Cuando un Volkswagen amarillo vale más que la salud de millones

Un escarabajo Volkswagen amarillo recorre las calles de Santander. No es un vehículo cualquiera: es el símbolo motorizado de una lealtad que ha sido retribuida con creces. Su dueño, Germán Tarazona Torres, hermano gemelo del arquitecto Mauricio Tarazona, probablemente nunca imaginó que aquel carro de campaña que paseaba a los candidatos del Pacto Histórico en 2022 sería el preludio de un negocio multimillonario.

O quizás sí lo imaginaba. Quizás esa era precisamente la inversión.

Mientras millones de colombianos esperan meses por una cita médica en hospitales desabastecidos, la firma TGA Asociados —de la cual son socios mayoritarios los hermanos Tarazona y Carlos Olarte— ha conseguido embolsarse $234 mil millones de pesos de los recursos del Ministerio de Salud destinados a infraestructura hospitalaria. Es decir, uno de cada cinco pesos que el ministerio desembolsó para este fin en 2023.

La matemática es sencilla: un escarabajo amarillo más una campaña política igual a contratos millonarios. La aritmética de la corrupción nunca ha sido tan transparente.

El arte de la licitación exprés: cuando ganar estaba decidido antes de empezar

«Adjudicado en tiempo récord», podría decir el eslogan de estas licitaciones si fueran honestas. En Málaga (Santander), el Hospital Regional dio a los interesados en participar apenas dos días para armar una oferta de $64 mil millones de pesos. ¿El resultado? Un solo oferente: el consorcio de TGA Asociados y Carlos Olarte.

La historia se repite con una precisión matemática en cada rincón del país. En seis procesos distintos para construir o remodelar hospitales en Vaupés, Santander, Huila y Cesar, el patrón es idéntico: plazos inhumanamente cortos, requisitos diseñados a medida y —sorpresa— un único postor que casualmente siempre es el mismo.

Mientras cualquier colombiano de a pie necesita semanas para reunir documentos y aprobar un simple crédito bancario, estos afortunados empresarios fueron capaces de preparar, en cuestión de horas, cientos de páginas con presupuestos detallados de materiales de construcción. Una hazaña que haría palidecer a los mejores arquitectos del país.

El ministro que ve, pero no actúa

El ministro Guillermo Jaramillo, quien curiosamente fungía como gerente de campaña del Pacto Histórico al Senado cuando los hermanos Tarazona paseaban políticos en su escarabajo amarillo, ha respondido a las denuncias con «solicitudes de control preventivo» a los entes de control.

Es como pedirle al lobo que cuide a las ovejas, pero solo después de que ya han sido devoradas.

Lo que no explica el ministro es por qué su cartera delegó la contratación directamente a los hospitales, creando el escenario perfecto para que estas licitaciones amañadas proliferaran. Tampoco explica por qué, a pesar de que su propio ministerio denunció ante la Procuraduría la licitación de Málaga por tener requisitos que «condujeron» a que solo hubiera una oferta, permitió que el mismo modelo se replicara en todo el país.

La interventoría: vigilando que nadie vigile

Si la adjudicación de obras es un espectáculo circense, la interventoría es su acto principal. La Fundación Edificando Colombianos (Edicol), encargada de vigilar obras por valor de $470 mil millones de pesos, presentó documentos certificando experiencia en un contrato con la Secretaría de Salud de Antioquia que, según la investigación, nunca existió.

Los lazos familiares tejen esta red con precisión: Aixa Clarena Olarte, hermana de Carlos Olarte, fue secretaria de Edicol. Su representante legal suplente, Andrés Zapata, fue socio de Olarte en otra fundación. Incluso el revisor fiscal es compartido entre empresas.

Es una sinfonía perfectamente orquestada donde cada músico conoce exactamente su parte, mientras los recursos de la salud se esfuman en una melodía de corrupción.

Los contratistas eternos: un historial que no impide nuevos contratos

Lo más indignante es que tanto Olarte como TGA Asociados ya habían sido cuestionados en el pasado por retrasos y otras irregularidades en contratos de obra. Pero en Colombia, como en una perversa versión del «Día de la Marmota«, los mismos actores siguen apareciendo en la película, una y otra vez, sin que nadie detenga la función.

La pregunta que debemos hacernos no es quiénes son estos contratistas o cómo obtienen los contratos. Eso ya lo sabemos. La verdadera pregunta es: ¿por qué un sistema diseñado supuestamente para proteger los recursos públicos permite que esto siga ocurriendo ante nuestros ojos?

El verdadero costo: vidas humanas

Mientras discutimos millones y billones de pesos, es fácil olvidar lo que realmente está en juego. Cada peso desviado es un medicamento que no llega, una cirugía que se retrasa, un paciente que sufre innecesariamente.

Los $234 mil millones de pesos que han ido a parar a las arcas de este selecto grupo de empresarios representan miles de vidas que podrían haberse salvado, miles de enfermedades que podrían haberse tratado a tiempo, miles de familias que no tendrían que llorar la pérdida de un ser querido.

La corrupción en el sector salud no se mide solo en pesos robados, sino en vidas perdidas. Y es ahí donde radica su verdadera obscenidad.

El sistema silencioso que perpetúa el saqueo

Este caso no es una anomalía; es la perfecta ilustración de un sistema diseñado para ser saqueado. Las licitaciones exprés, los requisitos a medida, la falta de supervisión efectiva, la connivencia de funcionarios públicos… son engranajes de una maquinaria bien aceitada que opera a plena luz del día, protegida por la complejidad burocrática y la resignación colectiva.

Los poderosos entramados corruptos no necesitan ocultarse cuando el sistema está diseñado para favorecerlos. No se trata solo de funcionarios corruptos, sino de estructuras que permiten, facilitan y premian la corrupción.

Un futuro de hospitales fantasma

Si la historia reciente nos sirve de guía, estos hospitales —si llegan a construirse— probablemente sufrirán retrasos, sobrecostos, fallas estructurales y, en el peor de los casos, quedarán como esqueletos de concreto, monumentos a la corrupción y al desprecio por la vida humana.

Mientras tanto, el escarabajo amarillo seguirá recorriendo las calles de Santander, tal vez preparándose para la próxima campaña electoral, listo para garantizar que este ciclo perverso se perpetúe.

Y nosotros seguiremos esperando citas médicas en hospitales desabastecidos, preguntándonos por qué el sistema de salud no funciona, como si la respuesta no estuviera frente a nuestros ojos, brillando con el color amarillo de un Volkswagen que vale más que la salud de millones de colombianos.


Esta investigación forma parte de nuestro compromiso con exponer no solo los actos de corrupción, sino los sistemas que los hacen posibles. Porque la verdad no solo se lee, se siente. ¿Listo para verla de frente?

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