunidad no es la ausencia de sanción, es la promoción del señalado.

Alberto Brandolini · asimetría del bullshit

Miren la mecánica. Cero corrupción tarda tres segundos en decirse. Demostrar la pérdida de la chatarra le tomó a la Contraloría dos años, cuarenta folios y tres discos con pruebas. Esa asimetría es la estrategia, no un defecto. La foto del kiosco viajó en horas; el expediente fiscal lleva meses juntando polvo. Frases como quieren enlodar mi nombre y nos dejaron la olla pelada no son mentiras que se puedan refutar con un documento, son bullshit en el sentido de Frankfurt: al emisor no le importa si son verdad, le importa que circulen rápido y tranquilicen. El periodismo no gana esta pelea corriendo detrás de cada frase. La gana anclando el dato duro y repitiéndolo hasta que pese más que el eslogan.

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