
Joaquín Mattos Omar
@JoacoMattosOmar
Como se sabe, una de las principales y más sonadas promesas de la campaña con la que Donald Trump consiguió ser elegido el martes 8 de noviembre de 2016 como presidente de Estados Unidos fue la de construir un muro a lo largo de toda la frontera que separa su país de México. Esta promesa, en efecto, representó una de las razones más poderosas que llevaron a casi 63 millones de personas a votar por él, número que, aunque fue inferior al de los votantes de su gran rival, Hillary Clinton, y debido al peculiar sistema electoral de la democracia norteamericana, le abrió las puertas de la Casa Blanca.
Así que es acertado suponer que, en la primera semana de su mandato, Trump no pensó en otra cosa que en su monumental propuesta de cemento y acero. Podemos también suponer –pero ahora como una aventurada hipótesis fantástica– que al atardecer de uno de esos primeros días, aprovechando un momento de soledad en la Oficina Oval, empezó a hojear un libro de Wislawa Szymborska, que algún despistado que no estaba en el lugar correcto habría dejado olvidado allí unos días atrás. Imaginemos que lo tomó sólo porque, suspicaz, le pareció un cuerpo extraño en su escritorio y que logró ser atrapado por el poema titulado “Salmo”, debido a que su primer verso le llamó de inmediato la atención:
¡𝑸𝒖é 𝒑𝒆𝒓𝒎𝒆𝒂𝒃𝒍𝒆𝒔 𝒔𝒐𝒏 𝒍𝒂𝒔 𝒇𝒓𝒐𝒏𝒕𝒆𝒓𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒍𝒂𝒔 𝒏𝒂𝒄𝒊𝒐𝒏𝒆𝒔 𝒉𝒖𝒎𝒂𝒏𝒂𝒔!
Lo más probable es que Trump haya asentido con fervor a este verso, pensando: “¿Lo ven? Hasta una nobel de literatura me da la razón. Y es justo por eso que voy a levantar un muro inexpugnable en la frontera entre EE. UU. y México: ¡porque es demasiado permeable!”.

Pero de seguro, cuando acabó de leer el poema completo, frunció el muy estadounidense ceño y torció la muy estadounidense boca. Se dio cuenta de que realizar su sueño divisorio era mucho más difícil de lo que él había supuesto hasta entonces; comprendió que erigir un muro, aun con todo lo alto, largo, grueso y sólido como él había planeado el suyo, no bastaba para separar por completo, hasta que quedaran como dos compartimientos estancos, el territorio de su país y el de su vecino del sur.
“𝑶𝒉 𝒔𝒉𝒊𝒕!, esta señora está en lo cierto”, debió seguir pensando. “Qué lista es, ni yo había advertido esto”.
Entonces Trump mandó llamar a Jared Kushner, su yerno y asesor presidencial.
En cuanto el joven funcionario entró en la Oficina Oval, le pasó el libro y le dijo: “Toma, lee eso”. Kushner leyó en silencio el poema y enseguida miró con perplejidad a su suegro. Trump, exaltado, se puso en pie, le arrebató el libro al otro y, columpiando la mirada entre el delgado volumen y la cara de Kushner, soltó sin parar todas sus inquietudes: “¿Cómo haremos para resolver todos los inconvenientes que este documento señala? Ciertamente, Jared, ¿cómo detendremos las nubes que sobrevuelan impunes de México para nuestro lado, la arena que se desliza desde el maldito Gran Desierto de Altar hacia Arizona, los guijarros que ruedan de la puñetera sierra de San Luis a nuestro suelo? ¿Se te ocurre alguna solución? ¿Y cómo impediremos que cada miserable pájaro de allá vuele para acá o que ni siquiera llegue a posarse encima del muro, invadiendo con su cola nuestro espacio aéreo? ¿Cómo evitaremos que las condenadas anacahuitas de la otra orilla del río Grande contrabandeen a través de esa corriente sus cientos de miles de hojas? ¿Cómo impediremos que la sucia niebla de ellos derive hacia nuestros campos y ciudades, que sus malditas abejas traigan polen mexicano para fecundar nuestras plantas, y que el viento haga resonar en nuestros oídos estadounidenses las horribles voces en español que ellos gritan del otro lado de la frontera? ¿Qué hacemos,𝘴𝘢𝘺 𝘮𝘦, para conjurar toda esta afrenta contra nuestra soberanía? ¡Hay que replantear el proyecto del muro!”.
–¿Cito a una reunión? –le preguntó Kushner, aturdido.
Trump se pasó la mano por el copete.
–𝑹𝒊𝒈𝒉𝒕 𝒏𝒐𝒘! –ordenó.
El asesor salió del despacho y Trump se quedó silencioso. Releyó los dos últimos versos del poema:
𝑺ó𝒍𝒐 𝒍𝒐 𝒉𝒖𝒎𝒂𝒏𝒐 𝒍𝒐𝒈𝒓𝒂 𝒔𝒆𝒓 𝒅𝒆 𝒗𝒆𝒓𝒅𝒂𝒅 𝒆𝒙𝒕𝒓𝒂𝒏𝒋𝒆𝒓𝒐.
𝑳𝒐 𝒅𝒆𝒎á𝒔 𝒆𝒔 𝒗𝒆𝒈𝒆𝒕𝒂𝒄𝒊ó𝒏 𝒆𝒏𝒕𝒓𝒆𝒎𝒆𝒛𝒄𝒍𝒂𝒅𝒂, 𝒉𝒐𝒓𝒂𝒅𝒂𝒏𝒕𝒆𝒔 𝒕𝒐𝒑𝒐𝒔 𝒚 𝒗𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐.
Y, dando un puñetazo al escritorio, exclamó:
–¡Al diablo, señora! Invertiré tantos millones de dólares como sean necesarios para que ni sus putas hormigas ni el puto aire que respiran atraviesen 𝒎𝒊 𝒎𝒖𝒓𝒐.



