Cuando la justicia llega tarde, pero llega: 28 años de prisión para el hermano del poder


La Sentencia que tardó tres décadas

Veinticinco años después del asesinato de Camilo Barrientos, un conductor de bus escalera que tuvo la mala fortuna de circular por las rutas equivocadas del Norte de Antioquia en 1994, el Tribunal Superior de Antioquia acaba de dictar una sentencia que no debería sorprender a nadie, pero que sorprende a todos: Santiago Uribe Vélez, hermano del expresidente Álvaro Uribe, ha sido condenado a 28 años y 3 meses de prisión por homicidio agravado, concierto para delinquir y crímenes de lesa humanidad.

Tres décadas. Ese es el tiempo que necesitó la justicia colombiana para admitir lo que las víctimas gritaban desde los cerros ensangrentados de Yarumal y sus alrededores: que en la hacienda La Carolina no solo se criaba ganado, sino que se gestaba la muerte. Que «los 12 Apóstoles» no eran una banda espontánea de criminales, sino un grupo paramilitar con punto de reunión, financiación y protección. Y que Santiago Uribe no era un ganadero inocente atrapado en una guerra ajena, sino un arquitecto de la violencia que desangró una región entera.

La pregunta no es si esta condena llegó. La pregunta es por qué tardó tanto, y qué dice esto sobre un sistema judicial que funciona con dos velocidades: una para los ciudadanos comunes, otra para quienes llevan apellidos que abren puertas, retrasan procesos y multiplican recursos legales hasta el infinito.

El Sistema Blindado: Cuando el apellido es armadura

En Colombia, pertenecer a la élite política no solo te da poder. Te da tiempo. Te da apelaciones interminables. Te da el privilegio de ser absuelto en primera instancia —como lo fue Santiago Uribe en noviembre de 2024— mientras las víctimas esperan con una paciencia que sólo la desesperanza puede explicar.

Porque claro, un juez de primera instancia decidió que no había suficientes pruebas para vincular a Santiago Uribe con el grupo paramilitar que operaba literalmente en su propiedad. Qué casualidad que los testimonios de excombatientes, las declaraciones de sobrevivientes y las evidencias documentales sobre la presencia de sicarios en La Carolina no fueran «suficientes«. Qué extraño que un grupo armado eligiera como punto de reunión una hacienda ajena, sin permiso, sin conocimiento, sin complicidad.

Pero la Fiscalía apeló. Y ahí está el detalle que desnuda todo el sistema: para revocar una absolución que olía a impunidad desde el primer párrafo, fue necesario un recurso, una segunda instancia, magistrados dispuestos a leer las pruebas que el primer juez decidió no ver. Mientras tanto, los familiares de Camilo Barrientos y las otras víctimas de «los 12 Apóstoles» envejecieron esperando, algunos murieron sin conocer justicia, y la hacienda La Carolina siguió operando como si nada hubiera pasado.

Este es el costo de ser víctima en Colombia cuando el victimario tiene apellido ilustre: tu dolor no basta. Tus testimonios son «insuficientes». Tu versión siempre será puesta en duda hasta que la Corte Suprema, tras décadas de litigio, diga lo contrario. Y aún así, la orden de captura solo se expide «una vez quede en firme» la sentencia. Es decir, Santiago Uribe sigue libre mientras sus abogados preparan el recurso de casación. Porque para eso están los apellidos: para ganar tiempo mientras la justicia se arrastra.

Álvaro Uribe Vélez: La sombra que no se puede ignorar

Digámoslo sin eufemismos: esta condena no es solo sobre Santiago Uribe. Es sobre lo que representa ser hermano de uno de los políticos más poderosos de la historia reciente de Colombia. Álvaro Uribe Vélez no fue un presidente cualquiera. Fue el líder que definió dos décadas de política nacional, que construyó un aparato clientelista que sigue vivo, que tiene la capacidad de influir en procesos judiciales, medios de comunicación y opinión pública con una eficacia que pocos líderes en América Latina han logrado.

¿Santiago Uribe habría sido absuelto en primera instancia si su hermano fuera un ciudadano común? ¿Los procesos habrían tardado 25 años si el acusado no tuviera recursos infinitos para contratar baterías de abogados de élite? ¿La cobertura mediática habría sido tan «balanceada» si no hubiera una maquinaria política presionando por «presunción de inocencia» mientras las víctimas pedían solo ser escuchadas?

La respuesta es obvia, pero vale la pena hacerla explícita: no. Este caso es una radiografía perfecta de cómo funciona el poder en Colombia. El apellido Uribe no solo blindó a Santiago durante décadas; también condicionó la narrativa pública, donde cuestionar al hermano del expresidente era sinónimo de «persecución política«. Donde las víctimas eran presentadas como «testimonios contradictorios» y los fiscales como «enemigos de la seguridad democrática«.

Porque esa es otra dimensión de este caso: la política de seguridad democrática de Álvaro Uribe se construyó, en parte, sobre la colaboración con grupos paramilitares que luego serían desmovilizados y amnistiados. En ese contexto, condenar a Santiago Uribe por liderar uno de esos grupos no es solo un acto de justicia individual. Es una grieta en el relato histórico que el uribismo ha intentado consolidar: que los paramilitares eran actores externos, enemigos del Estado, y no aliados estratégicos de sectores políticos y económicos.

Las Víctimas que nunca importaron

Camilo Barrientos era un conductor de bus. No era un líder comunitario, ni un activista, ni un objetivo militar. Era un hombre que trabajaba para sostener a su familia, y tuvo la mala suerte de pasar por una ruta donde «los 12 Apóstoles» decidieron que su vida no valía nada. Fue asesinado en 1994. Su caso quedó en la impunidad durante 25 años.

Pero Camilo no fue la única víctima. «Los 12 Apóstoles» sembraron el terror en el Norte de Antioquia, asesinando, desapareciendo y desplazando a cientos de personas. Campesinos, comerciantes, conductores, cualquiera que los paramilitares consideraran sospechoso o simplemente incómodo. Y todos ellos esperaron décadas para que alguien en el sistema judicial dijera: «Sí, esto fue un crimen. Sí, hubo responsables. Sí, merece justicia«.

El abogado de las víctimas, Sergio Mesa, lo dijo claramente: el juez de primera instancia ignoró testimonios clave, como el de José Leonel Restrepo, quien confirmó que los sicarios frecuentaban La Carolina y tenían contacto directo con Santiago Uribe. Pero esos testimonios no fueron suficientes. Porque en Colombia, cuando el acusado tiene poder, las víctimas deben demostrar su dolor con una contundencia forense imposible. No basta con haber visto, con haber sufrido, con haber perdido. Hay que convencer a un sistema que, por defecto, protege a quien tiene recursos para defenderse.

Esta es la verdad incómoda que esta condena revela: las víctimas del paramilitarismo en Colombia han sido sistemáticamente desatendidas, cuestionadas y revictimizadas por un sistema judicial que funciona con lógicas de clase. Si tu victimario es pobre, la justicia puede ser rápida. Si tu victimario es rico y poderoso, la justicia es una guerra de desgaste donde el que tiene más recursos, gana tiempo. Y el tiempo, en Colombia, es impunidad disfrazada de debido proceso.

El Significado Profundo: Un sistema que se resiste a cambiar

La condena de Santiago Uribe no cierra el caso. Abre preguntas más incómodas. Si un hermano del expresidente tardó 25 años en ser condenado, ¿cuánto tardarán en responder los demás políticos, empresarios y militares que financiaron, protegieron o colaboraron con grupos paramilitares? Si las víctimas tuvieron que esperar tres décadas para que un tribunal les creyera, ¿cuántas más seguirán esperando justicia que nunca llegará?

Porque este caso no es una excepción. Es la regla. Colombia lleva más de medio siglo intentando juzgar a los responsables de crímenes atroces, y los avances son dolorosamente lentos. La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) fue creada precisamente porque el sistema judicial ordinario es incapaz de procesar la magnitud del conflicto armado. Y aún con la JEP, miles de casos siguen en el limbo, mientras los responsables envejecen cómodamente o mueren sin rendir cuentas.

La condena de Santiago Uribe es, paradójicamente, una prueba de que el sistema funciona y una prueba de que no funciona. Funciona porque, tras décadas de lucha, las víctimas lograron que un tribunal reconociera la verdad. No funciona porque tardó demasiado, porque la primera instancia lo absolvió, porque sigue libre mientras apela, y porque el apellido que lleva le garantiza recursos que la mayoría de condenados en Colombia jamás tendrán.

La pregunta final: ¿Y ahora qué?

Esta condena debería ser un punto de inflexión. Debería demostrar que en Colombia nadie está por encima de la ley, ni siquiera quienes llevan apellidos que abrieron puertas durante décadas. Pero seamos realistas: Santiago Uribe apelará a casación. Sus abogados buscarán cada resquicio legal para retrasar o revertir la condena. Los medios afines al uribismo seguirán hablando de «persecución política«. Y las víctimas seguirán esperando que la orden de captura se haga efectiva.

Mientras tanto, vale la pena preguntarse: ¿cuántos otros Santiago Uribe hay en Colombia? ¿Cuántos ganaderos, empresarios, políticos y militares que financiaron paramilitares siguen libres, protegidos por su poder económico y político? ¿Cuántas haciendas más fueron puntos de reunión de grupos armados sin que nadie responda por ello?

La respuesta no está en esta sentencia. Está en la voluntad política de construir un sistema judicial que no tenga dos velocidades. Un sistema donde el apellido no sea armadura, donde las víctimas no tengan que esperar 25 años para ser escuchadas, y donde la impunidad no se disfrace de «debido proceso».

Porque al final, la condena de Santiago Uribe no cierra nada. Solo confirma lo que ya sabíamos: que en Colombia, la justicia existe. Pero llega tarde, cansada, y solo para quienes tienen la resistencia de esperar décadas mientras el poder hace lo que mejor sabe hacer: ganar tiempo.

La Verdad que incomoda

La condena a Santiago Uribe por 28 años de prisión es un acto de justicia largamente esperado. Pero también es un espejo incómodo que refleja las fracturas de un sistema diseñado para proteger a quienes tienen poder. Las víctimas de «los 12 Apóstoles» esperaron tres décadas para escuchar lo que siempre supieron: que Santiago Uribe fue responsable. Que La Carolina no era solo una hacienda. Que los paramilitares no actuaron solos.

¿Es suficiente esta condena? No. Porque mientras Santiago Uribe pueda apelar, mientras siga libre, mientras el apellido Uribe siga generando protección mediática y política, la justicia seguirá siendo incompleta. Pero es un paso. Un paso que demuestra que, aunque tarde, aunque cansada, la verdad puede abrirse camino incluso cuando el acusado tiene el apellido más poderoso del país.

La pregunta no es si Santiago Uribe es culpable. El Tribunal ya lo dijo. La pregunta es si Colombia está dispuesta a aplicar esta misma justicia a todos los demás que, como él, construyeron su poder sobre la sangre de los más vulnerables. Y esa respuesta aún está pendiente.

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