Por: Adlai Stevenson Samper

El embolador de zapatos Andrés Rivera se encuentra ubicado hace 65 años en la misma esquina del Paseo Bolívar con carrera 20 de julio del Centro, a escasos pasos del flamante edificio sede de la Alcaldía de Barranquilla en donde su alcalde no despacha para no tener contacto con ese horrible espacio que se cierne a su alrededor. A Jaime Pumarejo y su antecesor les parece de mal gusto mezclarse con la vulgar chusma popular que deambula por esos lugares. El hombre que le da lustre a zapatos sucios de barriales y corrientes de aguas negras, un trabajador de la llamada economía informal sentado en su desvencijada silla, no hace nada en estos días malos en que nadie quiere pagar los 2000 pesos de un servicio que es casi la mitad de un sancocho callejero dice con evidente ira: “Este centro no vale una mierda.  El que diga lo contrario miente. Ninguno de los famosos planes que se han inventado para arreglarlo ha servido para algo”.

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Andrés Rivera, embolador del centro de Barranquilla durante 65 años.

Dramática, desalentadora y cierta la confesión que muestra una palpable realidad del sector histórico más importante de Barranquilla en un estado lamentable de desastre en variable del talante del espacio público invadido, movilidad restringida al máximo, edificios patrimoniales en estado calamitoso y cada vez más asediado por la marginalidad social con un vario pinto panorama de prostitutas venezolanas, rebuscadores de calle, rateritos, indigentes en estado de indefensión, perros sarnosos callejeros, reguladores de un tráfico caótico represado por la mala planeación urbana  y palomas con sus cagarrutas sobrevolando altaneras en los alrededores de la plaza de San Nicolás.  

Sucio; además, aunque en esporádicos días aparecen bomberos limpiando presurosos las aceras del paseo Bolívar en su afán de mostrar una cara de aparente limpieza cuando aparecen en la escena de la ciudad visitantes ilustres tales como el Ministro de Cultura Felipe Buitrago, un sonriente señor que hizo al alimón- eso señalan o se presume- con Iván Duque un libro de la denominada economía naranja y bajo ese supuesto se convirtió en autoridad cultural del orden nacional y que por supuesto no tiene por qué saber o conocer que su despacho tiene inmensa y mayúscula responsabilidad en el desastre del Centro y en el fracaso de los planes emprendidos, entre ellos el de renovación y construcción de plazas emprendido en el 2008 por el mismo ministerio que allí, por malas decisiones, metió las patas, extremidades, cuerpo y cabeza en un proyecto deshilachado que amerita –por lo menos en las plazas de San Nicolás y San José- rehacerlas de nuevo demoliendo los incordios allí construidos.

Tour en 360º del estado actual de la Plaza de San Nicolás

Así de grave es la cosa con el Ministerio de Cultura que tiene potestad y competencia constitucional, legal para sancionar y llamar al orden al Distrito Industrial, Comercial y Portuario de Barranquilla en sus planes, proyectos y programas sobre el Centro histórico pues se trata, antes que otra cosa, un espacio simbólico cultural de carácter forjador de la ciudad.

El Centro de Barranquilla fue declarado oficialmente como un “Bien de interés cultural de la nación” por el Ministerio de Cultura mediante resolución 1614 de 1999. En teoría; en algunas áreas y edificios de ese espacio, no se puede mover ni siquiera una aguja sin la previa aquiescencia y tramitología del citado ente cultural del orden ejecutivo nacional.

Tour en 360º del estado actual del Paseo Bolívar

Aquí aparecen las interrogaciones pertinentes. ¿Si tiene esa condición especial cultural a que se debe –perdonen la expresión- el actual estado de absoluto deterioro del Centro de Barranquilla? El Ministerio de Cultura es un convidado de piedra o finge ser ciego, sordo y mudo? Al  Distrito de Barranquilla en tal sentido no se le puede exigir nada al respecto dada su comprobada inercia histórica de políticos negociando en maniobras electoreras el espacio público por prebendas y que se manifiesta en que tras su elección, blindan y brindan protección a los transgresores.

Al Distrito de Barranquilla no se le pueden exigir planes que no ha podido cumplir. Primero con EDUBAR (Empresa de Desarrollo Urbano de Barranquilla) que era la primigenia institución distrital encargada de estas competencias sectoriales sobre el Centro y que fue convertida solo en contratista e interventor de obras públicas. Recientemente, en los inicios de su mandato aparece el invento del actual alcalde Pumarejo –se le abona su preocupación al respecto- de crear una “gerencia del Centro” en el que estuvo a cargo hasta hace unas semanas el abogado Ángelo Cianci que se dedicó; no le quedaba otra, a montar programas de propaganda con algunos sectores sociales involucrados, mientras su jefe, el alcalde, planeaba “renders” maravillosos para intervenir diversas áreas sin los debidos –hasta ahora- soportes presupuestales. Lo poco que se ha hecho es ridículo y hasta peligroso, como colocar transformadores y acometidas de energía eléctrica en la mitad de vías peatonales.

Una alcaldía que no sabe que es exactamente el Centro 

La Alcaldía de Barranquilla no parece encontrarse en perfecta ubicación sobre los fundamentos en los que se asienta el centro como Bien de Interés Cultural de la Nación. En su página web, actualizada por última vez el 30 de septiembre de 2019 –asombra la desidia informativa al respecto retrasada dos exactos años-  indica un “Recorrido por el Centro Históricohttps://www.barranquilla.gov.co/descubre/recorridos-por-barranquilla/centro-historico expresando a continuación: “Conoce la localidad más importante de la ciudad, una zona que cuenta el desarrollo de Barranquilla”.

Allí, en un alarde de ignorancia histórica, de nula investigación urbana –y eso que es la alcaldía del Distrito- enuncia que el tal Centro y su recorrido consta de la iglesia y plaza de san Roque, iglesia y plaza de san Nicolás, estatua ecuestre de Simón Bolívar, Intendencia fluvial, plaza de La Aduana, estación Montoya, Parque Cultural del Caribe y el monumento mariposas amarillas, alusión al personaje Mauricio Babilonia de la novela Cien Años de Soledad de ese habitante temporal de la ciudad que fue Gabriel García Márquez en varias temporadas de su vida- ¡Hágame el reverendo favor! No incluye edificios patrimoniales (Dugand, Banco Comercial de Barranquilla, Volpe, Mezrahi, SCADTA, por citar algunos), el sistema hídrico, la biblioteca departamental, vida urbana y sociología de la cultura, las rutas Gabo, Obregón y sigue la lista. Una cosa absolutamente increíble esta miopía de los diseñadores y proveedores de contenido de esta página web.  Ni siquiera menciona que en el Centro se encuentran los edificios de la alcaldía, gobernación, justicia y entidades del orden regional y nacional. Se les olvida el pasado de barcos en el caño de las compañías deliberadamente, pues los caños son corrientes de aguas pútridas y las embarcaciones que ahora, en estos tiempos aciagos, navegan por allí son canoas tristes y una que otra con motor para transitar hacia la otra ribera del río Magdalena.

Transformadores eléctricos inservibles instalados en medio de la calle.

Un marco histórico sobre el Centro

A pesar de los anuncios del alcalde Pumarejo de intervenir el deteriorado Centro de Barranquilla con unos concretos planes a través de la gerencia del Centro, no se vislumbran, tras estas cosméticas soluciones, decisiones de fondo. La Gerencia del Centro trata de moverse entre anuncios de posibles proyectos y labores de sensibilización a los involucrados en este importante espacio histórico urbano protegido; en apariencias, por la legislación, pero apenas si conmueven a la punta del inmenso iceberg sumergido convenientemente, tapado adrede si se quiere.

Hay una inmensa dejadez institucional con el Centro. Tan grande que Pumarejo, pese a sus buenas intenciones por lo menos en palabras, no sabe realmente por donde desarrollar el ovillo de la posible restauración para devolverle a esta espacio urbano su dignidad perdida en todos los frentes: no hay espacio público, calles deterioradas y cerradas por la invasión de colmenas con ventas estacionarias, cocinas, restaurantes, nula arborización y paisajismo, planes focales deshilvanados que amenazan –siguiendo con la teoría psicología social de la ventana rota- de sumarse al deterioro, la insalubridad general, basuras, inseguridad, desorden y caos social.

Todos se atropella de forma simultánea. Es tan grave el empoderamiento del espacio público –quizás el principal problema a resolver- que tomar una foto a una colmena de un vendedor estacionario equivale a recibir amenazas por parte de los comerciantes que creen, de buena fe, por cierto, que se trata de una celada para erradicarlos dando por hecho que ese espacio urbano les “pertenece” por derecho propio y que es imposible dentro de sus lógicas que perciban un desalojo de allí. Tan apropiado se encuentra este espacio que tomar fotos por parte de un ciudadano desprevenido es acto heroico y potencialmente peligroso.

Sí, es cierto que el Distrito ha adecuado algunos edificios para reubicar vendedores estacionarios en condiciones dignas, pero son planes focales, no obedecen a un cronograma que implique que el problema del espacio público tenga una solución satisfactoria integral para revitalizar y renovar estos espacios congestionados en donde deberían deambular peatones. Con el agravante que todos estos comerciantes informales se encuentran censados por oficinas del Distrito y ese paso previo de conocer con quien se plantea el negocio ya sido convenientemente evacuado. En suma, todos se conocen y se muestran, cuando las circunstancias lo ameritan, los dientes en actitud de camorra.

Desde los años setenta del siglo XX, tras la irrupción de la crisis portuaria, el desmantelamiento del modelo pre industrial y las migraciones de toda la costa y del interior –especialmente de los santanderes- empezó a deformarse el actual Centro. Los gobiernos locales eran meras fichas del reparto burocrático del Frente Nacional y los gobiernos de transición iniciados con López Michelsen se dedicaron en gran medida a tratar de continuar el modelo resolviendo las cuotas de las fracciones políticas clientelistas sin ningún enfoque hacia los procesos urbanos. Además; tanto los alcaldes como los gobernadores eran tan endebles en el ejercicio de su cargo que ni siquiera consideraban seriamente tomar decisiones de ninguna naturaleza ya que dependían de los senadores y el alcalde de Barranquilla dependía del dedazo –impulsado por los grupos políticos en el poder- del gobernador, que los removían ante el menor intento de quebrantar el modelo de botín urbano impuesto.

Bajó esa égida feriaron y quebraron las Empresas Publicas Municipales, la Telefónica, préstamos internacionales de infraestructura sanitaria y en general todo lo que fuera susceptible de sacar tajada. Desde esta perspectiva, el Centro carecía de importancia y era un problema menor frente a la carencia de servicios públicos; principalmente agua, alcantarillado y aseo.

El centro fue repartido y regalado. El Alcalde Elías Sales propuso durante su mandato en 1974 construir el nuevo edificio de las Empresas Públicas Municipales en la plaza de San Nicolás. Otro adelantado, dentro de la misma diócesis de Barranquilla, propuso demoler la iglesia de San Nicolás para vender el estratégico lote. Se regalaron segmentos de aceras y calles. Todo era posible dentro del esquema de desbarajuste político administrativo del Centro hasta que apareció en 1988 la famosa “Misión Japonesa” cuyo verdadero nombre fue Proyecto de renovación urbana del distrito central de Barranquilla, dirigido por Yuji Morioka con una serie de recomendaciones, entre ellas la revitalización de Barranquillita, los caños y las islas La Loma I y La Loma II.

Concluye Morioka en su informe que “Consiste en integrar el área comprendida entre la Zona Franca y La Loma I (o aún La Loma II) en el área especial de regeneración urbana. Esta idea viene principalmente de la ruta propuesta de la Avenida del Río la cual puede pasar a través del área mencionada. Tenemos que establecer una relación debidamente coordinada entre el uso del suelo y la arteria vial urbana”.

La consecuencia de la inaplicabilidad de estos planes es que el Centro dejó de tener interés en los planes urbanos administrativos de planeación pues la institucionalidad se encontraba concentrada en producir imagen política a través de las obras del actual malecón y avenida del río Magdalena generadores de los consiguientes contratos de obras públicas que es en esencia; parte fundamental de estos engranajes de construcción y que el Centro no podía producir. Las obras esenciales del Centro, más allá de las actuaciones administrativas y de concertación sobre la invasión del espacio público, apuntan a una conexión de plazas y parques, la peatonalización integral, cambio de rutas de transporte a corredores especializados y un proyecto de incentivos a los dueños de los edificios para el correcto mantenimiento a sus fachadas y aspectos constructivos internos. Incluso, bajo una perspectiva de expropiación o compra de algunos de ellos para darle usos de vivienda.

Los marcos legales del Centro de Barranquilla

Contra las apariencias, por su misma condición legal, quien parece tener la sartén por el mango en el caso del Centro de Barranquilla no es la Secretaría de Cultura de la Alcaldía, el Consejo de Patrimonio u otro organismo similar. No. El que toma decisiones de fondo, impone condiciones, políticas y posibles sanciones es el Ministerio de Cultura en Bogotá, organismo que debería estar descentralizado a lo largo y ancho del país, pero es todo lo contrario: se encuentran enconchados en sus oficinas del palacio Echeverry en la carrera octava en Bogotá, convenientemente cerca –pero lejos en otros sentidos- de los poderes ejecutivo y legislativo.

Es importante citar un ejemplo –de varios- del poder omnímodo del Ministerio de Cultura sobre edificios y el centro de Barranquilla. En la controversia sobre el destino del bien inmueble denominado Caja Agraria, diseñado por el arquitecto colombo hispano Fernando “El Chuli” Martínez Sanabria, patrimonio arquitectónico cultural de la nación, hoy en día Torre Manzur, cuando su propietario pretendía remover un clavo, una puerta, colocar un aire, ascensor, cables, debía enviar a la dirección de patrimonio del Ministerio un largo y prolijo escrito, firmado por arquitectos, fundamentando los respectivos cambios. El Ministerio, por supuesto, se tomaba todo el tiempo para estudiar y emitir su decisión final que por lo general era que no se podía. Y no se hizo; por ejemplo, un mural luminoso exterior en la culata del edificio ni un ascensor panorámico pues los burócratas del ministerio en el área de patrimonio consideraban que “alteraban las condiciones generales del edificio”.

Cuando dicen no, son implacables, severos. No dan dedo ni brazo a torcer, pero el Centro de Barranquilla es Bien de Interés Cultural de la Nación y esta declaratoria aparentemente inane, implica su efectiva protección. Con sujeción a los planes de manejo y protección que deben estar hace rato implementados y funcionando.  Pero toda estructura, todo este andamiaje jurídico parece ser solo una gloriosa entelequia, o, para usar una patriótica frase de cajón para señalar algo que tiene simbolismo pero no sirve absolutamente para nada, un “saludo a la bandera”.

El Centro histórico de Barranquilla es bien de interés cultural nacional mediante resolución 1614 de 1999 del recién creado Ministerio de Cultura. ¿Empero, que significa exactamente este amparo patrimonial, cuales son las consecuencias sobre el territorio del Centro o mejor aún, de lo que entendemos cómo centro de Barranquilla?

Vamos por partes. El Centro de Barranquilla es el territorio en donde se inició la ciudad con claros orígenes en una logística de estrecha cercanía a los caños del río Magdalena que servían de vías de comunicación para pasajeros y mercancías los cuales enlazaban a la ciudad con el interior de Colombia (Medellín, Bucaramanga, Bogotá, Tunja, Cúcuta, Valle y zona cafetera) y era punto intermedio de un nodo de transportes desarrollado desde 1870 con el cercano puerto de Sabanilla y después Puerto Colombia hacia el comercio exterior.

Estas condiciones especiales produjeron un desarrollo económico que naturalmente se reflejó en la ciudad en sus formas arquitectónicas que fueron manifestación simbólica de poder de las personas y grupos involucrados en estos procesos. Estas edificaciones construidas al final del siglo XIX y en las primeras décadas del XX constituirían strictu sensu la clave fundamental que enmarcaría el concepto de “histórico” en la declaratoria. En el documento Conpes 3658 del Departamento Nacional de Planeación del 26 de abril de 2010 sobre centros históricos se encuentran puntos y políticas claves sobre el de Barranquilla.

Aspectos del marco constitucional y legal del Centro

Desde 1959, bajo la expedición de la Ley 1631, el proceso de reconocimiento y declaratoria de Monumentos Nacionales, hoy bienes de interés cultural (BIC) en el ámbito nacional, se aplica a los sectores urbanos antiguos reconocidos actualmente como centros históricos. La Constitución de 1991 plantea la especial obligación del estado de proteger las riquezas culturales en su artículo 72: “El patrimonio cultural de la Nación está bajo la protección del Estado. El patrimonio arqueológico y otros bienes culturales que conforman la identidad nacional, pertenecen a la Nación y son inalienables, inembargables e imprescriptibles”.

La Ley 152 de 1994, Ley Orgánica del Plan de Desarrollo, establece e su articulado que para el ejercicio de la planeación económica y social se debe articular estrechamente el desarrollo económico con el Cultural. Igualmente, la Ley 388 de 1997, Ley de Desarrollo y Ordenamiento Territorial, ofrece un especial marco protagónico al patrimonio como determinante de procesos urbanísticos mediante su conservación y protección en los sectores urbanos. Así mismo, establece precisos instrumentos de gestión que posibilitan la implementación efectiva y la financiación de proyectos de espacio público y renovación urbana.

En la Ley General de Cultura 397 de 1997 se estableció la protección, conservación, rehabilitación y divulgación del patrimonio cultural. Se diseñaron herramientas para su protección, entre las cuales se destacan los Planes Especiales de Protección –PEP, así se llamaron inicialmente- para los Bienes de Interés Cultural del ámbito nacional, tal es el preciso caso del Centro de Barranquilla.

Por su parte, la Ley 715 de 2001, en la que se dictan normas orgánicas en materia de recursos y competencias, indicó en lo referente al Sector Cultural, que le corresponde a los municipios, con recursos del Sistema General de Participaciones (SGP) u otros recursos, la promoción y financiamiento –o cofinanciamiento-, de proyectos en apoyo de la producción artística, la construcción y mantenimiento de la infraestructura cultural –que en Barranquilla es particularmente precaria-  y la protección de todo lo que constituya el concepto de patrimonio cultural, entre otras obligaciones pertinentes. Allí estarían una fuente de posibles recursos para la recuperación del Centro de Barranquilla.

La Ley 1185 de 2008 estableció, entre otros aspectos, que en materia de cultura las entidades territoriales deben armonizar, sus planes de desarrollo con el Plan Decenal de Cultura y con el Plan Nacional de Desarrollo asignando recursos para la conservación, recuperación, protección, sostenibilidad y divulgación del patrimonio cultural. En esa ley se redefinen los planes especiales de protección (PEP) como planes especiales de manejo y protección (PEMP), que en el caso de los bienes inmuebles deberán ser incorporados por las autoridades territoriales en sus Planes de desarrollo. En otras palabras, por ley, el Centro de Barranquilla debe contar con un PEMP con sostenibilidad armonizada con los planes de desarrollo territorial.

En el año 2002, el Ministerio de Cultura con la asistencia técnica del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), inició el proceso de formulación de los Planes Especiales de Manejo y Protección de los centros históricos de Barranquilla, Santa Marta y Manizales. Según el documento Conpes 3658 “los lineamientos de política para la recuperación de los Centros Históricos se fundamentan en la necesidad de articular las estrategias de preservación del patrimonio cultural y las de ordenamiento territorial, con el objeto de definir una estrategia integral que permita potenciar las características de los mismos como portadores de memoria y elementos clave para el desarrollo económico y urbano de las ciudades”.

En este marco general, dichos lineamientos están orientados a la conservación del rol de “centro urbano” de los llamados y declarados “centros históricos” para garantizar el equilibrio de las distintas actividades que se desarrollan en ellos. Según el mismo documento Conpes 3658 “de la misma manera, deberán contribuir al logro del balance adecuado entre conservación y cambio, teniendo en cuenta que estos sectores son espacios vivos y escenario de los procesos sociales, económicos, culturales y urbanos de ciudades en permanente transformación.”

Sigamos con el aludido documento Conpes sobre Centros Históricos: “El proceso de desarrollo de las ciudades comienza con el nacimiento y posterior consolidación de los sectores fundacionales, hoy llamados centros históricos, que constituían en un principio toda la ciudad. A medida que ésta crece se genera una segregación o diferenciación de funciones entre el centro y la periferia: en el primero se concentran las “funciones centrales” y en la segunda las residenciales. En una etapa más avanzada del crecimiento urbano se presenta una saturación de dicho centro, cuya problemática induce a la emigración no sólo de los habitantes, sino del comercio y las actividades tradicionales hacia otros sectores”.

Más claro, imposible. Cuando hay saturación del Centro o tiene problemas crónicos insolucionables se “induce” –ese dice el documento- a una emigración hacia otros sectores urbanos valorizándolos con la consecuencia contraria para el Centro: se desvaloriza. Así que cuando entidades como el Ministerio de Cultura, la Secretaría de Cultura y Alcaldía de Barranquilla no cumplen con los planes del Centro inducen a sus habitantes y usuarios con su omisión, en una inferencia lógica de los ciudadanos, a la emigración y al consecuente deterioro ambiental.

Total, tantas leyes y palabrería legal con efectos totalmente contrarios. Dice el documento; revelador y agorero, que así “surgen y se consolidan nuevas centralidades, que relegan paulatinamente los centros históricos a un papel cada vez menos importante dentro de la estructura urbana; si esta tendencia no se revierte a tiempo es posible que se produzca el abandono, deterioro y posterior destrucción de esos sectores”.

Ni que fuese una profecía. En cuanto a referencias especificas respecto al Centro Histórico de Barranquilla indica que: “En esta ciudad únicamente el 11% de los predios del Centro Histórico son residenciales y sólo el 14% de sus habitantes son propietarios de sus viviendas (…) mientras que en Barranquilla, los inmuebles de valor cultural constituyen únicamente el 14%”.

Lo anterior significa que el 86% del Centro de Barranquilla carece de inmuebles caracterizados como de interés cultural y solo es este 14% el susceptible de protección patrimonial, edificios que se encuentran perfectamente identificados y censados pero que muestran un estado creciente de deterioro pese a las múltiples herramientas legales que podrían argumentarse para su correspondiente recuperación.

Los centros históricos conejillo de indias del Ministerio de Cultura

El fin de la navegación fluvial en el río Magdalena generó la pérdida de importancia y el casi abandono del Centro Histórico de Barranquilla que se transformó en un sector altamente deteriorado ya que su dinámica siempre estuvo asociada al comercio, vivienda y transportes. Los conejillos de indias del Ministerio de Cultura para la recuperación de los centros históricos de las principales ciudades –o, para usar un término tecnócrata, planes piloto- fueron los de Barranquilla y Santa Marta. Esta última salió relativamente bien librada de la intervención mientras que en Barranquilla, ya lo mostraremos con todos sus componentes, al Ministerio de Cultural se le fueron las luces, la creatividad y; cosa curiosa, logró al final, cuando se evalúa el impacto histórico del proyecto tras una década de funcionamiento, un efecto totalmente contrario al buscado, aunque hubo aciertos focales confirmando el paradigma que en una mala poesía por lo menos un verso salva al autor.

El proyecto del Ministerio de Cultura de recuperación del Centro de Barranquilla

En el 2008 el Ministerio de Cultura abre un concurso arquitectónico de intervención y restauración para el centro de Barranquilla incluyendo la plaza de San Nicolás y la iglesia ganado por el estudio Opus de Arquitectura de Medellín. Señala la página web institucional de esta empresa de diseño urbano que “La Plaza San Nicolás hace parte de cinco proyectos de espacio público para la recuperación del Centro Histórico de Barranquilla, primer premio del concurso público internacional promovido por el Ministerio de Cultura, el Fondo Nacional de Desarrollo FONADE, la Alcaldía Distrital de Barranquilla y EDUBAR, en el marco del Plan Nacional de Recuperación de Centros Históricos – PNRCH, que busca recuperar, conservar y actualizar las funciones de los centros históricos actualizándolas como áreas verdaderamente activas de la ciudad. La plaza San Nicolás, representa desde el punto de vista de la memoria urbana de la ciudad, un hito histórico de alto valor emblemático y su emplazamiento permite dominar la fachada este de la iglesia de San Nicolás en restauración y primera catedral de la ciudad”. 

Pueden apreciarse las entidades auspiciantes:

  • Ministerio de Cultura.
  • Alcaldía de Barranquilla.
  • FONADE, Fondo Nacional de Desarrollo.
  • EDUBAR, del distrito de Barranquilla.

El Marco general de intervención del proyecto se llamó Plan Nacional de Recuperación de Centros Históricos – PNRCH. El objeto en relación al centro de Barranquilla eran 5 proyectos de recuperación del espacio público: plaza San Nicolás, plaza San Roque, parque San José y parque Hospital de Barranquilla que según la memoria del proyecto se encuentran terminadas.

No pudo hacerse un proyecto faraónico que desarmaba medio centro llamado Paseo las Palmas que consistía en un corredor de las carreras 40 y 41, entre calles 38 y 45 que fue materia de debates y controversias con propietarios de bienes inmuebles y comerciantes afectados en la zona de intervención. Este último proyecto de Las Palmas es inexplicable, pues antes de acometer una intervención de la calle Caldas (38) hacia Murillo (45) con la carrera La Paz se debería fomentar la movilidad urbana –seriamente restringida por la ocupación del espacio y la congestión de buses de servicio urbano-, partiendo con rediseños de la carrera La Paz desde la calle Murillo hasta la plaza del Boliche y La Tenería. Los diseñadores del proyecto –y el Ministerio de Cultura- se proponían hacer exactamente lo contrario.

Siguen las equivocaciones del Ministerio de Cultura en el proyecto descrito de renovación o restauración sobre el Centro iniciado en 2008. Otro de los problemas no considerados en el planteamiento del diseño general urbano es que estos “focos” de las plazas carecían de conectividad entre ellos lo que permitiría suponer una visión nueva formal en conjunto del territorio para quedar integradas como piezas armando parte del rompecabezas y esta desarticulación “simbólica” olvidada, no se sabe si por falta de verdaderos estudios y análisis urbano del área a intervenir, atentó contra la estabilidad de la intervención, hecho comprobable en las plazas del Hospital, San Roque y San Nicolás.

No se tuvo en cuenta al callejón Ricaurte –que conecta la plaza del Centenario con el paseo de Bolívar a escasa cuadra de la plaza de San Nicolás-  que tiene un importante edificio histórico restaurado en su trazado, el de la vieja Gobernación del Atlántico –antigua casa Dugand- que fue transformado en Museo para la cultura del departamento y que naufragó; se fue a pique, en una zona con alta gentrificación, deteriorada y sucia. Nuevamente aparecen los proyectos “desconectados”, pues en el citado callejón ostenta un panorama de basuras, heces e indigentes durmiendo en las aceras.

Desconexión, desarticulación son conceptos claves a lo que se suma la carencia de investigación histórica urbana. La plaza de San Mateo queda a una escasa cuadra del parque de la Independencia y ha debido ser intervenida de forma simultanea para unirlas comprando lotes, erradicando su actual función de estación de buses intermunicipales ante la carencia de un terminal de transportes para estas funciones. Los orígenes históricos; tanto de la plaza de la Independencia como San Mateo son dos cementerios, uno católico y el otro judío.  

Un “render” del proyecto del parque de la Independencia muestra perfectamente que algunos hechos que si fueron considerados; por ejemplo, la compra del lote trasero de la Biblioteca Departamental que da hacia la carrera 38 en donde se planteó también una ampliación de ese importante edificio cultural.

Los juzgadores del concurso de méritos arquitectónicos urbanísticos para el proyecto renovación y restauración del Centro de Barranquilla ganados por estudio Opus de Medellín, escogidos en buena parte por el Ministerio de Cultura carecían de una base de investigación sobre los orígenes de los antiguos parques Vallejo y Bolívar convertidos, mutados después en la plaza de San Nicolás, con la consecuencia de resultados adversos en las intenciones del diseño, absolutamente en discordancia con la historia; nada menos y el clima caluroso de la ciudad que ahora se muestran con todo su evidente dramatismo cotidiano.

En síntesis; el parquecillo que allí hubo antes de la mala idea de Alcaldes y Concejales de inventarse “modernistamente” una pavimentación para precaverse de un espacio para parqueadero de vehículos con funciones emergentes para actividades de ventas supuestamente temporales para temporadas navideñas, terminaron con un carácter permanente que culmina en la erección allí de un “Sanandresito” de comercio tugurial donde se expendían artículos electrodomésticos de calidad precaria –en gran parte- introducidos de contrabando.

El diseño final de la plaza de San Nicolás muestra una pendiente de 10° en adoquines desde el antiguo altozano de la iglesia, cortando de tajo la circulación de la vieja calle Real creando la singularidad, manifestada en la memoria del proyecto, de convertirse en una especie de extensa platea al aire libre con una pequeña tarima para “manifestaciones culturales” que por cierto solo se usó el día de su inauguración. Nunca más hubo ningún proceso sistemático en tal sentido coordinado por las instancias correspondientes (Secretaría de Cultura Distrital, espacio público, Edubar, gerencia del Centro y otros entes).

En suma, esa intención cultural benévola de los proyectistas fracasó rotundamente por parte de estas entidades y ello trajo como consecuencia ulterior un estado de abandono simbólico, de no apropiación del proyecto por parte de la ciudadanía que a su vez trajo el lento fantasma de la falta de mantenimiento en los jardines y mobiliario que hoy se encuentran en estado de total abandono.

Precisamente este es la medula de una tesis ganadora de un concurso internacional de arquitectura convocado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en conjunto con la Coordinación de Monumentos Históricos del Instituto Nacional de antropología e historia y la red temática CONACYT presentada por Rubén Darío Villaba con el nombre de “El espacio público en procesos de renovación urbana de centros históricos. Estudio de caso: Plaza de San Nicolás en Barranquilla”.

Villalba tomó como tema la plaza de San Nicolás y la intervención y remodelación que se llevó a cabo en 2011. El punto de partida partió de tres ejes: histórico, institucional y socio-espacial. El investigador halló que los cambios de uso que se han propuesto en la trayectoria histórica de la plaza: parqueadero, terminal de buses y mercado informal, han dejado en los ciudadanos una significativa huella simbólica. Pero también le faltó mencionar el concepto de parque y eje de la vida social de la ciudad, espacios muy anteriores a los aludidos en su planteamiento.

Para resumir sobre este proyecto, se transcribe una parte de las conclusiones del profesor Alexander Niño, tutor junto a Fabián Amaya, de la tesis de Villalba: “corre el riesgo de confundir su aplicación sobre el territorio, por cumplimiento de un asunto legal, con el construir ciudad. Se hizo un espacio público, se cumplió la norma, pero no se le cumple a la vida urbana. Entregan un espacio que termina siendo inútil porque la vida urbana tiene otras dinámicas que no se contemplaron en el momento del diseño del espacio”.

Las herramientas legales e institucionales del Ministerio de Cultura en relación con el Centro de Barranquilla

Todo lo relacionado con el Centro, bien de interés cultural de la nación, es competencia del Ministerio de Cultura y de su Dirección de Patrimonio. El proyecto marco es el Plan Nacional de Recuperación de Centros Históricos PNRCH surgió como solución a la “a la necesidad de recuperar, conservar y actualizar las funciones de los centros históricos de las ciudades con criterios de sostenibilidad, donde los cascos urbanos fundacionales, actualicen sus funciones como áreas verdaderamente activas del territorio. También, donde se promueva el desarrollo de una manera sostenible desde la preservación de las estructuras existentes, en combinación con acciones que propendan por el mejoramiento en la calidad del espacio público y la recuperación digna del uso de vivienda para sus habitantes. De esta forma, se propicia un progreso social y económico para el sector que beneficie a la población. Las acciones propuestas por el PNRCH requieren del compromiso y el trabajo coordinado de la Nación, los departamentos y los municipios, durante el proceso de formulación de los Planes Especiales de Protección en estos sectores”.

Palabra de una institución competente en centros históricos que se traduce, para efectos de responsabilidades pertinentes, en asistencia técnica para intervenciones bajó la égida de las obligaciones derivadas de un Plan Especial de Manejo y Protección PEMP. Ese el preciso instrumento de gestión y planeación del Régimen Especial de Protección, establecido y diseñado legalmente con el objeto de que los bienes de interés cultural –tales como los centros históricos- logren efectiva protección, se conserven en la memoria urbana y tengan sostenibilidad en el tiempo.

Con el Plan de Manejo y Protección hacia los bienes de interés cultural, tal se encuentra en la declaratoria en tal sentido del Centro de Barranquilla por la Resolución 1614 de 1999 del Ministerio de Cultura, se conservan sus valores arquitectónicos, se mitigan sus posibles riesgos, aprovechando potencialidades y definiendo las precisas condiciones para articular este bien –un espacio simbólico cultural histórico en el caso barranquillero- con su contexto físico, arquitectónico, urbano o rural. Eso dice la retórica legal.

 Indican que: “Por lo tal razón, es necesario acompañarlos de estrategias efectivas para su conocimiento, divulgación y apropiación por parte de la comunidad”, loable intención que indica, además, que hay un “grupo de protección incentiva el desarrollo de estos planes brindando la asesoría necesaria en la ejecución de los mismos, al tiempo que realiza acciones de conceptualización, análisis, monitoreo, seguimiento y evaluación”.

Nada menos. Allí se encuentra parte del misterio de las competencias del Ministerio sobre las políticas urbanas de la Alcaldía de Barranquilla sobre el Centro como bien de interés cultural de la nación. Tiene potestades legales de acciones de análisis, monitoreo, seguimiento y evaluación que por supuesto no ocurren y que son palpables, verificables en su lamentable estado actual. Un fracaso general del bien de interés cultural y de los proyectos acometidos por donde quiera se le evalúe.

El Ministerio de Cultura, en conclusión, tiene competencia y potestad para hacer seguimiento e implementar correctivos y sanciones para quien incumpla los planes especiales de manejo y protección de los bienes de interés cultural de la nación, tal es el Centro Histórico de Barranquilla, pero las omite en forma deliberada y su actuación administrativa ha contribuido a que este espacio simbólico urbano haya llegado a las deplorables condiciones actuales.

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