Dos exministros del gobierno que prometió «cero tolerancia» a la corrupción ahora duermen en una celda. ¿Audacia criminal o simple estupidez política?


Ricardo Bonilla y Luis Fernando Velasco conocían las reglas del juego. No eran novatos en política, no eran improvisados que llegaron por casualidad a los ministerios más poderosos del país. Eran economista doctor y político experimentado, respectivamente. Sabían perfectamente que estaban jugando con fuego en un gobierno que había hecho de la «lucha frontal contra la corrupción» su carta de presentación más visible. Y aun así, decidieron coquetear con la corrupción. El resultado no sorprende: ahora están tras las rejas.

El jueves 18 de diciembre de 2025, la magistrada Aura Alexandra Rosero Baquero del Tribunal Superior de Bogotá dictó medida de aseguramiento intramural contra ambos exministros. No la detención domiciliaria que había solicitado la Fiscalía. No una tobillera electrónica ni ningún otro eufemismo judicial. Cárcel, sin contemplaciones. Porque según el tribunal, Bonilla y Velasco no solo participaron en reuniones institucionales o firmaron actos propios de sus cargos: «articularon, promovieron y coordinaron a través de terceros un esquema reiterado de dirección contractual» para comprar congresistas.

El mecanismo invisible: Cómo comprar un Congreso sin dejar huellas… o eso creían

La estructura era sofisticada en su ejecución pero primitiva en su esencia. Entre mayo de 2023 y febrero de 2024, mientras Gustavo Petro predicaba desde Casa de Nariño que «ni familia ni amigos ni compañeros ni colaboradores» quedarían excluidos del peso de la ley, sus dos ministros más cercanos construían una maquinaria de corrupción desde los despachos de Hacienda e Interior.

El esquema operaba así: congresistas necesitaban contratos para sus regiones. El gobierno necesitaba votos para sus reformas pensional y de salud. La solución, en la mente de estos funcionarios, era evidente: convertir los recursos de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres y del Instituto Nacional de Vías en moneda de cambio político.

Según la Fiscalía, se direccionaron 74 proyectos en Invías por $571.000 millones de pesos y cinco en la UNGRD por $40.500 millones adicionales. En total, más de $612.000 millones de pesos destinados a comprar voluntades legislativas. De todos esos proyectos gestionados en el marco del «acuerdo ilícito«, solo siete llegaron a concretarse. El resto quedó en el limbo de las promesas incumplidas, pero el daño ya estaba hecho.

María Alejandra Benavides, exasesora del Ministerio de Hacienda, se convirtió en pieza clave del rompecabezas judicial. Sus testimonios, junto a los de Olmedo López y Sneyder Pinilla, desnudaron la operación. Los chats, las reuniones, las instrucciones precisas. Todo quedó registrado en la torpeza digital de quienes creían que el poder los hacía invulnerables.

La paradoja de la «cero tolerancia»: Cuando el discurso choca con la realidad

Gustavo Petro había sido claro. El 7 de agosto de 2022, en su discurso de posesión, advirtió que su gobierno tendría «cero tolerancia» contra la corrupción y que lucharía «con mano firme y sin miramientos» contra este flagelo. Repitió el mantra en reuniones de gabinete, en consejos de ministros, en intervenciones públicas. «Exijo lealtad con el programa de gobierno, cero corrupción y resultados«, tuiteó en febrero de 2023.

Bonilla y Velasco estaban ahí. Escucharon cada palabra. Asintieron en cada reunión. Y luego salieron de Casa de Nariño a montar un esquema que contradecía cada sílaba del discurso presidencial.

La pregunta que flota en el aire de la política colombiana no es solo cómo se atrevieron, sino por qué lo hicieron. ¿Creyeron que eran tan inteligentes que no los atraparían? ¿Pensaron que el poder los blindaba? ¿O simplemente calcularon mal, subestimando la determinación de testigos clave dispuestos a hablar?

El mismo Petro, que en abril de 2025 admitió haber perdido su «inocencia» al reconocer que la corrupción «pasa en derecha y pasa en izquierda«, ahora se encuentra en la incómoda posición de defender personalmente a Bonilla mientras mantiene su retórica de «cero tolerancia«. «Ricardo Bonilla es doctor en Economía y profesor de profesión. Lo conozco de años y sé que es inocente en mi conciencia«, escribió el presidente, desplazándose peligrosamente hacia el terreno de juez moral que dice no querer pisar.

El sistema silencioso que permite lo impensable

Lo verdaderamente revelador de este caso no es que haya ocurrido, sino que haya sido posible. Colombia arrastra décadas de corrupción sistémica, donde los cupos indicativos, la mermelada legislativa y la compra de votos han sido práctica común, casi normalizada. Lo que Bonilla y Velasco hicieron no era innovador: era el manual de siempre con un agravante imperdonable. Lo hicieron en un gobierno que había prometido romper precisamente con esas prácticas.

El magistrado del tribunal fue contundente al señalar que la ausencia de cargo público de los implicados no neutraliza el riesgo, «pues la Fiscalía acreditó que las dinámicas investigadas trascendían el ejercicio formal del cargo, se apoyaban en redes políticas, administrativas y relacionales previamente consolidadas y operaban a través de terceros«.

En otras palabras: no eran funcionarios improvisando corrupción, eran operadores expertos aprovechando redes existentes. Conocían el sistema porque habían navegado en él durante años. Y eso hace su conducta aún más grave.

El impacto oculto: Más allá de los titulares

Mientras los exministros preparan su defensa desde la reclusión, vale la pena preguntarse qué dejó de hacerse con esos $612.000 millones de pesos que se pusieron en juego. ¿Cuántos proyectos reales de gestión del riesgo quedaron sin financiamiento? ¿Cuántas comunidades vulnerables quedaron desprotegidas porque los recursos destinados a prevenir desastres se usaron como carnada política?

El caso también salpica a diez congresistas señalados de participar en el entramado. Los senadores Iván Name y Andrés Calle ya están en prisión y perdieron su investidura. Otros cuatro están en campaña buscando reelección: Martha Peralta, Wadith Manzur, Karen Manrique y Julio Elías Chagüi. Todos niegan su participación, todos se declaran víctimas de persecución política o interpretaciones erróneas.

El cinismo es asombroso. Como señala un análisis de corrupcionaldia.com publicado en agosto de 2022: «¿Cero corrupción, una utopía? En un país como Colombia, en donde la corrupción es un cáncer que ha hecho metástasis en todos los órganos estatales y se ha convertido en una costumbre aceptada y tolerada por la cultura 'mafiosa', lanzar un reto como 'cero corrupción' podría interpretarse como una utopía«.

Ricardo Bonilla, Luis Fernando Velasco, Carlos Ramón González, Sandra Ortiz, Wadith Manzur, Marta Peralta, Karen Manrique, César Manrique Soacha, Sneyder Pinilla, María Alejandra Benavides y Julio Elías Chagüi son señalados por su presunta participación en el escándalo de corrupción de la Ungrd.

La conexión perdida: Cuando el cambio se vuelve más de lo mismo

Bonilla y Velasco representan la traición más dolorosa al votante que creyó en el cambio. No eran políticos tradicionales reciclados, eran parte del equipo que prometía hacer las cosas diferentes. Su caída no es solo judicial, es simbólica. Confirma el temor más profundo de quienes desconfían del sistema: que todos, absolutamente todos, son iguales cuando tienen la oportunidad.

La magistrada Rosero explicó que el riesgo no depende de la movilidad física, «sino de la capacidad de articulación e intermediación«. Es decir, aunque Bonilla y Velasco estén en prisión, las redes que utilizaron siguen operando. Los contactos permanecen. Las prácticas continúan. Porque la corrupción en Colombia no es problema de individuos aislados sino de estructuras consolidadas.

Como advirtió el profesor Alejandro Nieto en su libro «El desgobierno de lo público»: la corrupción estructural no es un problema de casos aislados, sino una práctica sistemática integrada en el funcionamiento del Estado. La politización de la administración hace que los altos cargos respondan más a intereses partidistas que a criterios de mérito o capacidad. Y la falta de control y rendición de cuentas garantiza que la impunidad sea la norma.

¿Por qué jugaron con candela?

Esta es la pregunta central que atraviesa todo el caso. Bonilla y Velasco no eran ingenuos. Sabían que el gobierno de Petro estaba bajo escrutinio permanente, que la oposición buscaba cualquier error para atacar, que los medios vigilaban cada movimiento. Y sin embargo, decidieron montar un esquema que, por su magnitud y descaro, estaba destinado a explotar.

¿Arrogancia? Probablemente. El poder embriaga y genera la ilusión de invulnerabilidad. ¿Necesidad política? Posible. Las reformas del gobierno enfrentaban resistencia feroz en el Congreso y quizás creyeron que no había otra forma de aprobarlas. ¿Avaricia? Menos probable, dado que no hay evidencia de enriquecimiento personal, sino de transacciones políticas.

Lo más probable es una mezcla tóxica de los tres factores. Creyeron que podían salirse con la suya porque «así se ha hecho siempre«. Calcularon que el fin justificaba los medios, que aprobar las reformas valía cualquier costo moral o legal. Y subestimaron fatalmente la voluntad de algunos involucrados de confesar cuando las cosas se pusieron difíciles.

El futuro de un gobierno manchado

El caso BonillaVelasco deja heridas profundas en un gobierno que llega a la recta final de su mandato. La credibilidad está comprometida. El discurso anticorrupción suena ahora a propaganda vacía. Y la pregunta que corroe desde adentro es: ¿cuántos más están involucrados en esquemas similares que aún no han salido a la luz?

Carlos Ramón González, exdirector del Dapre y de la Dirección Nacional de Inteligencia, sigue prófugo. César Manrique, exdirector de la Función Pública, también. Las investigaciones continúan y nuevos nombres podrían aparecer. El escándalo tiene potencial para seguir creciendo.

Mientras tanto, Gustavo Petro enfrenta su peor crisis política. Defender a Bonilla por convicción personal mientras mantiene el discurso de cero tolerancia es una contradicción insostenible. Como señala con crudeza un análisis reciente: el corrupto sigue ganando porque la sociedad se acostumbró a perder. «Hay políticos que se roban millones, reparten puestos, manipulan contratos, compran conciencias y aún así vuelven a ser elegidos. ¿Por qué? Porque han aprendido a disfrazar la corrupción de gestión«.

La lección amarga

Bonilla y Velasco coquetearon con la corrupción sabiendo que no podían jugar con candela. Lo hicieron de todas formas. Y ahora pagan el precio. Pero la verdadera pregunta no es qué les pasará a ellos, sino qué aprenderá el país de este episodio.

¿Será este un punto de inflexión que lleve a reformas estructurales profundas? ¿O será apenas otro escándalo más en la larga lista de casos que generan indignación momentánea y luego se diluyen en la indiferencia colectiva?

La respuesta depende de nosotros. De si decidimos seguir siendo espectadores pasivos o protagonistas activos del cambio. De si exigimos transparencia real o nos conformamos con discursos bonitos. De si castigamos efectivamente con nuestro voto a quienes nos traicionan o seguimos eligiendo a «los que roban pero hacen».

Como advertía el texto sobre corrupción estructural: «Una sociedad que aplaude al corrupto merece sus cadenas. Cuando una sociedad admira al que roba, al que engaña, al que abusa del poder, no solo normaliza el delito, lo convierte en aspiración».

Bonilla y Velasco están en la cárcel. Eso es un hecho. Pero el sistema que hizo posible su conducta sigue intacto. Y hasta que no enfrentemos esa realidad, seguiremos viendo el mismo ciclo repetirse una y otra vez, con nombres diferentes pero con la misma historia corrupta de fondo.

La pregunta final es incómoda pero necesaria: ¿Estamos dispuestos a hacer lo necesario para romper ese ciclo? ¿O preferimos seguir culpando a los políticos mientras nosotros, desde nuestro cómodo cinismo, permitimos que todo continúe igual?

El cambio verdadero no empieza en Casa de Nariño. Empieza en el espejo.


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