Por: Adlai Stevenson Samper

Historia del edificio de Bellas Artes

En 1936 el presidente Alfonso López Pumarejo inauguró el 20 de diciembre el magnífico edificio de la Exposición Comercial e Industrial nacional enclavado en pleno corazón del barrio El Prado cuya estricta legislación prohibía lo que no fuese el uso de viviendas en sus linderos. Para el caso, dada la singularidad de atracciones que ofrecía la exposición que incluía atracciones mecánicas como la rueda de Chicago (u ola marina, al decir local) se hizo una singular excepción.

Pasada la fiebre de la feria exposición, el edificio quedó sin uso y es allí cuando surge la idea, ciertamente clasista en materia de salubridad, del montaje en sus instalaciones de un hospital para los estratos altos, asunto que fue rechazado con vehemencia por la Compañía Urbanizadora del Prado y por la vecindad que percibían que su idílica paz lejos de los ajetreos del Centro de Barranquilla podía ser truncada con este nuevo uso.

Ante el creciente movimiento cultural de la ciudad –en consonancia con la idea afín de modernismo aunado al desarrollo del comercio y la industria– se propusieron conservatorios caseros (Ezequiel de la Hoz, Emirto de Lima y otros) que no daban abasto a las necesidades educativas de la creciente industria radiofónica y fonográfica local.

Total, que de ese cúmulo de necesidades se impulsa la escuela de Bellas Artes mediante Ordenanza de la Asamblea Departamental del Atlántico No. 70 del 20 de junio de 1939. A través del decreto 205 de julio de ese mismo año, el gobernador Joaquín Lafaurie y su Secretaría de Educación crean la estructura administrativa la escuela, dándosele como edificio sede de sus actividades a la infraestructura de edificios que ocupó la exposición nacional en el barrio El Prado.

Para los proyectos educativos y ciudadanos del filósofo Julio Enrique Blanco, la idea era superar el concepto de ciudad fenicia (comercial, el modelo que por desgracia perduró) por el de ciudad alejandrina (del conocimiento y cultura la cual nunca pudo arrancar), consolidando la idea con el llamado Museo del Atlántico (no confundir con el embeleco de similar nombre sin mayor uso ni perspectivas ubicado en el viejo edificio de la gobernación) para lo cual en 1942 señaló sus hitos fundacionales:

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“La idea inicial del Museo del Atlántico no fue de las que comúnmente se entienden por museo. Es la que, ya desde los tiempos modernos, se ha aplicado para establecer y designar conjuntos de instituciones educativas, un recinto donde se enseñan y se aprenden las artes y las ciencias para cada una de las cuales los antiguos griegos y romanos admitían una Musa amparadora y no más. Porque si ya no se supone, ni siquiera alegóricamente, que un ‘museo’ es un Templo donde vienen a recibir las musas, sino un instituto para la enseñanza científica, artística y técnica, tampoco se puede aceptar esa palabra en un uso que es un abuso de limitaciones intelectuales, sirva única y exclusivamente para designar exposiciones de fósiles o de obras muertas (…)”.

Blanco fue Director de Instrucción Pública, rector del Colegio Barranquilla para Varones, gestor del Museo del Atlántico y la Universidad del Atlántico; concebida en sus inicios como Universidad Politécnica del Caribe con las facultades de Química y Farmacia e Ingeniería Química ante lo cual es menester precisar que las actividades económicas de la familia de Blanco eran precisamente en la creciente industria farmacéutica.

 En 1940 la Ordenanza No. 35 había creado el Museo del Atlántico conformado por 17 instituciones educativas entre las que se encontraba la escuela de Bellas Artes y en 1946 logra el arranque la Universidad del Atlántico. Desde esa perspectiva la escuela de Bellas Artes es más antigua que la Universidad a la que posteriormente se integraría. Siguiendo las luces del modelo “alejandrino” de Blanco, ha debido ser exactamente lo contrario: La universidad integrada a las artes y humanidades.

Un edificio adaptado a escuela de Artes

El concepto arquitectónico del edificio de Bellas Artes es clásico, formalista y simétrico. Consta de un pabellón central y dos laterales en torno a un patio común que encauza la movilidad hacia las dependencias. Así fue adaptado. El módulo central con la administración y en el segundo piso el museo desmantelado de arqueología y antropología.

En los pabellones laterales las escuelas de música y artes plásticas. En música dividieron el espacio en cubículos –siempre insuficientes— para el aprendizaje de instrumentación y un gran salón para ensayos de orquestas y corales. En artes escogieron salones sin ningún tipo de iluminación y condiciones para el montaje de ateliers. En fin, todo el edificio fue improvisado como escuela de aprendizaje de artes sin tener las condiciones requeridas para ello.

Opus premonitorio

En 1972 murió Pedro Biava, el italiano que echó a andar gran parte de los proyectos culturales musicales de Barranquilla en la primera mitad del siglo XX. Falleció, tal como el título de un vals, con tristeza en el alma decepcionado con la desaparición de la Orquesta Filarmónica de Barranquilla, ente que naufragó ante la apatía general ciudadana, sin dolientes, soñando con montar otra vez la Ópera de Barranquilla igual al de aquel magnífico año 1943 en su mes de junio con las presentaciones en el teatro Apolo de Rigoletto y La Traviata de Giuseppe Verdi.  En honor al héroe caído en combate cultural por la ciudad, se le dio su nombre a la escuela de música de la universidad: Conservatorio Pedro Biava.

En Memorias de mis putas tristes una novela situada espacialmente en Barranquilla del escritor Gabriel García Márquez narra:

“A las siete de la noche fui invitado de honor al concierto de Jacques Thibault y Alfred Cortot en la sala de Bellas Artes, con una interpretación gloriosa de la sonata para violín y piano de César Frank, y en el intermedio escuché elogios inverosímiles. El maestro Pedro Biava, nuestro músico enorme, me llevó casi a rastras a los camerinos para presentarme a los interpretes”.

A finales de la década de los 70 era un hecho que los viejos maderámenes de las estructuras del edificio de Bellas Artes mostraban evidente vencimiento. Aparecían, y no eran obra de arte conceptual ni mucho menos, misteriosas manchas de hongos en las paredes con el insidioso trazado que dejaban los comejenes bajando directamente desde el techo hasta los cubículos de música y atriles de los pintores. Una breve fumigación y pasaba el estado de alteración sobre las condiciones estructurales que sin embargo fue sacudido con dos hechos premonitorios: la caída del cenit del teatro de Bellas Artes que con tanto esmero de la memoria narró García Márquez con el maestro Biava a bordo dejándolo fuera de servicio y la techumbre de unos de los bloques posteriores usados para teatro.

Estaba perfectamente cantando y pintado que la estructura de la techumbre se vendría abajo en cualquier momento y así pasó a las siete de la noche del domingo 18 de junio de 2017 con un gran estruendo que se sintió en varias cuadras del barrio El Prado. Por fortuna era festivo y la universidad se encontraba en periodo de vacaciones pues semejante demolición con estudiantes en clases hubiese sido una tragedia de graves proporciones. Total: se arruinaron cuatro salones del programa de música, los cubículos de ensayo con los instrumentos, aulas dedicadas al ensamble musical y el salón en donde se guardan los instrumentos.

En ese momento era rectora encargada Rafaela Vos y gobernador Eduardo Verano quienes prometieron, ante los medios de comunicación, que esa misma semana, tras la evaluación de los peritos designados por planeación universitaria y la facultad de arquitectura –que por cierto debería estar ubicada en esta edificación- se iniciaran los trabajos de reconstrucción y que mientras tanto los alumnos recibirían sus clases en otros lugares.

Han pasado cuatro rectores, estudios, análisis, propuestas de todos los precios para la reconstrucción y nada. El edificio, ante un panorama terrible para las artes y la cultura de Barranquilla, continua sin techumbre y cerrado ante una verdadera dejadez de la gobernación del Atlántico, la Asamblea y las directivas de la Universidad del Atlántico.

A falta de edificio buenas son las condecoraciones

Mientras la ciudad sigue en un singular estado de adormecimiento por tanta fantasía publicitaria sobre sus nuevas maravillas, el sector cultural –y el edificio de Bellas Artes es el perfecto símbolo de lo anterior– sigue caído esperando una esperanzadora recuperación.

La espera de su integral recuperación lleva tres años y todo hace creer que por lo menos faltan otros dos ya que el Ministerio de Cultura debe ofrecer su dictamen dado el carácter patrimonial de la histórica edificación. Sin este requisito previo (el teatro Amira de la Rosa es ejemplo perfecto de lo anterior) no se pueden iniciar los trabajos respectivos de reconstrucción.

Estado actual de Bellas Artes

Pero en Barranquilla vale más la escenografía, el insigne ruido publicitario, los pergaminos y condecoraciones de oropel que la ruda y cruel realidad. La Asamblea del Atlántico, en un acto que seguramente los diputados creyeron que era de enaltecimiento a una labor educativa, decidieron condecorar a la facultad de Bellas Artes en los 80 años de su creación que, siempre atrasados, serían realmente 81. Equivocados por partida doble: en el año que decidieron sustraerle para estar a tono con el ridículo enaltecimiento y por la torpeza gigantesca en resolver los graves problemas de la facultad de Artes de la Universidad del Atlántico empezando por la derrumbada sede yacente desde hace tres años a la vista de la indolencia administrativa y política.

Igual critica se podría formular a los directivos de la Universidad y de Bellas Artes que aceptan este acto de oropel político sin ningún reparo ético. Homenaje con la sede histórica en el suelo? Pero eso no es todo. Tras adecuarse la estructura caída con su respectiva techumbre que debe ser en todo el edificio –esto va para largo-  debe adecuarse en debida forma arquitectónica con los requerimientos de una verdadera escuela de artes contemporánea, con estudios multimedia, salas de ensayo, tecnología, iluminación, insonorización, laboratorios, ateliers para los estudiantes de teatro, pintura, música y danza. Al cascarrón que yace; como un animal prehistórico, le faltan las piezas fundamentales para su función educativa y cultural.

El mejor reconocimiento que le puede hacer la Asamblea del Atlántico a la facultad de Artes de la Universidad del Atlántico es colocarla a tono con su importancia nacional e internacional ofreciendo los recursos y métodos que se merece para su cabal funcionamiento, en un acto histórico administrativo que la ciudadanía les sabrá agradecer. La orden de Barlovento que entregó el diputado Miguel Ramos es elemento estrictamente decorativo que envuelve el perfume de un frustrado desagravio institucional: 81 años cazando la ciudad una disputa de mala maña entre ciudad fenicia y alejandrina.

Va ganando sobrada la fenicia de los mercaderes.

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