El auge y caída de Ramsés Vargas Lamadrid, abatido anímicamente, capturado como prófugo de la justicia en un hotelito de Cartagena debe servir de lección y escarmiento para los osados que se prestan a empresas corruptas del tamaño de las que se montó el depuesto Rector. Nada quedó de esa arrogancia, de los perfumes, habanos, whiskies, de navegar placido en las aguas de los cayos de la Florida y de su extrema vanidad de dandy tropical.

Auspiciado por sus padrinos que le garantizaron que nunca le pasaría nada y que bien podía continuar impune en sus aventuras defraudadoras de un centro de estudios superior, jamás se imaginó Vargas las terribles coyunturas que encierra la ausencia de poder y el súbito alejamiento de todos aquellos que le imponían medallas, de los que invitaba a los claustros para tomarse fotos otorgándoles honoris causa y ordenes académicas, de los que se sumaron subrepticios a la causa criminal mientras el rector; totalmente desfachatado, desarmaba estatutos, los acomodaba, vendía, hipotecaba, esquilmaba los recursos de la universidad repartiéndolo a los cómplices secretos de sus procederes que le garantizaban que nunca le pasaría nada.

Pero le pasó. Y en qué forma! Primero fue sacado a empellones de su posición. Después la cuenta de cobro a sus familiares y amigos, el retiro de la visa norteamericana de su paraíso en Cayo Ratón, Florida y el cierre progresivo de puertas sin la posibilidad de escapatoria. Con unos abogados que juegan doble y de los cuales, irremediablemente, no puede escapar. Esperando, en estado de extrema ansiedad, que en cualquier momento aparecieran por su casa la fiscalía conminándolo a responder por sus entuertos y negociados en la Universidad Autónoma del Caribe.

Solo. A esperar el inevitable mazazo de la justicia. Sin posibilidad de apelar a ninguna de aquellos congresistas, presidentes, miembros del poder judicial a los que imponía medallas y honores en las recepciones en donde se mostraba como magnánimo salvador de una universidad en crisis a la que incluso le inventó, como buen mitómano, su propia historia familiar.

Deprimente espectáculo observar a Orlando Saavedra Magri, a sus 86 años, en el rol de delincuente después de haber pasado toda una vida en los consejos directivos de la universidad. El desfile de funcionarios de confianza de Vargas Lamadrid –fuera de los que faltan– esposados y colocados para la respectiva foto judicial en los medios de comunicación ofreciendo un pésimo ejemplo a la juventud de lo que no debe ser un centro educativo formador de ciudadanos respetuosos de las leyes y de los preceptos de pacífica convivencia.

Ramsés Vargas se buscó todo su drama, sin dudas. En Corrupción al Día denunciamos la trama de sus negocios, la índole del descalabro sufrido por los estamentos de la universidad ante las aventuras delictivas que encabezó para sus ocultos padrinos depredadores. Hoy sus circunstancias lo muestran en un estado de indefensión, sometido al escarnio público, mientras sus auspiciadores, displicentemente, miran para otro lado.

Buen espejo para mirarse el de Vargas Lamadrid para todos aquellos que creen que la corrupción si paga. Abandonado por sus amigos en la hora de los compromisos y escarmentada su familia en medio de su ficticio y vanidoso “charme”, desnudado cruelmente en su esperada e inevitable captura con el rostro pleno de abatimiento. Todo ha concluido.

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