Hanwen Zhang y la prensa servil: cuando la estadística estorba al poder


La verdad les incomoda: el caso Hanwen Zhang

Un nuevo capítulo de manipulación mediática se ha escrito en Colombia, esta vez con la especialista en estadística y análisis electoral Hanwen Zhang como blanco de ataques infundados por parte de ciertos medios de comunicación que actúan más como gabinetes de propaganda que como periodistas. La escena es tan familiar que duele: una profesional es consultada técnicamente por el Congreso sobre un proyecto de ley para mejorar el control y la transparencia en las encuestas políticas, y al día siguiente es acusada —sin pruebas— de activista, de contratista del gobierno, de bodeguera. De todo, menos de lo que es: una experta independiente.

Zhang, con la serenidad que da el conocimiento y la paciencia que parece agotarse ante tanta mediocridad, aclaró punto por punto las mentiras divulgadas por Blu Radio y otros medios de la rosca mediática. No es china —aunque su nombre lo diga todo menos “Sofía Ramírez”—, sino colombiana nacionalizada. No tiene contratos vigentes con el gobierno, aunque los haya tenido (como tantos otros académicos), y sobre todo: su opinión técnica fue solicitada precisamente por su capacidad, no por militancia alguna.

Lo preocupante no es solo el ataque. Lo verdaderamente grave es lo que revela: una prensa que, lejos de investigar, repite lo que conviene al establecimiento. Una prensa que, como se denuncia en La cara oculta del poder, no busca la verdad, sino mantener el guion que se escribe entre bastidores para proteger a los de siempre.

Periodismo arrodillado: cuando la ética se terceriza

En un país donde la corrupción estructural ha sido sistematizada, donde los contratos públicos son utilizados como caramelos de clientelismo y los entes de control son caricaturas institucionales, el periodismo debería ser el último bastión de resistencia. Pero no. Buena parte de la prensa colombiana ha optado por tercerizar su ética profesional: en lugar de verificar, editorializa; en vez de cuestionar al poder, lo reproduce.

¿Acaso investigó Blu Radio antes de emitir su veneno? ¿Revisaron si Hanwen Zhang tenía contratos activos con el gobierno? ¿Evaluaron la pertinencia técnica de su participación en el debate legislativo? Nada de eso. Prefirieron tirar el adjetivo, la insinuación, el insulto racial velado —porque sí, lo de “la señora china” no es inocente, es xenofobia disfrazada de comentario ligero—. Y lo hacen porque saben que el poder económico —que controla encuestadoras, medios y agendas políticas— necesita silenciar a quien le desarma la manipulación con cifras.

El poder teme la ciencia

Zhang habló claro: apoyar la transparencia en encuestas no es activismo político, es responsabilidad técnica. Decir que el Estado necesita contratar expertos no es propaganda petrista, es lógica institucional. Pero en el sistema colombiano actual, todo lo que huela a ciencia, método o pensamiento crítico es tratado como subversión.

Y por eso la atacan. Porque Hanwen Zhang representa algo que el poder detesta: una voz que no pueden comprar, una mente que no pueden dominar, una técnica que no pueden maquillar.

Su defensa, grabada y publicada con admirable dignidad, es también un acto de civismo. No de ese civismo decorativo del “buenos días, buenas tardes”, sino del civismo profundo: el que entiende que cuidar lo público es una forma de respetar al otro, de defender la verdad, de construir comunidad.

El silencioso oficio de manipular la opinión

Detrás de la furia contra Zhang hay algo más siniestro: la intención de advertir a cualquier otro experto o ciudadana que se atreva a opinar con argumentos. El mensaje es claro: si no estás con nosotros, te destruiremos públicamente. ¿Quién se atreverá a colaborar en un proyecto de ley la próxima vez? ¿Qué académica se expondrá a insultos racistas, amenazas de muerte y campañas de desprestigio por cumplir con su deber?

Es aquí donde los medios deberían estar del lado de la verdad, no del chantaje. Pero los grandes grupos económicos, acostumbrados a “alinear” encuestas como se alinea el tono de un noticiero, han secuestrado gran parte de la agenda mediática. Y cuando alguien —como Hanwen Zhang— rompe ese guion, la orden es una: difama, confunde, desacredita.

Una sociedad sin civismo premia al corrupto y castiga al honesto

Lo más trágico de esta historia no es que hayan atacado a Zhang. Lo verdaderamente dramático es que la ciudadanía no se escandalice con ello. Que nos parezca normal. Que, como señala la Corrupción estructural, sigamos atrapados entre la indiferencia, la cobardía y la resignación. Es ahí donde los corruptos vencen sin mover un dedo. Porque no tienen que callarte a la fuerza, basta con que tú decidas no hablar.

Pero aún hay esperanza. El civismo, esa “tecnología social más poderosa que existe”, puede ser la vacuna contra esta epidemia de manipulación y cobardía. Cada vez que exigimos veracidad, que defendemos a alguien injustamente atacado, que pedimos rigor en vez de sensacionalismo, estamos haciendo más que quejarnos: estamos actuando como ciudadanos.


Conclusión: cuando el conocimiento incomoda, es porque revela

Hanwen Zhang no necesita defensores. Su claridad, su formación y su firmeza hablan por ella. Pero quienes creemos en un país diferente —donde la verdad no dependa del dueño del micrófono— tenemos el deber de alzar la voz. No por ella, sino por lo que representa: la posibilidad de que el conocimiento, la técnica y la evidencia vuelvan a tener valor en una democracia capturada por la propaganda.

Porque mientras la prensa mediocre se arrastra por un pauta, hay quienes, como Zhang, prefieren pararse sobre los hechos, aunque el piso tiemble.


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