Por qué un país que aplaude al corrupto no merece salvarse de su propia mediocridad


ARTHUR BROOKS

Arthur Brooks es profesor de la Universidad de Harvard, autor de best-sellers del New York Times y ex presidente del American Enterprise Institute. También es presentador del podcast Office Hours.

El viernes por la mañana, Arthur Brooks habló ante una audiencia de más de 5.000 personas en la conferencia Faith Matters Restore en Orem, Utah. ¿El tema? Cómo sacar a nuestro país del borde de la polarización y el odio aparentemente intratables. Es un tema conmovedor, aún más por la ubicación: la Universidad del Valle de Utah, el mismo campus donde, poco más de dos semanas antes, Charlie Kirk fue asesinado, lo que desencadenó una ola de celebraciones feas y frenéticas acusaciones políticas. Brooks ofreció una solución simple a esta hostilidad, una profundamente arraigada en la fe: ama a tus enemigos. ¿Por qué? Es la única forma de darse cuenta de que no son tus enemigos después de todo.

En octubre de 2002, Russell M. Nelson advertía sobre el «odio entre hermanos» que reducía ciudades a «lugares de dolor«. Dos décadas después, Arthur Brooks repite el mantra del amor a los enemigos en la Universidad del Valle de Utah, donde Charlie Kirk fue asesinado. Qué conmovedor. Qué profundamente inútil para un país como Colombia, donde el enemigo no es el vecino de enfrente, sino el funcionario que te roba mientras te sonríe.

Brooks propone superar la polarización mediante el amor a quienes consideramos adversarios, invocando la «asimetría de atribución de motivos» —esa idea sofisticada de que ambos bandos creen estar motivados por el amor mientras acusan al otro de odio. Pero hay un problema con esta premisa cuando se traslada al contexto colombiano: la corrupción estructural no es un problema de casos aislados, sino una práctica sistemática integrada en el funcionamiento del Estado.

Un manifestante y un agente del Departamento del Sheriff del Condado de Los Ángeles se abrazan durante una manifestación por la muerte de George Floyd en Los Ángeles el 3 de junio de 2020. (David McNew a través de Getty Images)

El cerebro primitivo de una sociedad adicta a sus verdugos

Una sociedad que aplaude al corrupto merece sus cadenas, porque la corrupción necesita silencios cómplices, miradas indiferentes y multitudes que aplaudan aunque sepan la verdad. No estamos hablando de diferencias políticas legítimas, como las que Brooks tenía con sus padres liberales en Seattle. Estamos hablando de un sistema donde el corrupto gana porque la sociedad se acostumbró a perder.

Brooks nos cuenta que el desprecio —esa combinación letal de ira y asco— destruye matrimonios y países. John Gottman puede predecir el divorcio de una pareja con 94% de precisión observando si ponen los ojos en blanco. Fascinante. Pero ¿qué hacemos con un país donde los políticos se roban millones, reparten puestos, manipulan contratos y aún así vuelven a ser elegidos?

El problema no es que los colombianos sientan desprecio por sus gobernantes corruptos. El problema es que no lo sienten lo suficiente. O peor aún: el votante justifica al corrupto, el empresario paga la campaña a cambio de favores, el ciudadano dice «todos roban pero este me ayuda«.

El Dalai Lama reza por los comunistas chinos; los colombianos votan por los mismos de siempre

Brooks relata cómo el Dalai Lama, exiliado por los comunistas chinos desde 1959, reza diariamente por los líderes del Partido Comunista. «Muestra calidez», aconseja el líder espiritual. Es una historia hermosa de trascendencia espiritual. También es completamente irrelevante para un país donde la estructura burocrática y política ha generado un sistema de impunidad que protege a los corruptos y castiga a los ciudadanos que denuncian estos abusos.

Alejandro Nieto señala que el Estado ha degenerado en una estructura dominada por la incompetencia y la falta de ética, secuestrada por partidos políticos, altos funcionarios y grupos de poder económico. ¿La solución? ¿Amarlos más? ¿Orar por ellos?

La asimetría real: ellos roban, nosotros miramos

Brooks habla de «asimetría de atribución de motivos». Dejemos de lado esa jerga académica y llamemos a la verdadera asimetría por su nombre: corrupción estructural, politización de la administración, falta de control y rendición de cuentas, donde la impunidad es la norma.

Mientras los gobernantes gozan de impunidad casi total, la sociedad colombiana ha mostrado una preocupante pasividad ante los abusos del poder, con indignación efímera limitada a manifestaciones esporádicas o quejas en redes sociales. La acción política real es inexistente.

Brooks tuvo un intercambio epistolar edificante con un crítico de Texas que terminó invitándolo a cenar después de que el profesor le agradeciera por leer su libro completo. Qué lindo. Mientras tanto, en Colombia, la idea del «todos son iguales» ha calado hondo, generando desconfianza absoluta hacia cualquier alternativa política, mientras la comodidad y la falta de interés por el activismo generan un escenario donde la gente prefiere mirar hacia otro lado.

Arthur Brooks en Washington, D.C. el 13 de enero de 2017. (J. Lawler Duggan / The Washington Post a través de Getty Images)

El verdadero enemigo no necesita tu amor, necesita tu indiferencia

La corrupción se volvió parte del paisaje y como ya no escandaliza, avanza, se normaliza, se institucionaliza, se vuelve costumbre. Este es el verdadero mecanismo invisible que Brooks no menciona en su inspirador discurso: cuando una sociedad admira al que roba, no solo normaliza el delito, lo convierte en aspiración, y el pueblo deja de ser víctima para convertirse en cómplice.

Brooks nos dice que el coraje moral es «enfrentarse a las personas con las que estás de acuerdo, en nombre de aquellas con las que no estás de acuerdo«. Hermoso principio. Pero el miedo juega un papel clave: muchos ciudadanos temen las repercusiones de enfrentarse al poder, ya sea en el ámbito laboral, social o judicial. Esta autocensura no se cura con amor; se cura con instituciones funcionales y consecuencias reales para el abuso de poder.

La competencia de ideas versus la competencia por el botín

Brooks tiene razón en algo: el acuerdo constante es una forma de mediocridad. «Necesitamos estar mejor en desacuerdo«, afirma. Pero el corrupto no gana porque sea fuerte, gana porque muchos ya se rindieron, porque en vez de exigir transparencia preferimos miniganas.

Sin una ciudadanía activa y exigente, los gobernantes no tienen incentivos para actuar con responsabilidad y ética, mientras la falta de participación activa fortalece a los grupos de interés que buscan explotar el aparato estatal. Esto no se arregla amando a tus enemigos. Se arregla con eliminación del aforamiento, auditorías independientes, penas severas incluyendo inhabilitación perpetua, y responsabilidad patrimonial para los funcionarios corruptos.

El campo misionero real: cada día que no exiges cuentas

Brooks termina su discurso imaginando un letrero a la salida del campus: «Ahora estás entrando en el campo misionero«. Su misión: amar a tus enemigos. La misión real para cualquier colombiano debería ser distinta: salir cada día dispuesto a no normalizar, a no justificar, a no aplaudir al que roba porque «al menos arregla calles«.

La libertad no se pierde en un día, se entrega poco a poco, cuando el pueblo deja de pensar, de exigir, de indignarse. Una sociedad que no castiga la corrupción está eligiendo sus propias cadenas.

Brooks puede seguir predicando amor a los enemigos en conferencias universitarias. Mientras tanto, para que un proyecto de regeneración política prospere, se necesita credibilidad, transparencia, apoyo ciudadano, movilización activa, un programa concreto y factible, y resistencia a los poderes fácticos.

El problema no es que odiemos demasiado a los corruptos. El problema es que no los odiamos lo suficiente como para dejar de votarles, de justificarlos, de ser sus cómplices silenciosos. Quien admira al corrupto termina viviendo bajo sus reglas.

La pregunta no es si vas a amar a tus enemigos. La pregunta es si vas a seguir siendo cómplice de los tuyos.


Frase clave: impunidad corrupción Colombia sistema político

Meta descripción: Mientras Brooks predica amor a los enemigos, Colombia normaliza la corrupción estructural. Análisis sobre cómo una sociedad que aplaude al corrupto elige sus propias cadenas.

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