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En Colombia hay demasiados políticos y gobernantes canallas y todos se eligen y sobreviven por la cantidad de votos que obtienen en cada certamen electoral. Políticos y gobernantes canallas que sin el menor escrúpulo se apropian de los recursos públicos, dejando miles y miles de víctimas que se ahogan en la miseria y el abandono por la falta de escuelas, servicios de salud, vías, agua potable y sistemas de salubridad. Políticos y gobernantes inescrupulosos que se aprovechan del hambre y la ignorancia de la gran masa de electores para comprarles su voto.

Aunque el siguiente artículo de Piedad Bonnett se refiere a las elecciones en Estados Unidos, nos puede ayudar a descifrar claves para entender lo que pasa en nuestro país.

¿Por qué votar por un canalla?

Por: Piedad Bonnett

La pregunta que me obsesiona por estos días, a la luz de las reñidas votaciones en los Estados Unidos, es por qué millones de personas pueden votar de manera entusiasta por un tipo que ha probado ser un acosador, misógino, tramposo, fanfarrón, ordinario, racista, xenófobo, arrogante y que, además, ha mostrado la mayor indolencia frente a la pandemia, subestimando las muertes de miles de ciudadanos y propiciando contagios al desafiar las prohibiciones de las autoridades locales. El día de las votaciones, ni más ni menos, estaba rodeado de más de 200 personas en la Casa Blanca. Y no se trata de un candidato del que apenas se sospeche que es todo eso, sino de un personaje que durante cuatro años no ha dejado de hacer estupideces y de mostrar su pésima calidad humana. ¿Cómo se explican tantas adhesiones? ¿Refleja esa votación masiva algo del espíritu de estos tiempos?

Creo que en buena parte sí. En la sociedad del exhibicionismo propiciado por las redes, si algo ha crecido es la desvergüenza: los peores odios y los más bajos sentimientos se exhiben públicamente sin el menor escrúpulo. Lo expresa de manera muy precisa Carolin Emcke a propósito del odio frente a los migrantes en Alemania: “Ahora se odia descaradamente. (…) Como si los estándares de convivencia se hubiesen vuelto al revés. (…) Como si quien niega el respeto al otro, es más, quien profiere insultos y prejuzga a voz en cuello, pudiera enorgullecerse de hacerlo”. Un retroceso en lo que llamamos civilización.

En este caso, se dio también una confluencia que suele ocurrir: un personaje astuto supo oler en el aire los miedos, los odios y los prejuicios de la sociedad en la que vive y se apalancó con ellos para llegar al poder. Una parte de la sociedad norteamericana, por cierto mojigata y puritana, no sólo vio su mentalidad bien representada, sino que se sintió autorizada a expresar sin rubor sus peores prejuicios, antes ocultos. Pero hay algo más: aquellos cuyos intereses priman en este tipo de gobierno soslayan los exabruptos de su presidente. Los que quieren salvar la economía a todo trance, por ejemplo, se hacen los de la vista gorda con los horrores del matón de barrio que los gobierna.

Sé que las razones de los votantes de Trump son mucho más complejas y ya las han expuesto los especialistas. Lo que intenta mi especulación es afirmar que personajes como él logran sacar a la luz lo peor de una sociedad. En Trump miles admiran al macho que se vanagloria de tocar la vagina de las mujeres y que exhibe a su mujer-maniquí como un trofeo; al pícaro, que evade impuestos y ha hecho una fortuna a fuerza de marrullas; al tramposo, que se mueve a punta de fake news; al hombre de éxito que acusa a su contendor de ser un perdedor por su talante ecuánime; al racista, que se niega a expresar públicamente su repudio a los supremacistas; al xenófobo, que humilla a los mexicanos y estigmatiza otras nacionalidades; al arrogante, que desprecia la ciencia, llama estúpido al epidemiólogo que lo asesora y recomienda clorox para tratar el coronavirus. Trump, como tituló El País, no es un accidente. Ni tampoco un caso único. O si no, pensemos en Bolsonaro, Duterte, Bukele y tantos otros. Y en quienes los eligieron.

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