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De plácemes en su tumba donde seguramente debe estar muerto de la risa, el escritor Álvaro Cepeda Samudio, inventor de una famosa categoría de prohombres locales a los que denominó, con toda la sapiencia del caso, como los bobales. ¿Y qué pasó en el villorrio para que el nunca bien ido Cepeda desatará a carcajada batiente su mandíbula en donde quiera que se encuentre? Dos salidas de antología del gobernador del Atlántico Eduardo Verano que él, en su infinita inocencia, jamás sospechó que fueran tan terriblemente necias.

Verano tiene un curioso afán de reformador y le encanta posar con casco de constructor señalando con el índice cual ingeniero los vericuetos de una obra. Resulta que para él –o para algunos de sus asesores- la ruina histórica del muelle de Puerto Colombia estaba de más y entorpecía sus políticas de plazas públicas provocando que el turismo cualificado no llegase a la noble población de Puerto Colombia. Entonces decidió que era excelente decisión demoler el histórico muelle por donde entró el progreso a Colombia para entregar un contrato –de eso se trata y nada más que eso– de demolición para construir en su lugar, no al lado o en diagonal, como mandaba la sensatez en estos procesos, un nuevo muelle para que los turistas y sus barquichuelos atraquen y se coman un afrodisiaco sancocho de pescado con un coctel de camarones.

Perfecto. Cualquiera mete las patas y tumba en afanes contractuales un muelle de más de 100 años venido a menos, pero que era reflejo de un tiempo brillante de Barranquilla al que había que honrar dejando que el furioso mar, los vientos desalmados, hiciesen el resto y los porteños impávidos vieran diluirse, naufragar, lamento naufrago, la magna obra.

Verano, no contento con la terrible pilatuna cometida; y he aquí la soberana estupidez, creyó que era un momento sublime de la historia patria enviando urbi et orbi, una invitación que decía así: “La gobernación del Atlántico tiene el agrado de invitarlo al acto de demolición del muelle de Puerto Colombia”, como si fuese exactamente una inauguración o de la celebración de un reinado de belleza. El Ministerio de Cultura, tan jodón en estas cosas, hizo conveniente mutis por el foro y ni se dio por enterado del atentado cultural al patrimonio cometido por una autoridad pública.

Una semana inolvidable para Verano pues en su twitter personal y de la gobernación llovió en encendidos elogios a Liliana Borrero por ser la gestora de un libro de cocina premiado en un certamen internacional en Macao, China, del cual no dijo si fue producido con los dineros de la Secretaría de Cultura departamental experta en este tipo de negocios rimbombantes y publicitarios o con algún otro rubro del presupuesto del departamento.

Hasta podría aplaudirse la hazaña en las lejanas tierras orientales si lo hubiese hecho una de los conspicuas y permanentes contratistas de la cultura del departamento o alguna señora empecinada en las delicias de la culinaria de envergadura que quiso dejar en forma de libro un legado imperecedero de sus hallazgos en tal materia. Pero no, pues los elogios sin recato del gobernador eran para su señora esposa olvidando la decencia de cómo deben portarse los gobernantes en este tipo de situaciones rayanas en el más pueblerino nepotismo.

También es menester preguntar con qué dineros viajó Liliana Borrero a China, si fue con dineros públicos o personales, pues muchos deportistas dejan de competir en lejanas tierras por falta de apoyo oficial.

Total, dos excelsas muestras de ridiculez en el ejercicio de la administración pública que confirma, sin ninguna duda, la índole de visionario de Cepeda Samudio cuando esbozó el perfil del perfecto bobal barranquillero. Para muestra todo lo anterior.

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