Los norteamericanos, en su propaganda sobre las bondades intrínsecas del capitalismo feroz, les dicen a los hombres hechos a pulso propio, “self made man”, elogiando sus empeños en consolidar inmensas fortunas partiendo prácticamente desde cero hasta convertirse en magnates admirados por sus ejecutorias y proezas.

Ese es el caso y rótulo colocado a manera de leyenda benevolente sobre el imperio financiero, latifundista e industrial de Luis Carlos Sarmiento Angulo –el hombre con la fortuna 183 del mundo según la revista Forbes- construida, según sus múltiples admiradores y panegiristas de forma absolutamente laboriosa a partir de la década de los setenta del siglo XX.

La pregunta obligada, tal como la célebre canción de salsa “y ¿cómo lo hace?”, es la forma insólita en donde un desconocido de las elites empresariales y sociales de un país en donde pesan estas tradiciones logró una hazaña de tan singular tamaño sin problemas aparentes de ninguna naturaleza.

Expedito el sendero que se trazó con paciencia y astucia usando estrategias de diversa factura, jugando en todas las posiciones posibles en un repertorio que va de constructor, inversionista de bienes raíces, contratista del estado, controlador financiero, latifundista y ahora propietario del periódico de las elites, el más importante para sus intereses, la casa editorial El Tiempo.

Hay que empezar por el arranque de tan prodigiosa carrera de ingeniero civil de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá –donde se graduó en 1954- y se distinguió, por cierto, como un excelente y aventajado estudiante merced a su innata disposición para las matemáticas, hecho singular que le habría previsto de trabajos de su temprana niñez y adolescencia ejerciendo la labor de contaduría en pequeños negocios.

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Tiempo después tendría un control casi que absoluto en áreas vitales de la economía del país y con poder de amistad e influencia para promover leyes que obviamente le terminarían beneficiando. Ese es hecho público conocido cuyo último acto –por ahora- fue la elección de su empleado y abogado Néstor Humberto Martínez Neira en la Fiscalía General de la Nación.

Esa es una constante en su vida. El don de la ubicuidad para ejercer diversos roles: el de financista acumulador de bancos y corporaciones crediticias, el latifundista audaz capaz de saltarse las leyes con los topes establecidos en operaciones dudosas y de reconocida ilegalidad tal como fue planteada en diversos debates en el congreso y en la columna que tuvo María Jimena Duzán en la extinta –tal como la conocimos y desapareció- revista Semana.

Pero antes de contarles esta historia que muestra la voracidad capitalista del género ultra salvaje, es preciso mostrar los inicios del imperio en el rol de latifundista de Luis Carlos Sarmiento Angulo así que es menester retrotraer la película, cuando era un joven ingeniero en 1955 con grandes ideas en la cabeza para producir dinero pero no lo tenía.

Recién graduado de la Nacional buscaba espacios de oportunidades comerciales y lo encontró en un sector del viejo departamento del Magdalena grande, escindido en 1967 en Cesar, dedicado a la explotación del cultivo y comercialización de la siembra del algodón y cuyo epicentro fue el municipio de Codazzi, Cesar, llamada en los años 60 y 70 del siglo XX la capital algodonera de Colombia.

Allí en Codazzi empezó a labrar su fortuna con agricultura diversificada cultivando algodón, sorgo, maíz, yuca, arroz y caña. Una apuesta a todo en donde algo, de toda esta miscelánea agrícola, debería salir bien como al final pasó con el algodón.  En 1963 inició una nueva actividad industrial con un ingenio panelero y posteriormente pasó a un ingenio azucarero a partir del cual se fue consolidando un complejo agroindustrial denominado Haciendas del Sicarare. 

En 1976 se compraron unos equipos usados al Ingenio Meléndez ubicado en el Valle del Cauca, para aumentar la capacidad de molienda dando origen a la Central Sicarare Ltda. A comienzos de los años 90, este complejo agroindustrial azucarero contaba con unos 850 trabajadores y con una capacidad de molienda de 1000 toneladas de caña de azúcar al día. Sin embargo, en un nuevo giro de negocios asimiladas por los cambios en la demanda, producción y oferta de la agricultura terminó sus operaciones en el año 2008.

Central Sicarare operó por más de 30 años y el accionista, siguiendo el promisorio ejemplo de otros empresarios de la región, decidió en 2007 cambiar sus esquemas de producción y razón social, pasando de cultivar caña de azúcar a palma de aceite en las mismas instalaciones situadas en el kilómetro 11, vía de Codazzi a Casacara, vereda Los Manguitos.

Las desuetas instalaciones de producción de panela y caña de azúcar pasaron a denominarse Ingenio Sarga, manejadas por un hermano del propietario, sobreviviendo una buena temporada con este tipo de producción hasta que la irrupción de grupos armados produjo su total desmantelamiento. Secuestros, extorsiones, quemas de camiones y de las bodegas de almacenaje fueron el pan de cada día y lentamente; todo su personal directivo prefirió renunciar antes que someterse a estos procesos de violencia. Algunos de ellos quedaron con tan graves secuelas psíquicas de lo vivido que años después se suicidarían agobiados por el todavía recordado terror de aquellos infaustos días.

Casi todos los agroinversores de Colombia compraron o alquilaron tierras en esa prospera población codazzence con la garantía de cosechas compradas a buen precio por productores nacionales e internacionales de la industria textilera, soportada por una infraestructura financiera de cajas agrarias, bancos ganaderos, desmotadoras ubicadas estratégicamente y organismos gremiales como Coral, acrónimo de Corporación Algodonera de la Costa Atlántica.

Pues bien, en el municipio de Codazzi, cuando todavía era un empresario en ciernes de construir fortuna, tuvo tierras y sembrados de algodón Luis Carlos Sarmiento Angulo y, en la medida que el negocio se fue convirtiendo en riesgoso por problemas de veranos intensos, lluvias desalmadas, plagas y el contrabando, decidió salirse hábilmente de lo que era un destino cantado hacia el más perfecto fracaso como en efecto pasó con los que no previeron los cambios.

Codazzi dejó de ser emporio algodonero y la vasta infraestructura agroindustrial desapareció, tal sigilosamente como cuando llegó, decidiendo otros empresarios que era hora de pasarse a otro tipo más rentable y seguro de inversiones agroindustriales tal fue el caso de Carlos Roberto Murgas y sus extensos cultivos de palma de aceite con su empresa Oleoflores S.A. ubicada precisamente en las goteras de ese municipio y en el piedemonte de la serranía del Perijá. (https://verdadabierta.com/especiales-v/2018/acuatenientes/murgas.html)

En el programa Agro Ingreso Seguro (AIS) diseñado como una especie de caja de compensación por el Ministro de Agricultura Andrés Felipe Arias, en el primer gobierno de Álvaro Uribe Vélez para que los pequeños productores agropecuarios no sufrieran pérdidas a raíz de los cambiantes presiones en los mercados internacionales de sus productos, mostró su talante arrasador y sin escrúpulos buena parte de los empresarios de los extensos latifundios a través de toda Colombia sobre apropiarse de recursos que no les correspondía, entre los cuales estaban por supuesto unidades de negocio de Sarmiento Angulo. De más se encuentra señalar que Arias se encuentra condenado penalmente por estos hechos en su calidad de ministro.

En lo referente a las inversiones de AIS en el conglomerado mercantil de Luis Carlos Sarmiento Angulo, esta vez situadas en el ramo palmicultor, tres de sus empresas Palmas Pororó, Palmas Sicarare, Palmas Tamacá recibieron $3.950 millones de pesos obteniendo el 14,27% de los subsidios otorgados. En otras palabras, de los viejos complejos agroindustriales de Sarmiento de ingenios cañeros, de cultivos de algodón convertidos ahora en extensos latifundios con sus fábricas, aeropuertos y poblaciones cercanas con servicios básicos –a la manera de las antiguas plantaciones de negros del sur de Estados Unidos– pasaron a ser beneficiarias del estado en el giro de sus actividades.

A Sarmiento Angulo se le mira como financista por su control sobre el grupo Aval, cajeros ATH, grupos de pensiones como Porvenir y financieras poderosas como Corficolombiana, en el centro de diversos problemas jurídicos a raíz de los escándalos de coimas en su sociedad con la constructora brasileña Odebrecht en la Ruta del Sol II, lo cual merece, al igual que el negocio de concesión en donde es otro experto, capítulo aparte.

Baste señalar que un reciente análisis mostró que los lobbistas de Sarmiento Angulo en el congreso lograron reducir los estándares internaciones de peajes por kilómetros recorridos, así que Colombia es el país del mundo en donde se pagan mayores peajes por mínimo de kilómetros recorridos. Sarmiento hace las obras y después asume el de controlador de las concesiones en lo concerniente al pago de peajes. Juega en todas las posiciones y en todas gana con creces.

Pero ese es otro sesgo de la historia que bien merece ser contada en minuciosos detalles así que en aras de la concisión temática sigamos con el perfil agroindustrial de Sarmiento Angulo que ofrece matices de fantasía jurídica y de total desapego a legislaciones y políticas públicas sobre la utilización del campo –y sus baldíos– para los pequeños campesinos que tienen necesidades de producción, para que latifundistas financieros acumulen mucho mayores propiedades y así Colombia se siga afianzando como uno de los países del mundo más inequitativos y excluyentes.

Las obras construidas por supuesto benefician todos sus negocios. Para el año 2009, según el portal Las 2 Orillas (julio 21, 2020) “los 160 km que hay de Villavicencio a Puerto Gaitán tomaba seis horas por una carretera medianamente pavimentada. Ese mismo recorrido ha cambiado radicalmente: se puede hacer en la mitad del tiempo entre Acacias y un paisaje en el que predominan a lo lejos los grandes árboles de caucho sembrados con vocación comercial que forman una barrera detrás de los amplios sembrados de soya, maíz, sorgo y arroz”.

Es la mano bendita de las inversiones latifundistas de Luis Carlos Sarmiento Angulo con 3 grandes proyectos ubicados en el departamento del Meta, en los cuales dos de ellos el accionista es Corficolombiana, empresa financiera del grupo, dueña, entre otras entidades, de Promigas en Barranquilla, de concesiones en vías y financiador de construcciones.

Veamos al detalle estos proyectos. El mayor de ellos lleva la razón social de Organización Pajonales cuya propiedad en un 90% es de Corficolombiana. Su extensión es de 22,000 hectáreas lo que equivale a que es mayor que alguna de las grandes ciudades colombianas y que en su momento informes de la Contraloría General de la Nación indican una violación a los topes de ley por acumulación –se encuentra prohibido expresamente- de predios baldíos.

Por supuesto que tamaña empresa agroindustrial valorizó los predios aledaños del área de intervención, al punto que en el 2017 una hacienda vecina se colocó en venta con un precio base por hectárea de $10 millones de pesos, lo que a su vez, efecto dominó, repercutió en el alza de los precios de la tierra que tenía la Organización Pajonales alcanzando precios increíbles que elevaron su valor por lo menos 500% más.

La empresa se dedicó a la siembra, altamente tecnificadas de ciclos cortos, con maíz y soya y en sus planes expansivos sobre el territorio compró en el Tolima para la siembra de arroz y la ganadería con un portafolio diversificado que incluía la venta de insumos biológicos.

Nada menos.

Otra empresa de esta misma característica propiedad de Corficolombiana, lo cual equivale en plata blanca a decir que pertenece a Luis Carlos Sarmiento Angulo es Mavalle con 1,400 hectáreas sembradas de caucho –una nueva versión de la Casa Arana y de la novela La Vorágine de José Eustasio Rivera– con el propósito de obtener la materia prima del látex con un plus: logró una compensación en bonos de carbono en un proyecto de las Naciones Unidas que impulsó el primer gobierno de Álvaro Uribe Vélez con el pomposo nombre de “Renacimiento de la alta Orinoquia”.

El producto de tan benemérita acción fue negociado con la empresa productora de llantas Michelin en la cual el latex es insumo fundamental. En esa época, en el 2009, de los $17.000 millones de créditos dados por el gobierno para el departamento del Meta, Sarmiento Angulo se quedó con $6.000 millones.

El tercer proyecto latifundista de Luis Carlos Sarmiento Angulo se denomina Unipalma S.A. con 4,500 hectáreas ubicadas en Cumaral. Se encuentra en sociedad con la empresa anglo holandesa de consumos masivos Unilever que tiene el 46% del accionariado y se encuentra sembrada en toda su vasta extensión de aceite de palma. Tienen otro proyecto de 3.816 hectáreas en el municipio de La Primavera.

Todos estos procesos de despojo territorial han traído como consecuencia la aparición de campesinos desplazados a las grandes ciudades que ingresan a la pobreza de la economía informal,  el surgimiento de cuerpos de seguridad privado con sus secuelas de violencia, masacres, migraciones en masa descritos con pormenores en sus detalles en el libro Tierras y conflictos rurales: Historias, políticas agrarias y proteccionistas, en un informe editado y publicado por el Centro Nacional de Memoria Histórica.

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