Los negocios de la familia Uribe crecen al 17,9% mientras el expresidente predica el apocalipsis económico de Colombia
Hay una regla no escrita en la política colombiana que los ciudadanos ya conocen de memoria, aunque pocos se atreven a nombrarla con claridad: los que más gritan que el país se hunde son, con frecuencia, los que mejor nadan. Esta vez, los números llegaron antes que los discursos. El Centro Comercial Nuestro Bogotá, propiedad de la familia Uribe, presentó sus resultados del primer trimestre de 2026 con una cifra que ningún portavoz de la «Colombia en ruinas» quiso comentar: ventas totales superiores a US$18,5 millones, crecimiento del 2% frente al mismo período de 2025, y una plazoleta de comidas con un alza del 17,9%. Todo esto publicado en La República, con firma, con fuente y con datos desagregados mes a mes. Mientras tanto, Álvaro Uribe Vélez continuó su campaña diaria de predicar el colapso nacional. El problema es que sus propios activos no le creyeron.

EL MECANISMO EXPUESTO
Para entender lo que aquí ocurre no hace falta un doctorado en ciencias políticas, aunque ayuda. Lo que sí hace falta es dejar de mirar el discurso y empezar a mirar los balances.
La Lógica Invisible del poder colombiano funciona así: un actor político de primera línea instala en el imaginario colectivo una narrativa de crisis, de destrucción, de país al borde del precipicio. Esa narrativa tiene un propósito concreto: deslegitimar al gobierno de turno, movilizar el miedo electoral, y posicionar al narrador como el único capaz de «rescatar» lo que supuestamente se destruye. Es teatro. Teatro bien ensayado, bien financiado, y con prensa dispuesta a repetirlo sin preguntar demasiado.
El problema de este mecanismo es que, para funcionar, exige coherencia entre el discurso y la realidad. Y cuando los actores mismos no guardan esa coherencia, cuando sus propias empresas crecen en el mismo país que ellos declaran devastado, la lógica invisible se vuelve visible. Brutalmente visible.
Nuestro Bogotá no es un centro comercial cualquiera. Es la expresión tangible del poder económico de una familia que ha gobernado, ha legislado, ha opositado y ha denunciado durante décadas. Y ese activo, en el primer trimestre de 2026, bajo el gobierno que Uribe llama desastre, generó ventas superiores a US$18,5 millones con un promedio diario de 30.000 visitantes, fines de semana con 60.150 entradas y la plazoleta de comidas creciendo al 17,9%.
¿Alguien le avisó al expresidente que sus propios negocios no compartían su diagnóstico?
LOS ACTORES Y SUS ROLES
Gustavo Bolívar, exsenador y voz incómoda en el debate nacional, fue el primero en señalar lo que la prensa mayoritaria prefirió ignorar. Su publicación en X fue directa: el Centro Comercial de los hermanos Uribe vendió US$18,5 millones en el primer trimestre, la plazoleta creció 17,9% gracias al salario mínimo vital, y entre tanto el expresidente repite día y noche que Colombia está en ruinas.
El dato del salario mínimo vital no es menor. Bolívar no lo incluyó por adorno, lo incluyó porque señala la ironía en su máxima expresión: la misma política salarial que Uribe y sus aliados han atacado como una amenaza para la economía, como un detonante de inflación y destrucción empresarial, es exactamente la política que alimentó el crecimiento de la plazoleta de comidas de Nuestro Bogotá. Los trabajadores con más poder adquisitivo compraron más. Compraron en el centro comercial de quien los llama víctimas de un gobierno destructor.
Y La República, medio especializado en economía y negocios, lo documentó sin tapujos: crecimiento del 2% en ventas totales, gastronomía al 17,9%, cafés y heladerías al 15,1%, restaurantes a mantel al 8,9%. Números reales, auditables, publicados. No son opiniones de Bolívar ni invenciones de un gobierno. Son los propios resultados corporativos del centro comercial de la familia Uribe.
El papel de Álvaro Uribe en esta historia no requiere explicación larga. Es el de un actor político que sostiene simultáneamente dos realidades incompatibles: la pública, de Colombia devastada y sin futuro, y la privada, de activos en crecimiento sostenido en el mismo territorio que él declara en ruinas. Eso no es análisis político. Es contradicción. Y la contradicción, cuando es tan evidente, tiene nombre: hipocresía estructural.
EL IMPACTO REAL
Podría parecer que esto es solo un debate entre políticos, un cruce de declaraciones sin consecuencias prácticas para el ciudadano de a pie. Pero ese sería el error de análisis más costoso que un colombiano puede cometer.
El discurso del apocalipsis económico tiene efectos concretos y medibles. Genera incertidumbre en inversionistas, desalienta el consumo, alimenta el pesimismo social y, en su versión más eficaz, demora o bloquea reformas que benefician a la mayoría. Cuando un expresidente con millones de seguidores repite que el país se destruye, esa narrativa no es inofensiva. Construye un clima político que favorece el inmovilismo, el miedo y el retorno al statu quo que, curiosamente, también favorece a quienes tienen activos establecidos y dominantes.
Mientras el ciudadano promedio recibía ese mensaje de catástrofe, mientras el pequeño empresario dudaba si ampliar su negocio, mientras el trabajador se preguntaba si su empleo sobreviviría el «desastre», Nuestro Bogotá registraba 36.748 visitantes en un solo día, el sábado 28 de febrero, y el horario nocturno crecía al 3%.
La plata del salario mínimo vital, esa que se supone destruyó la economía, entró por las cajas registradoras de la familia que más se quejó del salario mínimo vital. No hay forma más clara de explicar la brecha entre discurso y realidad en Colombia.
EL SISTEMA QUE LO PERMITE
Este caso no es una anomalía. Es el funcionamiento normal del poder colombiano, y entender eso es la diferencia entre indignarse y actuar con conocimiento.
Colombia tiene una clase política y económica que aprendió hace décadas que el control del discurso es más rentable que el control de los hechos. Un empresario que predica la crisis mientras sus balances crecen no es un hipócrita por accidente, es un actor racional que comprendió que el pesimismo es buen negocio: baja las expectativas de la competencia, ralentiza las reformas regulatorias y mantiene a los consumidores y trabajadores en un estado de dependencia emocional respecto a los mismos actores que los explotan.
La impunidad de este mecanismo es simbólica, no jurídica. No hay delito en ser exitoso mientras predicas el fracaso ajeno. Pero hay una responsabilidad ética enorme en usar el miedo colectivo como herramienta política mientras tus propios negocios prosperan con las mismas condiciones que dices destruidas.
Los medios tradicionales colombianos, con honrosas excepciones, son parte funcional de este sistema. La noticia del crecimiento de Nuestro Bogotá circuló en La República, un medio especializado. La contradicción con el discurso de Uribe la tuvo que señalar Gustavo Bolívar en X. Los grandes titulares de la crisis colombiana siguieron ocupando portadas sin que nadie pusiera estos dos datos uno al lado del otro y preguntara lo obvio.
corrupcionaldia.com no es el medio que se queda callado ante lo obvio.
La próxima vez que escuche a un político de vieja guardia declarar que Colombia está en ruinas, pregúntese una sola cosa: ¿cuánto facturaron sus activos este trimestre?
Los números del Centro Comercial Nuestro Bogotá no son solo un dato económico. Son el retrato de una clase política que aprendió a vivir cómodamente de dos realidades paralelas: la que vende en sus discursos y la que gestiona en sus empresas. Mientras esa brecha exista y nadie la nombre, el sistema funcionará exactamente como fue diseñado.
La corrupción más elegante no siempre tiene nombre de contrato amañado. A veces tiene nombre de centro comercial con plazoleta creciendo al 17,9%.
La pregunta no es si Uribe miente. Es si vamos a seguir permitiendo que ese teatro defina la agenda política del país. Entra a corrupcionaldia.com y descubre las conexiones que los grandes medios no muestran.



