¿Es viable TeleCaribe o es un cascarrón para la corrupción?

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Según la mítica historia oficial de Telecaribe este fue creado en Valledupar el 28 de abril de 1986, en un emprendimiento ilegal de José Jorge Dangond que desde su residencia y con cobertura reducida mostraba aspectos de la vida social y eventos de su ciudad.

A partir de este suceso se le nombró gerente del nuevo canal que al decir de sus impulsores serviría de vehículo expedito de integración cultural regional.

Eso, de buena fe, creían ellos. Nadie se acordó que en Barranquilla y en otras poblaciones en algunos barrios se montaban canalitos de televisión de cobertura a escasos 2 kilómetros transmitiendo grabaciones producto del advenimiento de la era del betamax. No existía la televisión por cable y solo algunos edificios y casas estrato 6 compraban inmensas antenas parabólicas para sintonizar la televisión mundial.

El primer error del nuevo canal es que pese a que era impulsado por entes territoriales públicos (las gobernaciones) y su noble ánimo era la cultura, se le dio la forma legal de empresa industrial y comercial del estado copiándose, en los menores detalles el esquema que funcionaba en Bogotá con los canales nacionales que concesionaban espacios a programadoras. Allí estaban en ese negocio restringido y floreciente –por la nula competencia-, Caracol, RCN, Punch, RTI, Colombiana de Televisión, Dorecreativa, Jorge Barón, JES y muchas más. 

Algunas de ellas, como RCN, armaron su circo en el Caribe, sumándose a los empresarios criollos que empezaron a vislumbrar –estaban soberanamente equivocados- que estaban frente a un gran negocio dentro de los medios de comunicación. Montaron estudios, unidades móviles (se recuerda el caso de Palman Televisión), Olímpica, empresarios de publicidad como los Dávila con Televista y muchos más. 

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Los programas preferidos eran las fiestas de los pueblos, los programas musicales (tipo Sabroshow de Ley Martin y Cheverísimo), noticieros y variedades de la farándula criolla. Natural que así fuera pues por vez primera nos auto reconocíamos a nivel audiovisual de forma regular y sistemática.

Al principio parecía que el invento funcionaba y allí dejaban caer sus pedazos de torta publicitaria los anunciantes nacionales más la cuota local (casi 80% de Barranquilla).

La crisis afloraría del mismo modelo equivocado de donde partió.     En vez de superar la tentación “empresarial” de volver al canal un negocio rentable con espacios alquilados y plantear todo lo contrario que sostenerlo con los aportes de los entes públicos participantes para debatir los grandes y graves asuntos regionales, ninguno de los sabios que andaban filosofando sobre la televisión vislumbró que el gobierno daría en concesión dos canales privados que devino en “suerte” a Caracol y RCN, emporios radiales vinculados a poderosos grupos económicos que garantizaban su sostenimiento. 

Solo fue cuestión de meses para que el canal Uno y el A se fueran a pique, asfixiados por la ausencia de rating y por supuesto de anunciantes.

Mientras tanto Telecaribe se reacomodaba con algunas gerencias afortunadas u otras por el contrario perjudiciales. Tras el auto reconocimiento llegó el aburrimiento con los mismos feriados y especiales y con un sistema de producción ruralizado, ajeno a las cambiantes circunstancias de las grandes ciudades que muy pronto produjo las primeras deserciones de una importante franja de la audiencia.

A ello se le sumó otro factor negativo en donde se soportaba estructuralmente el canal y fue la desaparición del Sistema Integrado  de Planificación Urbana y Rural (SIPUR), quedando ideológicamente agarrado de una brocha de concesiones comerciales a lo que se sumaría posteriormente la liquidación de Corporación Eléctrica Regional Costa Atlántica (CORELCA), tirada a la tiña por algunos de los políticos que hoy en día andan en la causa de la RAP Caribe. Ironías y cinismo de nuestra historia regional.

La masiva llegada de la televisión por cable al 90% de los hogares puso a Telecaribe a competir con 60 canales más en igualdad de condiciones, sobre todo que “nuestro canal”, como era su lema, no tenía la infraestructura para sostenerse con dignidad en la avalancha audiovisual.  Allí perdió otra gran parte de su audiencia.

Pero seguían insistiendo en el modelo de concesión y de la extraña junta directiva inventada por todos los gobernadores de la región Caribe, alguno que otro alcalde y rectores de universidad que colocaban, en turnos rigurosos regionales, a los gerentes, la burocracia y contratos.

Mientras tanto en su interior florecía el sindicato tratando de contener los ímpetus de la directiva, cuyas consignas –secretas aunque perceptibles- eran el mantenimiento del modelo de concesión de espacios sostenidos por la propaganda oficial y alguno que otro ente privado con intereses estratégicos regionales; la feria de contratos en lo referente a servicios técnicos y producción, el desmantelamiento de los verdaderos procesos culturales de la región Caribe en aras de la farandulización y los ataques aleves contra los miembros de las asociaciones laborales.

Otro golpe certero fue internet, las redes sociales y la llegada de nuevos esquemas de televisión y cine sobre plataformas. You Tube, Netflix –la lista es larga- acabaron con la oprobiosa y tirana programación que obligaba, sentado inerte frente a la pantalla, a ver lo que otros creían que debía verse.

0A nadie le interesan ya los chistes pueblerinos, las vicisitudes de la patética farándula criolla, los programas institucionales con sus loas a los gobernantes, la manipulación de noticias por parte de informativos controlados por sectores políticos o a su servicio y la puesta en escena del folclor con un procesamiento ingenuo y de postal turística. 

Sin propuestas ideológicas en contravía, sin debate ni contraposiciones, TeleCaribe acabó siendo fiel reflejo del subdesarrollo crónico de la región Caribe en todos sus aspectos y si tal esquema sobrevive no es precisamente por los dones de efectividad que muestra en sus aspectos administrativos, contables y culturales. No. Es por los recursos que le gira la Autoridad Nacional de Televisión y las gobernaciones cada mes para su mantenimiento lo cual, en aras de aplicar el manejo eficiente de los recursos del estado, debería reflejarse en una programación incluyente, divergente del establecimiento, experimental en sus propuestas artísticas y noticiosas, de cohesión regional, de solidez conceptual más allá de los estereotipos y de cualquier intento de banalización como “mass media” que es la apuesta del gerente actual Juan Manuel Buelvas.

Este personaje lleva a cuestas varios escándalos de los cuales ha sobrevivido; no por experimentado ni bueno, sino por la estructura política que lo soportaba encabezado por el cuestionado ex gobernador de Bolívar Dumek Turbay quien a su vez, como presidente del OCAD Caribe, organismo que reparte los recursos de regalías, lo soportaba ante los otros gobernadores miembros de la Junta Directiva.

Buelvas, cada vez que se encontraba con Turbay se portaba como un manso cachorro que lo seguía con la fidelidad de la lisonja a la que era tan afecto el ex gobernador.

La debacle

Telecaribe fue perdiendo audiencia a pasos gigantes, ido de las revoluciones tecnológicas en donde hoy cualquiera monta audiovisuales en tiempo real sintonizados con los requerimientos de la ciudadanía mientras “nuestro canal” se vuelve una repetición de chistes flojos, programas de concurso pueblerinos, series basadas en personajes musicales costosas con una puesta en escena tan alejada de la cultura del caribe que parecería hecha por cachacos, lo cual, dicho sea de paso, es cierto, pues la productora de estos programas es de Bogotá.

Gajes de la ironía audiovisual acolitadas por la pobreza conceptual del gerente Buelvas que siempre ha sido segundón de alguien. Ahora es de su misma mediocridad en torno a la propuesta sobre que se hace con un canal de televisión público que debe estar emitiendo y sintonizado con todos los rincones del caribe y no con las necedades conceptuales de Buelvas manifestadas, con nervio y desfachatez, en el programa institucional del canal manejados por el defensor del televidente Alfredo Sabbagh.

Allí Buelvas dijo entrelíneas que le parecía algo obsoleta la fundamentación del canal de 1986 con las realidades tecnológicas del 2019, asunto que posee alguna certeza, pero se abstuvo de exponer la estrategia para adecuar estos paradigmas a los nuevos tiempos con la visión de creatividad y misión que debe tener un gerente con una clara exposición de estos motivos ante la Junta Directiva. 

Se quedó callado ante el reto, todavía vigente, de cohesionar la región ante la fortaleza de una cultura viva y no de estampa postal o de festival de tarima. Sostuvo, sin ningún fundamento, que Telecaribe era una productora audiovisual internacional y estaba en coproducciones con otras entidades en un claro desborde de los objetivos misionales del canal atribuyéndose unas competencias ilusorias de mercado para gastarse allí ingentes recursos que podrían ser utilizados con mejor tino.

Digámoslo claro. Esta también es corrupción y de la categoría de las excelsas ideológicas. Telecaribe no puede competir con las grandes ligas de las productoras audiovisuales internacionales que manejan experiencia, canales de distribución, recursos económicos, técnicos y artísticos alejados de los exiguos marcos que exige esta industria a nivel internacional y que Telecaribe no puede cumplir. 

Otra de las perlas de Buelvas a Sabbagh, defensor del televidente, fue señalar que Telecaribe se estaba convirtiendo en una plataforma TIC. Dio un ejemplo de un pueblo de la costa que requirió de estos servicios, traído por supuesto de sus cabellos para aseverarlo y entre risas –hay que mostrar la nueva dentadura y estatus- señaló que este era uno de los destinos futuros del canal.

Ese optimismo de Buelvas!  Pretendiendo mordisquear a los grandes jugadores que ofrecen estos servicios con alta tecnología e inversiones cuantiosas. Baste decir, para comprobar el atraso de Telecaribe, que el actual edificio sede al lado de la Universidad del Atlántico en Puerto Colombia, inaugurado en su gestión, muestra por su deficiente construcción, precario envejecimiento.  Por fuera y por dentro parece obra inacabada que de remate casi se cae una parte por malos cálculos estructurales pues el módulo de ascensor, cual torre de Pisa, se inclinó colocando el resto del edificio en peligro por lo cual fue menester una intervención salvadora en su interior.

El sindicato del Canal sigue acusando a Buelvas de perseguidor y de malos manejos y este anda pendiente en estos días de recién inicio de la posesión de los nuevos gobernadores, a cuál de ellos se arrima para seguir apoltronado con sus “geniales” propuestas televisivas. Los ratings hablan mal de la escasa sintonía de sus programas y el protagonismo regional se diluye lenta pero perceptiblemente. 

Las cifras contables son maquilladas y no hacen sino confirmar los hallazgos que provienen desde el 2003 cuando informes de contraloría departamental mostraban que la falta d gestión administrativa causó perdidas por $4.000 millones de pesos con una cartera morosa de más de $2.300 millones y los altos costos de sus egresos que eran 12% más altos que sus ingresos.

En junio de 2017 Buelvas publicitó con bombos y platillos que tras 30 años de ejercicio se había llegado a un equilibrio financiero que permitió superar la deuda histórica de $4.000 millones y que gracias a su gestión se habían empezado a generar utilidades a partir de la producción de series como La Niña Emilia.

Pero no dice que el mercado, tal como se encuentra ahora diseñado, golpea a RCN y Caracol Televisión en sus ratings e ingresos y que TeleCaribe no puede superar a estos gigantes soportados por grupos económicos y holdings. Tampoco dice que en realidad el canal subsiste, no por sus logros gerenciales, sino por los recursos inyectados por entidades del estado colombiano en todos los niveles y que sin ellos Telecaribe no aguantaría medio año de existencia.

El gerente Buelvas ha sorteado con muy buena suerte varios señalamientos y escándalos de corrupción en su contra. El más sonado cuando contrato a una empresa de papel ubicada en Risaralda sin mayor experticia técnica para una evaluación y análisis del canal.

La debilidad de Buelvas

Buelvas, repetimos, siente debilidad por los promotores y creadores culturales ubicados en el interior del país y a ellos acude para “negar” el talento criollo pues le tiene pánico –como realizador mediocre audiovisual que fue siempre- a engrandecer la posible competencia  futuro. Así es él y así será siempre.

La nueva Junta Directiva de Telecaribe se encuentra a la toma de decisiones pues a Buelvas se le acabó el tiempo y sus posibles propuestas. Hay que rediseñar la utilidad del canal y darle un vuelco dramático a sus contenidos para sintonizarse, más allá de las parodias de La Niña Emilia, Aníbal Velásquez y Ester Forero, con las complejidades culturales que demanda la región planificadora territorial del Caribe.

En otras palabras, hay que volver al programa fundacional. 

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