El teatro del odio: cuando la prensa confunde periodismo con linchamiento
En un país donde la corrupción se normaliza y el saqueo de los recursos públicos no escandaliza a nadie, la última alocución presidencial de Gustavo Petro se convirtió, curiosamente, en el tema prioritario de análisis. Según una nota de El Colombiano, lo que realmente nos debería tener preocupados no es la reforma a la salud, el acoso judicial contra líderes sociales o la inoperancia del Congreso. No. Es si el presidente está “drogado” o no.
Así de bajo hemos caído.
El artículo titulado “¿Qué pasó con Petro en su alocución presidencial?” no se detiene a evaluar el contenido de la intervención presidencial, ni analiza el contexto ni sus implicaciones políticas. En lugar de eso, se lanza con insinuaciones delirantes sobre el “estado” del mandatario, apoyado por “expertos” en comunicación que más bien parecen influencers de TikTok opinando sobre farándula política.
Y aunque el texto se cuida de decirlo de frente, el veneno está en los entrecomillados: “incoherente”, “errático”, “con voz extraña”, “no parecía en sus cabales”. ¿Pruebas? Ninguna. ¿Argumentos? Cero. ¿Contexto? Menos. Lo importante no es informar, sino sembrar la duda, agitar el morbo y, de paso, alimentar la narrativa de que Petro es una amenaza viviente… incluso para sí mismo.

¿En qué momento la ignorancia se volvió análisis político?
Desde que Petro llegó al poder, una parte de la prensa decidió abandonar su rol de cuarto poder para convertirse en oposición mediática sin decoro ni rigor. El artículo de El Colombiano es solo un síntoma más de un fenómeno profundo que hemos denominado “la lógica invisible del odio político”.
Como bien lo advierte el enfoque de Verdad Oculta y documentos como La cara oculta del poder, lo que aquí opera no es preocupación genuina por la salud institucional del país. Es una arquitectura discursiva diseñada para deslegitimar, ridiculizar y neutralizar a quien desafía los intereses históricos del poder económico y político colombiano. No soportan que un presidente hable de reformas sin pedir permiso a las élites, que ponga en jaque negocios sagrados como las EPS, y que se atreva a decir lo que todos ven pero pocos nombran: que el sistema está podrido.
¿El resultado? Una cobertura que reemplaza el análisis con la burla, el dato con el rumor, y la crítica argumentada con la caricaturización permanente.
Petro, símbolo de lo intolerable para el statu quo
No se trata de defender a Petro como individuo, sino de denunciar cómo la prensa, lejos de hacer control al poder, se ha convertido en un dispositivo para blindar a los verdaderos intocables del país. Porque mientras se especula sobre si el presidente “estaba drogado”, nadie pregunta por qué nadie ha tocado a los responsables del robo del PAE, del desfalco a Sanitas o de los contratos de ciencia y tecnología que terminan en fundaciones de papel.
Y mientras la Corte Suprema archiva investigaciones contra senadores de la vieja guardia, y mientras los clanes siguen gobernando regiones completas como feudos medievales, la “noticia” del día es si Petro estaba nervioso, si habló lento o si dijo una palabra mal.
El problema no es Petro, es lo que representa
Lo que verdaderamente molesta del presidente no es su estilo, ni sus errores, ni siquiera sus reformas. Es que no pertenece. No viene de las élites, no hace parte del ciclo cerrado de privilegios, y ha sido el único en décadas que se atreve a poner el dedo en la llaga: en Colombia no hay democracia plena, sino un sistema diseñado para proteger a quienes históricamente han robado y mentido sin consecuencias.
Como bien lo plantea el análisis de Corrupción Estructural, lo que vivimos no es una serie de escándalos aislados, sino un sistema blindado por la impunidad, la resignación y, por supuesto, el espectáculo mediático.
Civismo frente a cinismo
Frente a esta narrativa tóxica, el civismo se convierte en el acto más revolucionario. No el civismo banal de decir “gracias” o recoger la basura, sino el que implica pensar críticamente, contrastar fuentes, y no dejarse arrastrar por la histeria colectiva.
Cada acto de juicio independiente es un voto por una sociedad más madura, menos manipulable. Frente al odio, más empatía. Frente al rumor, más verdad. Frente al cinismo mediático, más ciudadanía despierta.



