El fuero parlamentario, concebido para proteger la independencia legislativa, se convirtió en la palanca más eficaz del cinismo político colombiano: renunciar para esquivar la justicia, descansar en el limbo judicial… y regresar como si nada.

Por: Gala Marcela Peña   |   Redacción corrupcionaldia.com   |   Febrero 2026

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I. La maniobra perfecta: renunciar para huir

Hay algo que los manuales de ética pública no enseñan, pero que la clase política colombiana domina con maestría de artesanos: la renuncia como estrategia judicial. Desde los oscuros días de la parapolítica hasta los escándalos más recientes que sacuden los pasillos del Capitolio, decenas de congresistas han descubierto que la salida más rápida de una investigación incómoda no está en el estudio de los abogados, sino en la carta de dimisión.

El mecanismo es elegante en su cinismo. La Constitución de 1991 estableció que los congresistas tienen fuero especial: son investigados y juzgados por la Sala de Instrucción de la Corte Suprema de Justicia, el tribunal de más alta jerarquía en materia penal. Sin segunda instancia en sus orígenes, sin la misma flexibilidad de la Fiscalía. Para muchos políticos en aprietos, eso se convirtió en una pesadilla. Para otros, en un puzzle resoluble: si renuncio al cargo, pierdo el fuero, y mi caso puede pasar a la Fiscalía.

Desde 2008 los congresistas utilizan este mecanismo para manejar la justicia penal, quitándose de encima una investigación que pueda hacerlos responsables o comprometerlos con conductas delictivas. Los colombianos llevamos más de una década presenciando este espectáculo.

Lo que empezó como una práctica de unos pocos en el escándalo de la parapolítica —cuando más de 21 legisladores renunciaron a sus curules para que sus casos salieran de la órbita de la Corte— se transformó en una estrategia sistemática, perfeccionada con los años, exportada de partido en partido, y reproducida con descaro creciente en cada legislatura.

La trampa tiene otra vuelta de tuerca que los medios pocas veces explican: al cambiar del sistema procesal de la Ley 600 de 2000 —bajo el que opera la Corte— al sistema acusatorio de la Ley 906 de 2004 —bajo el que funciona la Fiscalía— los procesos en muchos casos debían prácticamente comenzar de cero. Una investigación de años, con pruebas acopiadas, con declaraciones de testigos, con construcciones judiciales costosas y difíciles, podía quedar en el papel. La justicia no es solo lenta en Colombia: a veces puede ser reiniciada por quien tiene la habilidad de escoger el tablero de juego.

II. Los protagonistas del regreso: quiénes huyeron y quiénes vuelven

En esta historia hay nombres propios. Muchos. Y todos comparten algo en común: la desfachatez de pedirle al electorado, con proceso judicial vigente, que les otorgue de nuevo el mandato que en su momento abandonaron estratégicamente.

El caso más emblemático —y el más revelador de hasta dónde puede llegar el cinismo político— es el del expresidente Álvaro Uribe Vélez. En agosto de 2020, cuando la Sala de Instrucción de la Corte Suprema dictó medida de aseguramiento con detención domiciliaria en su contra por el caso de manipulación de testigos en el proceso del exparamilitar Juan Guillermo Monsalve, Uribe tomó una decisión que sacudió al país: renunció al Senado. De un golpe, el expresidente dejó de ser aforado, su caso pasó a la Fiscalía, y la medida de detención fue revocada.

Años después, condenado en primera instancia por fraude procesal y soborno a testigos por la jueza Sandra Liliana Heredia, el Centro Democrático anunció con bombos y platillos que Uribe podría ser el número 25 en su lista cerrada al Senado para las elecciones de marzo de 2026. El argumento: si las condiciones jurídicas lo permiten. Porque claro: la presunción de inocencia es sagrada, pero la estrategia judicial que permitió evadir la Corte Suprema también lo fue.

El expresidente busca al menos tres millones de votos por su partido para regresar a la corporación, tras seis años de ausencia motivada —según reconocen incluso medios afines— por su deseo de no seguir siendo investigado por la Corte Suprema, sino por la Fiscalía General de la Nación.

El segundo nombre en la lista es Richard Aguilar Villa, exsenador de Cambio Radical y heredero del clan político que encabeza su padre, el coronel retirado Hugo Aguilar, condenado por parapolítica. En 2021, con la Corte Suprema avanzando en su investigación por una presunta red de corrupción durante su mandato como gobernador de Santander —una trama que habría incluido comisiones irregulares en megacontratos de infraestructura—, Aguilar renunció a su curul. Fue capturado preventivamente en 2023. Y hoy, cinco años después de aquella maniobra, aspira a regresar al Senado, ahora con el aval del Partido Liberal.

El proceso judicial de Aguilar Villa no es un rumor ni una acusación sin sustento. La Corte Suprema, que actúa como juez natural de los gobernadores, mantiene el caso activo y en etapa de juicio. Según la investigación del medio regional Metropolitano, la estrategia de su defensa ha incluido solicitudes de nulidad procesal, cambios de sistema, y maniobras dilatorias que han permitido que transcurran seis años sin sentencia. Mientras tanto, el excongresista recorre departamentos, habla de empleo y salud, y solicita votos.

Arturo Char, senador de Cambio Radical e hijo del patriarca de uno de los clanes más poderosos de la Costa Atlántica, también renunció a su curul para afrontar su proceso por presunta compra de votos. Y entre los congresistas salpicados en el escándalo de corrupción de la UNGRD —la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, donde cinco legisladores y un exrepresentante son investigados por haber aprobado operaciones de crédito a cambio de contratos millonarios—, al menos cuatro se mueven activamente en campañas de cara a las elecciones legislativas de 2026.

III. El escándalo UNGRD: corrupción con curul

Para entender la dimensión del problema, hay que detenerse en el caso UNGRD, que ilustra con precisión quirúrgica cómo la corrupción opera desde adentro del Capitolio. Según la Sala de Instrucción de la Corte Suprema de Justicia, los congresistas Juan Pablo Gallo, Liliana Bitar, Karen Manrique, Julián Peinado y Wadith Manzur, junto al exrepresentante Juan Diego Muñoz, habrían aceptado emitir conceptos favorables a operaciones de crédito público presentadas por el Ministerio de Hacienda, a cambio de contratos de la UNGRD en sus regiones.

Los contratos señalados incluyen obras en Carmen de Bolívar por $11.700 millones, en Saravena, Arauca, por $35.631 millones, y en Cotorra, Córdoba, por $46.000 millones. No son cifras abstractas: son hospitales no construidos, vías sin pavimentar, comunidades sin agua potable. Son la diferencia entre una Colombia que funciona y una Colombia que sangra en silencio.

Los investigados, como miembros de la Comisión Interparlamentaria de Crédito Público, habrían aceptado emitir conceptos respecto de operaciones de crédito público a cambio de dádivas que se materializarían en contratos de la UNGRD. — Sala de Instrucción, Corte Suprema de Justicia.

Lo que resulta insultante no es solo la presunta corrupción: es que algunos de estos actores aspiren a repetir curul. El senador Wadith Manzur, investigado por presiones a una exasesora del Ministerio de Hacienda para favorecer contratos de interés personal, aparece en la lista del Partido de la U de cara a las elecciones. Julio Elías Chagüí, mencionado en la investigación por un supuesto interés en contratos en Sahagún, Córdoba, está inscrito en la posición 14 de esa misma lista. La presunción de inocencia es un derecho constitucional. Pero la indiferencia ética de los partidos que los avalan es una declaración de principios.

IV. El sistema que lo hace posible: el Estado Profundo en acción

Lo que ocurre con estos excongresistas que huyeron y regresan no es una anomalía del sistema político colombiano. Es el sistema. Es lo que el politólogo colombiano Javier Duque Daza, de la Universidad del Valle, documentó en un estudio que registró al menos 18 casos entre 2010 y 2024 en los que congresistas o partidos perdieron curules por vínculos con corrupción o estructuras criminales. Es lo que el Observatorio de Justicia e Impunidad contabilizó en más de 60 sentencias de la Corte Suprema relacionadas con alianzas entre congresistas y grupos armados ilegales entre 2007 y 2018.

La renuncia al fuero como mecanismo de evasión revela algo más profundo: la existencia de lo que en ciencia política se denomina el Estado Profundo, esa red de intereses enquistada en las instituciones que sobrevive a los gobiernos, a las leyes y a las investigaciones judiciales. Una red en la que el poder económico, los clanes políticos regionales, los reguladores y ciertos operadores jurídicos mantienen lógicas que sobreviven a los cambios democráticos y que pueden dilatar, vaciar o neutralizar los procesos de rendición de cuentas.

El presidente de la Corte Suprema fue contundente al respecto: el fuero parlamentario no fue concebido como un dispositivo de manipulación judicial. Pero eso es exactamente en lo que se ha convertido. No es una opinión: desde 2008, más de treinta congresistas han utilizado la renuncia estratégica como palanca para cambiar de juez, dilatar procesos o reiniciar investigaciones.

«La justicia penal no puede quedar en manos de los investigados, que ellos puedan decidir a su antojo dónde ubicar los procesos. Es muy grave para un país. — Gerardo Barbosa, conjuez de la Corte Suprema de Justicia»

El sistema también tolera —y en ocasiones incentiva— el regreso de quienes huyeron. Ninguna ley prohíbe a un excongresista investigado inscribirse como candidato. La presunción de inocencia es su escudo jurídico. Los partidos, a su vez, tienen sus propios cálculos: un candidato con maquinaria electoral, con dinero, con redes regionales, vale más que la coherencia ética. El voto, en muchas regiones, sigue fluyendo por los cauces del clientelismo, los contratos, las obras de último momento, los regalos navideños y las canchas de fútbol arregladas.

Lo venimos comentando: la corrupción no gana porque el sistema sea fuerte, sino porque la sociedad se acostumbró a perder. El político que roba pero hace se vuelve más popular que el que propone con decencia. Y mientras la dignidad se vende barata, el poder siempre se la lleva toda.

V. Lo que esto le cuesta a Colombia: el precio de la impunidad

Cada vez que un proceso judicial se reinicia por una renuncia estratégica, hay una consecuencia material que se paga en carne y hueso. Los recursos públicos desviados en la UNGRD, en las gobernaciones, en los contratos amañados, no regresaron. Los niños del PAE que no recibieron su almuerzo escolar. Los hospitales que no se construyeron. Las vías que siguen destapadas. Las promesas incumplidas que, paradójicamente, son el argumento de campaña del candidato que vuelve.

El estudio del politólogo Javier Duque Daza es revelador: la representación democrática fue anulada cuando los congresistas incurrieron en conductas que traicionaron el mandato ciudadano. Pero hay algo más grave aún: cuando esos mismos ciudadanos vuelven a votar por quienes los traicionaron, el sistema queda completo. La corrupción no solo roba el presente; coloniza el futuro.

El costo de oportunidad es demoledor. Con los $93.331 millones en contratos señalados solo en el caso UNGRD —sin contar los recursos desviados en Santander durante la gobernación Aguilar, ni los fondos relacionados con el caso Uribe— Colombia habría podido construir decenas de centros de salud, pavimentar centenares de kilómetros de vías terciarias o garantizar alimentación escolar durante meses a miles de niños en regiones de alta vulnerabilidad.

VI. La pregunta que Colombia no puede seguir esquivando

En Colombia se ha instalado un debate necesario. El poder no se consigue solo con las elecciones; se disputa día a día frente a intereses profundamente arraigados. Pero hay una batalla que va más allá del ejecutivo: la batalla por la memoria democrática. Por no olvidar quién renunció cuándo, por qué, y con qué consecuencias.

Que un excongresista investigado pueda aspirar a una nueva curul no es, en sí mismo, lo más alarmante. Lo más alarmante es que los partidos políticos lo avalen sin rubor, que los medios de comunicación cubran sus campañas sin contexto, que el electorado vote por ellos sin información completa. La corrupción se volvió parte del paisaje, y como ya no escandaliza, avanza. Se normaliza. Se institucionaliza. Se vuelve costumbre.

«Los colombianos llevamos más de una década de presenciar este espectáculo. La pregunta no es si hubo evasión de la justicia. Es si vamos a seguir permitiéndola.»

El presidente de la Corte Suprema fue directo: ‘quien ejerce su derecho a renunciar a la investidura de congresista, acepta las consecuencias que de ello surgen’. Pero en Colombia, las consecuencias para quien tiene poder son negociables. Lo que no debería ser negociable es el voto ciudadano.

En marzo de 2026, varios de estos rostros estarán en el tarjetón. Con trajes nuevos, discursos renovados, promesas relucientes. Con sus procesos judiciales avanzando en silencio, lejos de las cámaras, en despachos que el elector promedio nunca verá. Con sus clanes políticos intactos, sus maquinarias aceitadas, sus redes de favores activas.

La pregunta final no es para la justicia. Es para cada colombiano frente a su tarjetón: ¿le vas a dar otro mandato a quien ya te falló, huyó y volvió? ¿O esta vez vas a exigir que quien te representa primero le rinda cuentas a la verdad?

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