Las fotografías del ministro de Vivienda, Jaime Beltrán, en una playa de Santa Marta con su familia merecen consideración más reflexiva por parte del funcionario. La indignación que miembros de la oposición y también congresistas gobiernistas han expresado se justifica en el dolor que miles de colombianos están sintiendo. El Gobierno de Abelardo de la Espriella ha sido consciente, desde el principio, del poder de los símbolos. En ese marco, creer que el daño causado por las imágenes difundidas puede subestimarse es un error de cálculo que se puede convertir en un obstáculo para la labor eficiente que la administración ha venido haciendo al responder al terremoto.

En las imágenes, difundidas por el medio independiente “Desigual”, se ve a Beltrán en una playa del mar Caribe acompañado de su familia. Es evidente, para cualquiera que las observe, que se trata de un momento de descanso. El problema es que eso ocurre el mismo fin de semana en el que el país sigue recogiendo escombros, encontrando personas fallecidas y con decenas de miles de viviendas derrumbadas. Cualquier observador de buena fe puede llegar a la conclusión de que el contraste es doloroso: un servidor público con un rol esencial en la reconstrucción se toma un descanso al mismo tiempo que los colombianos están buscando respuestas sobre su futuro inmediato.

De manera muy lamentable, la respuesta del ministro Beltrán al escándalo no estuvo a la altura del momento histórico. En un video difundido en sus redes sociales, adoptando un tono que deja entrever cierta condescendencia, el ministro dijo: “No estaba de vacaciones, quise compartir unas horas con mi esposa y mis hijos, a los que hace varios días no veía, para inmediatamente continuar con mi trabajo... No podemos olvidar que detrás del ministro, hay un padre, hay un esposo, hay un hijo. De nada vale construir grandes cosas en el país si destruimos lo que es más importante, la familia. Mi reto es construirle casa a los colombianos pero sin destruir el hogar”. En un momento de sus comentarios explicó que él y su esposa están viviendo en ciudades distintas y hacen el esfuerzo por verse de manera periódica. También lanzó una infortunada frase en la que parece juzgar al resto de los miembros del gabinete, que, según él, ponen el trabajo por encima de sus familias.

El ministro Beltrán no parece haber entendido la raíz de la frustración de los colombianos. Nadie cuestiona la importancia de la familia ni, por supuesto, niega el derecho de él y los suyos de encontrarse y acompañarse. Por supuesto que los servidores públicos tienen derecho a descansar. Es más, de nada nos sirve que la falta de lazos familiares y comunitarios lleven a un desgaste que les produzca problemas en su desempeño como funcionarios. Sin embargo, con solo una semana en el gobierno, es extraño que ese viaje haya sido considerado imprescindible y que, después, la manera de enfrentar a los reclamos sea justificándose. Ese tipo de reacción hace pensar en una cierta indolencia. Adicionalmente, el ministro Beltrán creó una distracción innecesaria para el gobierno de De la Espriella, mientras los otros ministros y el mismo presidente han realizado un esfuerzo por mostrar que están en los territorios enfrentando la emergencia de frente.

No se trata de negar la labor del Ministerio de Vivienda. Hemos visto los avances que han realizado y es una entidad esencial para la reconstrucción. Lo que necesita Colombia sí es que su ministro reconozca el error, ofrezca disculpas genuinas y retome el trabajo ininterrumpido en las zonas afectadas. Para la familia ya habrá tiempo.

No se trata de negar la labor del Ministerio de Vivienda. Hemos visto los avances que han realizado y es una entidad esencial para la reconstrucción. Lo que necesita Colombia sí es que su ministro reconozca el error, ofrezca disculpas genuinas y retome el trabajo ininterrumpido en las zonas afectadas. Para la familia ya habrá tiempo.

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