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La condena de Juan Carlos Martínez Rodríguez cierra un expediente y abre una pregunta: cuántas Unidades de Trabajo Legislativo siguen operando hoy como oficinas de direccionamiento de contratos.

Nos encontramos en el Congreso de la República, en el piso donde funcionan las Unidades de Trabajo Legislativo, esas oficinas que la ley creó para redactar proyectos y que el senador liberal Mario Castaño Pérez convirtió en una central de despacho de contratos públicos. El 4 de septiembre de 2026 un juez aprobó el preacuerdo entre la Fiscalía y Juan Carlos Martínez Rodríguez, el hombre del maletín de Las Marionetas, y lo condenó a cinco años y dos meses de prisión por concierto para delinquir, interés indebido en la celebración de contratos, peculado por apropiación, falsedad en documento privado y destrucción de elemento material probatorio. Cinco delitos, 62 meses. Doce meses y doce días por cada uno.

Martínez Rodríguez ya devolvió 415 millones de pesos y debe entregar 350 millones más. Son 765 millones en total, el equivalente a 437 salarios mínimos mensuales de 2026, es decir, lo que un trabajador colombiano tarda 36 años en ganar. Ese fue el precio de su mediación ilegal, según la Fiscalía. Más allá de los titulares, este artículo no se ocupa de la condena. Se ocupa de la máquina.

El esquema de Las Marionetas tenía una arquitectura sencilla y por eso funcionó durante años. Un senador con capacidad de gestionar recursos ante el Gobierno nacional identificaba municipios de interés político, en su mayoría de Caldas, y también de Tolima, Quindío, Cundinamarca, Chocó y Risaralda. Su UTL gestionaba los proyectos ante las entidades del Estado, escogía de antemano a los contratistas y decidía la destinación de los presupuestos para las obras. Los alcaldes recibían la obra financiada y a cambio adjudicaban el contrato al nombre que les llegaba desde Bogotá. El contratista favorecido pagaba una comisión, y esa comisión se repartía entre quienes habían participado en la maniobra. La Fiscalía verificó 114 contratos por 112 mil millones de pesos. Eso son 64 mil salarios mínimos mensuales. Con esa plata se pagan 5.300 años de trabajo de un colombiano promedio.

En esa cadena, Martínez Rodríguez ocupaba el nodo que ningún esquema de corrupción sabe reemplazar con facilidad: el de la caja. Según la Fiscalía, coordinó la recepción de las dádivas entregadas por los contratistas favorecidos, ayudó a distribuir los contratos entre los participantes, mantuvo comunicación directa con alcaldes y funcionarios para asegurar las adjudicaciones y puso sus propias cuentas bancarias a disposición del entramado para recaudar y administrar el dinero apropiado. El apodo no es una exageración periodística. Es una descripción de funciones.

Aquí conviene detenerse en un detalle que parece menor y no lo es. Un esquema de contratación direccionada necesita tres cosas para sobrevivir: alguien que decida, alguien que ejecute y alguien que guarde. El senador decidía. Los alcaldes y contratistas ejecutaban. Martínez Rodríguez guardaba. Y quien guarda es quien conoce el mapa completo: montos, fechas, nombres, cuentas, porcentajes. Por eso su preacuerdo incluye la obligación de declarar como testigo en otros procesos. La Fiscalía no compró una confesión. Compró un archivo.

Desde la psicología de masas, el esquema funcionaba porque cada eslabón tenía una justificación privada para su parte. El alcalde recibía una cancha sintética o una vía que su municipio necesitaba desde hacía décadas, y en su cabeza la comisión era el peaje que había que pagar para que el Estado central se acordara de su pueblo. El contratista veía una obra segura con margen conocido. El empleado de la UTL veía un jefe con poder y una nómina que dependía de obedecer. Nadie en la cadena se pensaba a sí mismo como ladrón. Todos se pensaban como operadores de un sistema que ya existía antes de que ellos llegaran.

Mario Castaño Pérez fue el arquitecto

Senador por el Partido Liberal, aceptó 19 delitos y la Corte Suprema lo condenó en junio de 2023 a 15 años y 11 meses de prisión, multa de 1.060 millones de pesos e inhabilidad de 191 meses. Murió en diciembre de 2023 mientras cumplía la pena, y con su muerte el proceso perdió a la única persona que podía explicar toda la estructura desde arriba. Lo que quedó fueron los operadores.

Juan Carlos Martínez Rodríguez fue el administrador. Su condena de 62 meses queda apenas por encima de las que recibieron operadores con funciones mucho menores dentro de la red. Wilmar Herrera Gallego, exalcalde de Norcasia, recibió cuatro años y cinco meses. Juan Sebastián Vargas Marín, exsecretario de Planeación de Manzanares, cuatro años y tres meses. Jhon Alexánder Sánchez Giraldo, que intervino en tres contratos por más de 10 mil millones, cinco años y tres meses. Una socia del exsenador quedó con ocho años en firme. El hombre que prestaba las cuentas bancarias, cinco años y dos meses.

Los alcaldes fueron la pieza sin la cual nada se movía. Sin la firma del alcalde no hay adjudicación, y sin adjudicación no hay comisión. Piendamó, Suárez, Samaná, Balboa, Armero Guayabal, Villamaría, Norcasia, Manzanares: la lista de municipios del expediente es un mapa de gobiernos locales que aceptaron entregar la contratación de sus pueblos a cambio de que la plata llegara. Y por supuesto, cada uno de esos alcaldes firmó los contratos con total transparencia y buena fe, según consta en los mismos documentos que hoy sirven de prueba.

El Estado nacional puso el resto: 37 capturas desde marzo de 2022, un senador con acceso a presupuestos de inversión regional y entidades como el SENA, la Agencia Nacional de Minería, el ICBF, la Procuraduría y la Contraloría donde, según Semana, Martínez Rodríguez gestionaba nombramientos. Nombramientos en la Contraloría. Es decir, en la entidad encargada de vigilar el uso de los recursos que la red se estaba repartiendo.

Los 112 mil millones de pesos no se los robaron completos. La Fiscalía habla de más de 3 mil millones desviados, y las comisiones documentadas rondan el diez por ciento o más del valor de cada contrato. Pero el daño de un contrato direccionado no se mide por la comisión. Se mide por la obra. Cuando el contratista se escoge antes de la licitación, el precio ya viene inflado para cubrir la comisión, el control de calidad desaparece porque nadie va a demandar al socio, y la obra se entrega como salga. Una cancha sintética con drenaje defectuoso. Una vía terciaria que se traga el primer invierno. Un puesto de salud con la placa de inauguración impecable y el techo goteando.

Piénselo desde Norcasia, un municipio de menos de siete mil habitantes en el oriente de Caldas. Cada peso de comisión que salió de allí para las cuentas de Martínez Rodríguez era un peso que no llegó al acueducto, al colegio o al centro de salud. Los 765 millones que él debe devolver alcanzan para pagar durante un año el salario de 36 docentes rurales, o para comprar 15 ambulancias básicas, o para garantizar el desayuno escolar de 4 mil niños durante todo el calendario académico. Esa es la plata de una sola persona en una red de 37 capturados.

El costo de oportunidad más caro no es el dinero. Es la confianza. Cada municipio de la lista tiene hoy una generación de ciudadanos que aprendió, viendo la obra y viendo el noticiero, que las cosas llegan cuando alguien en Bogotá cobra por ellas. Esa lección no se devuelve con un preacuerdo.

Las Marionetas no fue una anomalía

Fue el uso previsible de tres vacíos que el sistema colombiano mantiene abiertos. El primero: las Unidades de Trabajo Legislativo son nóminas discrecionales de los congresistas, sin concurso, sin perfil exigible y sin control de funciones reales. Un senador puede contratar a quien quiera para hacer lo que quiera, y la ley lo llama asesoría legislativa. El segundo: los convenios interadministrativos y las gestiones de cupos de inversión regional siguen permitiendo que un congresista sea el intermediario de facto entre un municipio pobre y el presupuesto nacional, lo que convierte cada obra en un favor con dueño. El tercero: la justicia negociada. El preacuerdo es una herramienta legítima para desmontar redes, y en este caso la Fiscalía obtuvo un testigo con acceso a la caja. Pero cuando la persona que administraba las cuentas bancarias de un entramado de 112 mil millones sale con 62 meses, el mensaje para el próximo hombre del maletín es claro: guarde bien los datos, porque los datos se negocian.

Desde la filosofía política, el problema es de diseño institucional. Un sistema que concentra en un individuo la capacidad de decidir a qué municipio llega la inversión producirá siempre un mercado de comisiones, sin importar la moral del individuo. Finlandia o Dinamarca no tienen menos corrupción porque sus congresistas sean mejores personas. La tienen porque la asignación de recursos a los gobiernos locales sigue reglas técnicas publicadas, y ningún parlamentario puede presentarse ante un alcalde como el dueño de la plata.

La reforma que nadie propone es simple de enunciar: que las UTL se contraten por concurso, que sus funciones se publiquen y se auditen, y que la asignación de recursos de inversión regional salga de las manos de los congresistas y entre a criterios de necesidad medibles con datos como los de Terridata. Mientras eso no ocurra, cada senador con ambición tendrá su propia oficina de direccionamiento, y cada oficina tendrá su hombre del maletín.

Juan Carlos Martínez Rodríguez pagará 62 meses, devolverá 765 millones y hablará. Lo que diga servirá para condenar a otros operadores de la misma máquina. Lo que no dirá, porque no le corresponde, es que la máquina sigue instalada en el mismo edificio, con otras nóminas, otros maletines y los mismos vacíos legales. La pregunta no es si hubo corrupción en Las Marionetas. Eso ya lo resolvió un juez. La pregunta es cuántas Unidades de Trabajo Legislativo están operando hoy, con la ley en la mano, exactamente igual. Y qué vamos a hacer los ciudadanos de esos municipios la próxima vez que una obra llegue con nombre propio. El sistema no se cambia solo. Pero tampoco puede cambiar sin nosotros.

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