Nos encontramos en Medellín, el 20 de julio de 2026, día de la independencia, donde el presidente electo Abelardo de la Espriella tomó el micrófono y pronunció una frase que en otro país habría abierto una investigación y que en este abrió un aplauso. «Aquí en Medellín está la cabeza de la serpiente del narcotráfico y del crimen organizado«, dijo, y añadió que desde esa ciudad y su área metropolitana salen la mayoría de las órdenes criminales hacia el resto del país.
El alcalde Federico Gutiérrez aplaudió. El gobernador Andrés Julián Rendón aplaudió. Cinco meses antes, en esa misma ciudad, cuando el entonces candidato Iván Cepeda afirmó que Antioquia se había convertido en cuna de la parapolítica, la narcoeconomía y el terrorismo de Estado, esos mismos dirigentes lo rechazaron, la Asamblea Departamental lo declaró persona no grata y De la Espriella figuró entre quienes salieron a condenarlo. Los hechos históricos de Antioquia no cambiaron entre febrero y julio. Cambió el color de la camiseta del que hablaba. Ese es el caso que nadie en el país quiere diseccionar.
Empecemos por lo incómodo, porque este medio no vende consuelos. Las dos frases no dicen lo mismo. Cepeda habló de un periodo histórico, el de la parapolítica que llevó a la cárcel a decenas de congresistas en los años dos mil, y usó una categoría pesada, terrorismo de Estado, que apunta a responsabilidad estatal. De la Espriella habló del presente, de una logística criminal que ubicó en un mapa concreto, y lo hizo para justificar una oficina del Escudo de las Américas, la alianza que impulsa Washington.
Las diferencias
Son afirmaciones distintas, con implicaciones distintas. Quien quiera sostener que merecían reacciones distintas tiene un argumento y hay que reconocérselo. Pero mire lo que sigue, porque ahí aparece el mecanismo. Las dos frases coinciden en algo que a Antioquia le duele en el mismo nervio: asocian su nombre, ante todo el país, con el narcotráfico y el crimen. La primera fue leída como una afrenta imperdonable. La segunda, como un diagnóstico de seguridad. La misma herida, dos anestesias. El filtro que decide cuál duele y cuál no, no vive en el contenido de la frase. Vive en la identidad de quien la firma.
Ese filtro tiene nombre en la psicología y se llama sesgo de confirmación. Buscamos y celebramos la información que confirma lo que ya creemos y rechazamos la que lo contradice, sin importar cuál sea más cierta. No queremos la verdad, queremos tener razón. Cuando el que habla lleva nuestra camiseta, le concedemos contexto, matices, buena fe. Cuando lleva la contraria, le exigimos pruebas, precisión, disculpas públicas.
El mismo experimento, otro protagonista
El caso Cepeda y el caso De la Espriella no son dos noticias sueltas. Son el mismo experimento repetido con una sola variable cambiada. Y el resultado más revelador no lo protagonizan Gutiérrez ni Rendón, sino el propio presidente electo. En marzo, De la Espriella rechazó que se asociara a Antioquia con la narcoeconomía. En julio, De la Espriella asoció a Medellín con la cabeza del narcotráfico. La misma persona, la misma región, el argumento invertido según el asiento desde el cual hablaba. Cuando era opositor del que hablaba, la asociación era un insulto. Cuando fue él quien habló, la asociación fue una política de gobierno. No hace falta ser periodista de investigación para ver la costura. Hace falta querer verla.
Petro también mide con la conveniencia
Ni siquiera el bando contrario salió limpio de la prueba. El presidente Gustavo Petro corrigió a De la Espriella y dijo que estaba completamente equivocado, que Medellín no es el epicentro del narcotráfico. El dato de Petro puede ser correcto, la cadena de la cocaína se ha desplazado al sur, al litoral pacífico y a los puertos del Ecuador. Pero repare en el momento en que llegó la corrección. No apareció en febrero, cuando su aliado Cepeda lanzó la frase que encendió a Antioquia. Apareció en julio, cuando el que hablaba era el adversario. Cada tribuna midió la misma afirmación con la balanza de su conveniencia. La derecha se indignó con Cepeda y aplaudió a De la Espriella. La izquierda defendió a Cepeda y corrigió a De la Espriella. Nadie aplicó una sola vara. Todos cambiaron de vara según quién sostenía el micrófono.
El costo de aplaudir según quién habla
¿Y a usted, que lee, en qué lo toca esto? En lo más caro que tiene un ciudadano, que es su capacidad de saber qué está pasando. Cuando la verdad se pone camiseta, deja de servir. Un dato sobre el narcotráfico en Medellín debería valer lo mismo lo diga quien lo diga, porque las rutas, los muertos y el dinero lavado no militan en ningún partido. Pero cuando aprendemos a aplaudir o a indignarnos según el emisor, entregamos el termómetro. Ya no medimos la fiebre, medimos la simpatía. El costo es concreto. Antioquia lleva años pidiendo, con razón, que no se le reduzca a un estigma, que se reconozca a los millones de antioqueños que han sido víctimas y no victimarios del narcotráfico. Esa exigencia es legítima y hay que respetarla. Pero pierde toda su fuerza moral el día en que la misma dirigencia que la defiende frente a un adversario la guarda en el cajón frente a un aliado. Si el respeto por Antioquia dependía de quién la nombraba, nunca fue respeto por Antioquia. Fue disciplina de partido. Y con disciplina de partido no se combate ni un solo cartel.
La lección de James Buchanan: reglas versus jugadas
Aquí está la estructura, que es lo que a este medio le interesa. James Buchanan, premio Nobel de economía, distinguía entre las reglas del juego y las jugadas dentro del juego. El ciudadano maduro, decía, es el que juzga las reglas, no el que aplaude a su equipo pase lo que pase. Una democracia sana necesita ciudadanos que evalúen lo que se dice con una sola vara, hable el propio o el ajeno. Lo que estamos viendo es lo contrario: una ciudadanía y una dirigencia entrenadas para evaluar al jugador y jamás la jugada. Ese entrenamiento no es espontáneo. Lo alimentan los que ganan cuando el país discute personas en lugar de hechos, porque mientras nos peleamos por quién tiene autoridad moral para nombrar el narcotráfico, nadie pregunta si el Escudo de las Américas tiene presupuesto, control ciudadano o resultados medibles. La indignación selectiva es la cortina. Detrás de la cortina se toman las decisiones que sí mueven recursos.
La puesta en escena militar del 7 de agosto
Y hay una segunda escena que confirma el patrón. De la Espriella quiere posesionarse el 7 de agosto en una guarnición militar del Cauca, rodeado de simbología castrense, para, según sus palabras, rendirle honor a los verdaderos héroes. El Senado ya autorizó el traslado con 55 votos a favor y 32 en contra. En una democracia el presidente es el comandante supremo de las armas, cierto, pero su poder no nace de los fusiles, nace de los votos, y está limitado por la Constitución. Que la imagen inaugural de un gobierno civil necesite rodearse de uniformes para proyectar autoridad dice algo sobre cómo se entiende el poder. En una democracia las armas están subordinadas al poder civil, y no el poder civil necesitado de armas para demostrar que manda. Las formas, en política, también son fondo. Y el fondo, aquí, es el mismo de la serpiente de Medellín: el gesto que impresiona a la tribuna propia, calculado para que la tribuna propia aplauda sin preguntar.
La pregunta que de verdad importa
La pregunta, entonces, no es si Medellín es o no la cabeza de alguna serpiente. Esa discusión tiene datos, y los datos se debaten con datos. La pregunta es por qué el mismo país que exige pruebas a un bando le firma un cheque en blanco al otro. Mientras sigamos juzgando la verdad por la camiseta del que la dice, seremos hinchas, no ciudadanos. Y a los hinchas se les gobierna fácil, porque aplauden antes de entender. La corrupción más difícil de diseccionar no es la del contrato inflado ni la de la coima en el sótano. Es la que se instala en nuestra propia cabeza el día que decidimos que la verdad depende de quién la pronuncia. ¿Está usted dispuesto a medir con la misma vara al que quiere y al que no?




