Adlai Stevenson Samper

@AdlaiSteven

Parece sacado de la macabra mente de Edgar Allan Poe, una esplendorosa novela negra o alguna versión local y siniestra de “A Sangre Fría”, de Truman Capote. Pero no, es una realidad tan espeluznante que supera cualquier ficción, una oscura verdad que se desató a inicios de la década de los sesenta en las calles de algunos barrios populares de Barranquilla. Hoy en día, estos hechos, que pasaron desapercibidos ante las autoridades judiciales quizás corrompidas por los responsables, serían considerados crímenes de lesa humanidad, pues incluyeron torturas, muertes, desapariciones y secuestros de menores de edad.

Toda una trama delictiva y de corrupción alcanzó el estatus ilusorio de mito urbano, del cual nadie ofrecía respuestas convincentes. Convertida desde sus inicios en una anécdota tenebrosa, esta historia se usaba para asustar a los niños que jugaban en las calles, pero con el tiempo se diluyó imperceptiblemente en la memoria urbana.

Las Sombras del Carro Negro: Secuestros en la Penumbra

El rumor se inició en las calles de algunos barrios populares: un carro negro con hombres de lentes oscuros y atuendos recargados patrullaba en busca de infantes indefensos. Los secuestraban violentamente, llevándolos a rincones oscuros y sombríos. La leyenda urbana cobró fuerza debido a la creciente frecuencia de estos sucesos, con niños secuestrados, torturados y desaparecidos. Sin embargo, las autoridades insistían en que eran simples especulaciones, conjeturas sin fundamento, producto del terror de unos padres preocupados.

La policía y los jueces de instrucción criminal estaban convencidos de que todo era una exageración, pero lo terrible de la situación se vivía en el interior de las familias de los barrios populares. El miedo a que uno de sus hijos fuese la próxima víctima de estos desalmados secuestradores se extendía como una sombra siniestra. Estos modernos vampiros, sedientos de sangre fresca, necesitaban transfusiones para sus contratistas, quienes dependían de estos actos atroces para su supervivencia.

Los niños morían para que algún personaje opulento con enfermedades sanguíneas pudiera seguir viviendo. El periodista Javier Auque Lara, corresponsal del diario El Tiempo, documentó estos crímenes en su artículo titulado “Dos secuestradores de niños capturados en Barranquilla“, publicado el martes 14 de agosto de 1962. Auque no era un periodista novato ni un fabulador, sino un investigador riguroso con una carrera literaria y periodística destacada.

Un periódico de la época.

En su noticia, Auque describe: “Dos secuestradores de niños detenidos en la cárcel, una niña torturada y liberada, y más de diez menores sin rescatar, es el saldo de la tragedia que actualmente vive la ciudad, ante la ola de raptos a menores de ambos sexos presentados en los últimos días”. Los hechos habían alcanzado notoriedad en la prensa y en las calles, pero no eran cuestión temporal de “los últimos días” sino de los últimos años, durante los cuales los secuestros, torturas, muertes y desapariciones de infantes ocurrían sistemáticamente sin que nadie pareciera percatarse.

La policía y el DAS de Barranquilla conocían perfectamente estos crímenes. Según Auque, el mayor Marino Sánchez había tomado “las medidas del caso procediendo a la captura de los responsables” y los detectives del DAS tenían un “grueso número de denuncias por tales hechos”. Sin embargo, las investigaciones no avanzaban, y los verdaderos autores de los crímenes permanecían en la sombra, mientras los agentes se encargaban de proveer la logística para conseguir la sangre de los menores de edad.

El caso se conoció públicamente por la escapatoria milagrosa de una menor secuestrada, quien rápidamente contó su historia a sus padres, Víctor Llanos y Carmen Ávila. Marlene Ávila, de 10 años, estudiaba en el colegio número 20 del barrio Chiquinquirá, una de las zonas frecuentadas por los criminales para sus redadas. Vivía en la calle 48 número 43-04, barrio Recreo.

Un día, fue comisionada a un ‘mandado’ al mercadito de Chiquinquirá, a unas cuadras de su casa. No se percató de que desde el cementerio Universal, un carro negro la seguía de cerca. Dos hombres la forzaron a entrar en el vehículo y la llevaron a un dispensario de salud, donde le extrajeron sangre bajo amenazas de muerte. Aprovechando un descuido de sus captores, Marlene escapó y corrió por las calles hasta llegar a su casa.

La denuncia y los bocetos de las caras de los responsables llevaron a la captura de dos hermanos, José Antonio y Jairo Salazar, de Pereira, quienes habían estado patrullando las calles en busca de más víctimas. La policía y el médico legista comprobaron que Marlene había sido torturada con pinchazos y sucesivas extracciones de sangre.

Sin embargo, estos dos hermanos no eran los únicos secuestradores en Barranquilla, sino parte de un equipo terrorífico de secuestradores de niños. El periodista Auque relata que “por lo menos esta tarde han sido secuestrados más de tres pequeños”. Los secuestradores cambiaron de vehículo a un microbús rojo sin placas, que inició sus siniestras labores de patrullaje por las calles del Centro, Chiquinquirá y San Roque.

La Oscura Verdad: Los Secuestros que Aterraron a una Ciudad

La guerra contra los infantes de estratos populares se vivió intensamente en esos tiempos en Barranquilla. En varias escuelas se registraron secuestros, extracciones de sangre y desapariciones de niños. La ciudadanía, impávida, presenciaba estos crímenes con cierto desparpajo clasista, pues las víctimas procedían de sectores populares.

Los centros escolares en las áreas afectadas decidieron finalizar las clases más temprano o decretaron vacaciones anticipadas, mientras los padres de familia prohibían terminantemente a sus hijos salir a la calle o tener cualquier contacto con extraños. Los niños estaban enclaustrados por seguridad, saliendo solo con la debida escolta familiar.

Nada se supo de los verdaderos responsables de los ‘raids’ sangrientos en los barrios populares de Barranquilla. Algunos aventuraron posibles perfiles de los implicados, sugiriendo que eran personas con cuantiosas fortunas y arraigo social, que posiblemente decidieron mudarse de la ciudad para evitar un escándalo mayor.

Ante las autoridades quedaron entabladas las denuncias de ese agosto sangriento de 1962. Aunque lograron una captura, la lista de menores desaparecidos es larga. Según Auque Lara, entre los casos conocidos estaban Epifanio Santamaría, Roberto Villanueva Núñez, Ana Torres Polo, Edgard Dávila González, Alberto Vengoechea Díaz, Bernardo Munévar, y Dionisio Castro Polo.

Estos crímenes de lesa humanidad hoy serían juzgados por tribunales especiales internacionales. El periodista Javier Auque Lara, quien documentó los hechos, inexplicablemente decidió emigrar de Barranquilla a Venezuela, donde falleció. Sus hallazgos periodísticos transcurrieron en tiempos de perfecta impunidad, pero los crímenes de lesa humanidad son imprescriptibles.

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