«El juez preguntó al asesino del ex presidente egipcio: ¿Por qué mataste a Moḥamed Anwar al Sadat?
Él le dijo: ¡Porque era un secular!
El juez preguntó: ¿Qué significa secular?
El asesino dijo: No lo sé.

«En el caso del intento de asesinato del fallecido escritor egipcio Naguib Mahfuz, el juez preguntó al hombre que apuñaló a Naguib Mahfuz: ¿Por qué lo apuñalaste?
El terrorista dijo: «Por su novela Los niños de nuestro barrio.»
El juez le preguntó: ¿Has leído esa novela?
El criminal dijo: No.

«Otro juez le preguntó al terrorista que mató al escritor egipcio Farag Foda: ¿Por qué asesinaste a Farag Foda?
El terrorista respondió: ¡Porque es un infiel!
El juez le preguntó: ¿Cómo sabías que era infiel?
El terrorista respondió: Por los libros que escribió.
El juez dijo: ¿Cuál de sus libros te hizo creer que era infiel?
El terrorista: No he leído sus libros.
Juez: ¡¿Cómo?!
El terrorista respondió: No sé leer ni escribir«.

Estos episodios que nos remitió oportunamente el amigo Jorge Gómez Pinilla, podemos compararlos y asociarlos con las diferentes entrevistas que hicieron algunos reporteros en la última multitudinaria manifestación convocada por la derecha colombiana para protestar contra las reformas sociales del gobierno Petro.

Al ser interrogados sobre las razones por las cuales estaban marchando y protestando, los participante de las marchas terminaban (a veces sin decirlo) en un “no sé”, “no he leído”, “no conozco”, etc., pero de inmediato reaccionaban con irreflexión e impulsividad visceral contra la figura del presidente Gustavo Petro.

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¿Qué tienen en común estos relatos, estas vivencias? El odio. Sí, el odio es el verbo, es la acción a ciegas para actuar en cada uno de los casos presentados, incluyendo las marchas en Colombia.

A pesar la distancia (Egipto-Colombia), de las circunstancia totalmente diferentes, se trata de epifenómenos de la más preocupante corriente de violencia que atraviesa los sistemas de la comunicación pública contemporánea: el creciente protagonismo que están teniendo en nuestra vida política los circuitos de desinformación participativa, inducidos y habilitados por redes sociales que conectan a miles de millones de personas en condiciones de profunda opacidad y desregulación.

Estos mecanismos de comunicación de masas son simples, según el académico de la Universidad de Buenos Aires, Ezequiel Ipar: lo que nos conecta, nos aproxima y nos abre un acceso muy profundo al mundo de la vida subjetiva de los otros, es al mismo tiempo un mecanismo de control sutil, invisible e invasivo que permite que diferentes individuos y grupos sociales sean vigilados, asediados, amenazados y deshumanizados de una manera ampliada, capilar y económica en términos de la disponibilidad de los recursos que se ponen a disposición para poder realizar prácticas crueles.

Los discursos de odio

Además de las arengas y los enunciados en los carteles, la marcha de protesta contra las reformas sociales del gobierno Petro, estuvo coronada por el incendiario discurso del joven político Miguel Polo Polo, representante a la Cámara, considerado por sus oponentes en el Congreso como la más burda copia de la ignorancia política.

Realmente no se trató de un discurso con contenido político, y menos aún analítico, que desmenuzara las políticas y acciones del gobierno Petro y demostrara su perjuicio, justificando así la presencia de tanta gente en las calles.

Fue un discurso de odio, definiendo el discurso de odio como cualquier tipo de discurso pronunciado en la esfera pública que procure promover, incitar o legitimar la discriminación, la deshumanización y/o la violencia hacia una persona o un grupo de personas en función de la pertenencia de las mismas a un grupo religioso, étnico, nacional, político, racial, de género o cualquier otra identidad social.

Estos discursos frecuentemente generan un clima cultural de intolerancia y odio y, en ciertos contextos, pueden provocar en la sociedad civil prácticas agresivas, segregacionistas o genocidas (Benesch, 2008).

Y es que el discurso de Polo Polo no es más que la concreción de la circulación creciente de discursos de odio a partir de la gramática propia de las redes sociales. A esa circulación increscendo no solo contribuye el ejército de tuiteros contratados por los partidos de derecha, también todos los medios tradicionales de comunicación, liderados por la revista Semana.

Estos últimos hacen parte de los circuitos de desinformación participativa, que, sin duda, a diario trabajan para fortalecer la industria del odio social en Colombia.

No obstante, casi que sin alternativas, los defensores del gobierno Petro también juegan a lo mismo, alimentando discursos de odio que le hagan contrapeso a sus opositores.

Para concluir esta introducción a la triste realidad comunicativa que estamos viviendo en Colombia, citamos lo que señala la filósofa Adela Cortina:

Ciertamente, el epicentro del debate en los países democráticos suele situarse en el conflicto que puede producirse entre el ejercicio de la libertad de expresión de quien pronuncia el discurso presuntamente dañino y el hecho de que ese discurso atente contra algún otro bien que esa sociedad debe proteger. La libertad de expresión es sin duda un derecho básico en las sociedades abiertas, que es preciso defender y potenciar, pero no es un derecho absoluto, sino que tiene sus límites cuando con ella se viola algún otro derecho o bien básico.

…una sociedad madura se pregunta cada vez más si ese tipo de discursos (discursos de odio) no es un obstáculo para construir una convivencia democrática.

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