Cuando la mentira se viste de legalidad: El caso que desnuda la corrupción universitaria

El silencio institucional ante la falsedad documental no es incompetencia. Es complicidad.

En Colombia, mentir en un proceso electoral no solo es fácil: es rentable. Especialmente cuando quienes deben verificar la verdad prefieren mirar hacia otro lado. El caso de Leyton Daniel Barrios Torres, designado rector de la Universidad del Atlántico para el periodo 2025-2029, no es solo un escándalo administrativo más. Es la radiografía perfecta de cómo el sistema corrupto opera cuando los actores institucionales deciden que la legalidad es opcional.

La Corporación Universitaria Americana acaba de confirmar, sin quererlo, lo que muchos sospechaban: Leyton Barrios nunca fue docente universitario en el sentido técnico y legal que exigen los estatutos de la Universidad del Atlántico. Y sin embargo, fue elegido. ¿Cómo es esto posible? Bienvenidos al teatro de la impunidad institucionalizada.

El documento que lo cambia todo: Cuando la verdad emerge de la reserva judicial

El 5 de noviembre de 2025, Alba Lucía Corredor Gómez, representante legal de la Corporación Universitaria Americana, presentó ante el Juzgado Tercero Administrativo de Barranquilla una contestación que, bajo el peso de una orden judicial, reveló lo que durante meses se intentó ocultar: el vínculo entre Leyton Barrios y la Universidad Americana fue de naturaleza «civil ad honorem», sin contraprestación económica, sin vínculo laboral y sin horas directas en aula.

Lean bien esas palabras. Sin horas directas en aula. Es decir, sin ejercer docencia en el sentido que cualquier persona razonable entiende cuando se habla de «experiencia docente universitaria».

La confesión es quirúrgica: «Las actividades contractuales del señor Barrios Torres se enmarcaron en las funciones sustantivas de la educación superior de extensión y proyección social«. Traducción: hizo proyectos, consultorías, tal vez dio algunas charlas. Pero ¿enseñar materias con estudiantes matriculados, evaluaciones, planes de curso? Eso jamás ocurrió.

Y aquí viene lo grotesco: Barrios presentó certificaciones que hacían parecer que sí había sido docente, cuando la misma institución certificadora ahora, obligada por un juez, admite que eso nunca fue así.

Las tres mentiras y el sistema que las protegió

El peticionario José Gabriel Coley Pérez lo documentó con precisión demoledora. Leyton Barrios presentó tres versiones contradictorias de su experiencia en la Universidad Americana:

Primera versión: Inscribió su certificación como docente bajo la figura de OPS (Órdenes de Prestación de Servicios).

Segunda versión: Cuando la Universidad Americana negó que hubiera sido docente bajo OPS o contrato laboral, Barrios varió su historia.

Tercera versión: Finalmente alegó ser «profesor ad-honorem», una figura que, como ahora sabemos, se refiere a actividades de extensión sin ejercicio real de docencia.

Tres mentiras. Una sola inscripción. Y un Comité de Credenciales que, en lugar de descalificarlo inmediatamente, decidió validar su hoja de vida el mismo día de la elección, violando todos los plazos establecidos en el cronograma electoral.

Pregunta incómoda: ¿En qué país una autoridad electoral valida documentos cuestionados el mismo día que elige al candidato que los presentó? En uno donde la corrupción no se oculta: se institucionaliza.

Falsedad en documento público: Cuando mentir no tiene consecuencias

Jurídicamente, lo que Leyton Barrios hizo tiene un nombre preciso: falsedad en documento público. El artículo 286 del Código Penal colombiano es claro: quien altere, suprima o simule información en un documento público, incurre en prisión de 48 a 108 meses.

Pero aquí no solo hay falsedad documental. Hay fraude procesal, tipificado en el artículo 453 del mismo código: «El que por cualquier medio fraudulento induzca en error a un funcionario público en actuación judicial o administrativa«. Pena: 48 a 144 meses de prisión.

Leyton Barrios indujo en error al Comité de Credenciales y al Consejo Superior Universitario. Presentó documentos que certificaban una experiencia docente que nunca tuvo. Y cuando fue confrontado, cambió su historia no una, sino tres veces.

Y el sistema lo premió eligiéndolo rector.

El Comité de Credenciales: Cómplices o incompetentes (da igual el resultado)

Aquí es donde la historia pasa de ser un fraude individual a convertirse en concierto para delinquir institucional.

El Acuerdo Superior 000023 del 28 de julio de 2025 estableció plazos claros: el Comité de Credenciales tenía hasta el 1 de septiembre de 2025 para validar las hojas de vida. No después. Ese plazo era perentorio, como dicen los abogados. Es decir, no negociable.

Pero el Comité de Credenciales decidió que las reglas no aplicaban para ellos. Según confesión del propio gobernador Eduardo Verano de la Rosa en entrevista radial el 1 de noviembre, el Comité sesionó por 10 horas el 27 de octubre —día de la elección— para validar la hoja de vida de Barrios.

Lean eso de nuevo. El día de la elección. Cuando ya no tenían competencia legal para hacerlo.

¿Incompetencia? ¿Negligencia? ¿O una decisión consciente de forzar el resultado electoral violando todas las normas?

La respuesta importa poco cuando el resultado es el mismo: un rector elegido ilegalmente.

Respuesta de la Corporación Universitaria Americana

La Universidad Americana: El silencio cómplice que confirma el fraude

La contestación judicial de la Universidad Americana es una obra maestra del cinismo institucional. Reconocen que Barrios nunca tuvo vínculo laboral, que nunca dio clases directas, que su relación fue «ad honorem» en proyectos de extensión. Pero se lavan las manos diciendo que «desconocen los procedimientos internos» de la Universidad del Atlántico.

Claro. Porque certificar a alguien como docente cuando no lo fue es perfectamente normal si luego alegas ignorancia sobre para qué se usaría ese documento.

La Americana emitió tres certificaciones diferentes sobre la misma persona. Primero validaron lo de las OPS. Luego lo negaron. Finalmente admitieron la verdad solo cuando un juez los obligó.

Eso no es un error administrativo. Es participación activa en un fraude.

El artículo 442 del Código Penal colombiano tipifica la «Falsedad en documento privado». Y el artículo 222 sanciona el «Falso testimonio» cuando se induce en error a una autoridad pública.

La Universidad Americana no solo facilitó el fraude: lo documentó oficialmente.

Abuso de poder: Cuando la autoridad decide qué normas aplicar

El Consejo de Estado ha sido enfático: hay desviación de poder cuando una autoridad persigue un propósito distinto al de la ley, aunque el acto se dicte dentro de la competencia y con las formalidades legales (Sentencia del 10 de diciembre de 2015, Exp. 11001-03-25-000-2009-00240-00).

Aquí el Consejo Superior Universitario no solo se desvió de su función: la prostituyó completamente.

Aceptaron que el Comité de Credenciales operara fuera de plazos. Validaron documentos contradictorios. Ignoraron denuncias públicas. Y finalmente eligieron a un candidato que no cumplía los requisitos mínimos establecidos en sus propios estatutos.

¿Motivación falsa? Absolutamente. Los hechos que justificaron la designación de Barrios nunca existieron o fueron tergiversados deliberadamente.

¿Abuso de poder? Sin duda. Usaron facultades legales para un fin distinto al previsto: imponer un rector que no debía serlo.

Lo que esto significa: Cuando las reglas son opcionales para quienes mandan

La Corte Constitucional ha dicho algo fundamental: las convocatorias de concursos públicos son «normas fijas, precisas y concretas» que «deben ser inmodificables» (Sentencia T-682/16). Cambiar las reglas del juego después de iniciado el proceso vulnera el debido proceso, la igualdad y la transparencia.

Pero en la Universidad del Atlántico decidieron que esos principios no aplicaban.

Cambiaron el cronograma sin justificación. Extendieron plazos cuando les convino. Validaron documentos cuestionados en plena elección. Y todo eso lo hicieron sabiendo que violaban sus propios estatutos.

La Sentencia SU-115/19 de la Corte Constitucional es clara: las elecciones universitarias deben cumplir garantías de igualdad, transparencia y participación. Aquí no hubo ninguna de las tres.

El silencio del Ministerio de Educación: Cuando el regulador es espectador

José Gabriel Coley Pérez presentó una petición formal ante el Ministerio de Educación Nacional solicitando:

  1. Abstenerse de reconocer a Leyton Barrios como rector
  2. Suspender su personería jurídica como representante legal
  3. Revocar su inscripción si ya fue registrada

La solicitud está fundamentada en falsa motivación, abuso de poder y violación de normas constitucionales y estatutarias. Los artículos 137 y 138 del CPACA establecen la nulidad absoluta de actos administrativos con estas características.

¿La respuesta del Ministerio? Silencio.

Porque en Colombia, el regulador universitario solo actúa cuando le conviene políticamente. Supervisar la legalidad de los procesos electorales al interior de las universidades públicas parece ser opcional.

Las consecuencias que nadie quiere asumir

Este caso no es solo sobre Leyton Barrios. Es sobre un sistema completo que decidió que la legalidad es negociable:

  • Un candidato que mintió en su inscripción y cambió su historia tres veces
  • Un Comité de Credenciales que operó fuera de plazos legales para validar documentos cuestionados
  • Un Consejo Superior Universitario que eligió a quien sabía que no cumplía requisitos
  • Una Universidad Americana que emitió certificaciones contradictorias y luego alegó ignorancia
  • Un Ministerio de Educación que mira hacia otro lado mientras se destruye la autonomía universitaria

Cada uno de estos actores cometió delitos. Falsedad documental. Fraude procesal. Abuso de poder. Prevaricato. Concierto para delinquir.

Y sin embargo, Leyton Barrios sigue siendo rector.

La normalización de la indignidad: Cuando aceptar la corrupción se vuelve «realismo»

Aquí viene la parte incómoda, la que nadie quiere admitir: esto sigue pasando porque lo permitimos.

No con complicidad activa, sino con algo peor: con resignación disfrazada de pragmatismo.

Escuchen las conversaciones en los pasillos de la Universidad del Atlántico. «Las cosas no van a cambiar». «Siempre ha sido así». «Al menos que nos paguen los sueldos a tiempo». «Todos los rectores son iguales». «Necesitamos los dos señores al año para que esto funcione».

Esa es la normalidad que hemos aceptado. Una donde la política local decide quién dirige la universidad. Donde las consultas electorales no buscan conquistar la voluntad académica, sino comprar apoyos con la plata de la corrupción. Donde docentes que alguna vez soñaron con transformar vidas ahora solo quieren su tiquete anual a Europa, sus viáticos puntuales, y que nadie los moleste.

Pero pensar así es predestinación. Es rendirse antes de pelear.

Porque este escándalo no es solo una crisis. Es una oportunidad histórica para refundar el proyecto universitario que la región Caribe necesita. Para sacar de una vez por todas a los operadores políticos locales que han convertido la Universidad del Atlántico en botín burocrático. Para recuperar una institución que debería ser motor de movilidad social, no teatro de mafias electorales.

Y aquí el Ministerio de Educación Nacional tiene un papel que no puede seguir evadiendo.

Hay una crisis de gobernanza en la Universidad del Atlántico. Los propios estatutos fueron violados. El debido proceso fue prostituido. La legalidad fue opcional. Eso no es autonomía universitaria: es anarquía institucional que justifica plenamente la intervención del gobierno nacional.

No estamos hablando de interferir en decisiones académicas. Estamos hablando de recuperar el timón de una institución que se está hundiendo en la ilegalidad, de ajustar el rumbo antes de que el naufragio sea total.

La Ley 30 de 1992 le da al Ministerio las herramientas para actuar cuando hay violaciones graves a la legalidad y transparencia en las universidades públicas. Este es exactamente ese momento.

La pregunta no es si el Ministerio debe intervenir. Es por qué no lo ha hecho ya.

Porque si este caso no amerita acción gubernamental, entonces ¿cuál sí? ¿Cuántas normas más deben violarse? ¿Cuántos documentos falsos más deben validarse? ¿Cuántos procesos electorales más deben prostituirse antes de que alguien en Bogotá decida que es suficiente?

La Universidad del Atlántico puede ser rescatada. Pero no con conformismo. No con «es que así es esto». No con el cinismo de quienes ya se acostumbraron a la indignidad.

Se rescata con voluntad política, con acción institucional decidida, y con una ciudadanía universitaria que deje de ver la corrupción como destino inevitable y empiece a verla como lo que es: un enemigo que puede ser derrotado.

Este no es momento para la resignación. Es momento para la refundación.


Lo que viene: ¿Justicia o más teatro?

Hay acciones judiciales en curso. Hay tutelas presentadas. Hay denuncias penales que deberían investigarse.

Pero seamos honestos: ¿cuántas veces hemos visto en Colombia que los corruptos terminan presos? ¿Cuántas veces el sistema se corrige a sí mismo?

La impunidad no es la excepción en este país. Es la regla.

Mientras la ciudadanía no exija consecuencias reales, mientras los medios de comunicación no hagan seguimiento riguroso, mientras las autoridades judiciales sigan operando a velocidad de tortuga, casos como este seguirán repitiéndose.

Porque el mensaje es claro: mentir, falsificar y abusar del poder no tiene consecuencias.

Epílogo: Cuando la verdad no basta

Este artículo presenta hechos. Documentos judiciales. Confesiones institucionales. Análisis jurídico riguroso.

Pero en Colombia, la verdad rara vez es suficiente para generar justicia.

Porque el sistema no está diseñado para castigar a los corruptos. Está diseñado para protegerlos.

Y mientras eso no cambie, seguiremos viendo casos como este: funcionarios que mienten, instituciones que encubren, autoridades que miran hacia otro lado, y una sociedad que se resigna.

La pregunta es: ¿hasta cuándo?


¿Crees que Leyton Barrios debe renunciar? ¿Piensas que el Ministerio de Educación debe intervenir? Deja tu comentario y comparte este artículo. La indiferencia es el mejor aliado de la corrupción.

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