Una joven de 18 años soñó con ser embajadora cultural. La Gobernación del Atlántico le prometió absolutamente todo. Terminó llorando en público, sin música, sin equipo y sin un peso de apoyo. Bienvenidos al Carnaval de la ignominia institucional.
Hay sueños que se convierten en pesadillas. Y luego están las pesadillas que se convierten en casos de estudio sobre cómo la clase política colombiana tritura las ilusiones de los ciudadanos con la misma frialdad con la que firma contratos millonarios. El 5 de diciembre de 2025, Eduardo Verano de la Rosa, gobernador del Atlántico —ese político reciclado tres veces en el mismo puesto—, presentó con bombos y platillos a Stefanny Carolina Martínez Barceló como la nueva Reina Embajadora del Carnaval del Atlántico 2026. Una joven de apenas 18 años, estudiante de Comunicación Social, con talento artístico y, sobre todo, con la ingenuidad suficiente para creer en las promesas de un gobernante.
Sesenta y siete días después, esa misma joven renunció públicamente a su título, llorando en videos virales, denunciando que nunca recibió ni lo mínimo de lo prometido. Y mientras ella desfilaba sola, sin música, sin equipo y pagando su propia hidratación, la Gobernación y la Banda de Baranoa —encargada de la logística— se lavaban las manos mutuamente en un convenio de $2.571 millones que, al parecer, solo sirvió para financiar un ‘Gran Show’ musical con artistas reconocidos. Para la reina, nada. Para la rumba, todo.
El mecanismo invisible: cómo funciona el saqueo institucional disfrazado de cultura
Aquí está la anatomía de la estafa institucional, paso a paso, con nombres y apellidos:
Paso 1: La promesa grandilocuente. El 5 de diciembre, el gobernador Verano proclama ante las cámaras: ‘Nosotros queríamos una figura carnavalera que invadiera todo el territorio del departamento... ella nos puede ayudar para que, con esa alegría que ella tiene, lleve nuestro reinado del Carnaval a todos los rincones‘. La joven Stefanny, emocionada, declara: ‘Llevo en mí lo artista, lo alegre. No los defraudaré‘. La Gobernación le promete a su familia que ‘solo necesitan el permiso porque ella tendría el apoyo de la Gobernación y sus papás no se tenían que preocupar por nada‘. Todo cubierto: vestuario, transporte, equipo musical, producción audiovisual, hidratación. Absolutamente todo.
Paso 2: El convenio oscuro. La Gobernación del Atlántico suscribe un convenio de asociación con la Fundación Banda Nacional de Colombia (conocida como Banda de Baranoa) por un valor de $2.571.428.571. De ese monto, $1.800 millones los aporta la administración departamental y $771 millones la Banda. Según el contrato —al que tuvo acceso Zona Cero—, la Banda tiene ‘plena autonomía técnica, administrativa, financiera, contable, ambiental y jurídica‘ para ejecutar el convenio. En otras palabras: La Gobernación pone la plata, pero se lava las manos de la operación. Conveniente, ¿no?
Paso 3: El abandono sistemático. Desde el 5 de diciembre hasta el 10 de febrero —67 días—, Stefanny no pudo asistir a una sola coronación en los municipios del Atlántico. Propuestas para fortalecer la presencia digital del Carnaval: ignoradas. Recorridos culturales por los municipios: inexistentes. La respuesta constante de la organización: ‘No hay presupuesto‘. ¿No hay presupuesto en un convenio de más de $2.500 millones de pesos? ¿O es que ese presupuesto ya estaba comprometido con ‘otros fines‘?
Paso 4: La humillación pública. El fin de semana del 8 y 9 de febrero, Stefanny participó en la Batalla de Flores de Santo Tomás y en la Guacherna de Sabanalarga. Sin música. Sin comitiva oficial. Con dos personas externas que costearon de su bolsillo la hidratación y el cuidado de la soberana. Los videos la muestran visiblemente afectada, llorando en pleno desfile, mientras el público le grita que baile. Pero ¿cómo bailar sin música? ¿Cómo representar al departamento cuando no tienes ni siquiera una banda de acompañamiento? El vestido llegó tarde porque ‘no lo habían terminado de pagar‘. Los diseñadores los escogió la Banda, sin consultar a la reina. En varias ocasiones tuvo que improvisar accesorios con partes del vestido para ‘no sentirse vacía‘.
Los responsables: una red de complicidad institucional
Eduardo Verano de la Rosa: El gobernador. El gran ausente. Cuando se le preguntó sobre la renuncia de la reina, declaró con cinismo olímpico: ‘Desconozco las razones que motivaron la determinación‘. ¿Desconoce? Este es el mismo gobernador que le prometió a la familia de Stefanny que ‘no se tenían que preocupar por nada‘. El mismo que firmó el convenio de $2.571 millones con la Banda de Baranoa. El mismo que en 23 eventos supuestamente ‘acompañó‘ a la soberana con ‘apoyo en vestuario y puesta en escena‘, según sus propias declaraciones. Pero cuando la reina renuncia denunciando abandono total, Verano ‘desconoce‘. Claro, porque la especialidad de este político —que va por su tercera vez como gobernador— es desconocer, deslindarse y esquivar responsabilidades. Su historial lo precede: dos períodos anteriores marcados por la mediocridad, escándalos de financiación ilegal de campaña, vínculos con el ‘cartel del SOAT‘, y acusaciones de negligencia en el manejo de la ola invernal de 2010 que dejó inundados a cientos de familias del Atlántico.
Hilton Escobar y la Banda de Baranoa: El operador. El director de la Majestuosa Banda de Baranoa es el responsable directo de la logística del Carnaval del Atlántico. Según el convenio, la Banda ‘goza de plena autonomía‘ para ejecutar los recursos. En otras palabras: tiene $2.571 millones para hacer lo que le venga en gana, sin que la Gobernación supervise realmente. Y qué hizo la Banda con ese dinero? Organizar un ‘Gran Show‘ para el 12 de febrero con artistas como Grupo Bananas, Diego Daza, Óscar Prince y Drea. Porque claro, para la rumba sí hay plata. Para la reina, ni un peso. Hilton Escobar, según el gobernador Verano, es quien ‘descubrió el talento de la reina‘. Curioso. La descubrió, la usó para la foto oficial, y luego la abandonó como quien tira una cáscara de plátano.
La Secretaría de Cultura y Patrimonio del Atlántico: Los cómplices silenciosos. Este ente es el responsable de velar por la cultura departamental. Pero cuando la reina renuncia, emiten un comunicado frío, burocrático, distante: ‘Valoramos el bienestar personal y familiar por encima de cualquier compromiso protocolario y respetamos la privacidad de los motivos expuestos‘. Traducción: ‘No es nuestro problema‘. No hay autocrítica. No hay reconocimiento del fracaso institucional. No hay consecuencias para nadie. Solo palabrería hueca y una invitación a la rumba del jueves.
El impacto oculto: cuando la corrupción se disfraza de ‘cultura’
Este no es un caso aislado de ‘mala gestión‘. Es la radiografía de cómo opera la corrupción estructural en Colombia: con contratos millonarios, promesas vacías y cero rendición de cuentas.
Impacto emocional: Una joven de 18 años con un futuro prometedor ahora carga con el trauma de haber sido humillada públicamente por el Estado. En su video de renuncia, Stefanny describe su experiencia como ‘un sueño que se convirtió en pesadilla‘. Las imágenes de ella llorando en los desfiles son un símbolo perfecto de cómo el sistema político colombiano mastica y escupe a los ciudadanos que confían en él.
Impacto económico: $2.571 millones de pesos públicos en un convenio que no cumplió ni lo mínimo de sus obligaciones con la figura principal del evento. ¿Dónde está ese dinero? ¿En qué se gastó? ¿Quién supervisó? Nadie lo sabe, nadie lo dice. Mientras tanto, el ‘Gran Show’ del 12 de febrero —con artistas de renombre— sí se realiza. Porque para eso sí hay presupuesto.
Impacto cultural: El Carnaval del Atlántico 2026 quedará marcado no por su ‘Ruta de la Tradición‘, sino por el abandono de su propia reina. Un evento que debería exaltar la cultura departamental termina exponiendo la podredumbre institucional. La credibilidad del Carnaval, de la Gobernación y de la Banda de Baranoa está por los suelos.
Impacto en la confianza ciudadana: Si la Gobernación no puede cumplir las promesas hechas a una joven de 18 años en un evento cultural, ¿qué podemos esperar en temas de salud, educación, infraestructura? Este caso es un microcosmos del fracaso del Estado colombiano: promesas grandilocuentes, ejecución nula, impunidad total.
El sistema silencioso: por qué esto seguirá pasando
La pregunta no es por qué abandonaron a Stefanny Martínez. La pregunta es: ¿por qué pueden hacerlo sin consecuencias?
1. Contratos con ‘plena autonomía’: El convenio con la Banda de Baranoa es un ejemplo perfecto de cómo se blindan los manejos oscuros. Al darle ‘plena autonomía técnica, administrativa, financiera y jurídica’, la Gobernación se lava las manos de cualquier responsabilidad. Y la cláusula décima segunda es aún más reveladora: ‘El Asociado se obliga a mantener indemne al Departamento de cualquier daño o perjuicio originado en reclamaciones de terceros’. Traducción: ‘Si algo sale mal, la culpa es de la Banda, nosotros no tenemos nada que ver’.
2. Ausencia de supervisión: ¿Quién supervisa que los $2.571 millones se ejecuten correctamente? Nadie. La Secretaría de Cultura y Patrimonio brilla por su ausencia. No hay auditorías, no hay rendición de cuentas, no hay consecuencias.
3. El reciclaje político: Eduardo Verano va por su tercera vez como gobernador. ¿Por qué? Porque en Colombia se premia la mediocridad y se perpetúa la impunidad. Sus dos períodos anteriores fueron un fracaso —crisis de la ola invernal, escándalos de corrupción, negligencia administrativa—, pero aquí está, de nuevo en el poder, respaldado por la Casa Char y sus maquinarias políticas.
4. La cultura como botín: Los eventos culturales en Colombia no se gestionan para exaltar la identidad regional. Se usan como excusa para contratos millonarios, para darle contratos a amigos, para financiar clientelismo. La cultura es solo la fachada. El negocio está en la ejecución opaca de los recursos.
5. La resignación ciudadana: Y finalmente, el ingrediente secreto que permite que todo esto continúe: la pasividad de los atlanticenses. La gente se indigna en redes sociales, comparte los videos de Stefanny llorando, critica a Verano… y luego se olvida. No hay movilización, no hay exigencia de cuentas, no hay consecuencias políticas. Y los políticos lo saben. Por eso pueden hacer lo que quieran.
Eduardo Verano: un retrato del político colombiano que nunca se va
Para entender este caso hay que conocer al personaje. Eduardo Ignacio Verano de la Rosa, nacido en 1950 en Barranquilla, es el prototipo del político colombiano que se aferra al poder como una lapa. Tres veces gobernador del Atlántico (2008-2011, 2016-2019, 2024-2027), exministro de Ambiente en el gobierno de Ernesto Samper, delegado en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Un currículum impresionante… hasta que revisas su gestión.
Su primer período (2008-2011): Marcado por el desastre de la ola invernal y la ruptura del canal del Dique. Centenares de familias quedaron inundadas. ¿Consecuencias para Verano? Ninguna. Siguió en el poder.
Su segundo período (2016-2019): Se dedicó a demoler patrimonio histórico —como el muelle de Puerto Colombia— enviando invitaciones a la ‘demolición’ como si fuera una inauguración. El portal Corrupción al Día lo catalogó como una de ‘las últimas estupideces de Eduardo Verano’. También durante este período nepotismo descarado: elogios públicos a su esposa Liliana Borrero por un libro de cocina con recursos públicos, mientras deportistas atlanticenses no recibían apoyo para competir internacionalmente.
Su tercer período (2024-2027): Apenas comienza y ya está marcado por escándalos. En abril de 2025, El Espectador reveló una denuncia contra Verano ante la Fiscalía relacionada con el ‘cartel del SOAT’ y vínculos con familiares de Euclides Torres, financiador de Gustavo Petro. En septiembre de 2025, El Heraldo destapó un pagaré de $2.368 millones que supuestamente financió su campaña pero que nunca fue reportado ante el Consejo Nacional Electoral. Posible financiación ilegal, según la investigación del portal 30dias.co.
¿Y cómo sigue en el poder? Simple: respaldado por la Casa Char, la maquinaria política más poderosa del Atlántico. Verano no gobierna solo; gobierna como títere de Alejandro Char y su clan. Un clan que controla no solo la Alcaldía de Barranquilla, sino también amplios sectores de la salud privada en el departamento a través del ‘cartel del SOAT’.
La pregunta incómoda: ¿hasta cuándo?
Stefanny Martínez Barceló es solo un nombre más en la lista interminable de víctimas del sistema político colombiano. Mañana será otro joven, otro soñador, otro ciudadano que confió en las promesas del Estado y terminó con el corazón roto y las expectativas hechas trizas.
Pero hay algo que diferencia este caso: la evidencia está en video. Las lágrimas de Stefanny, su denuncia pública, los testimonios de quienes la acompañaron. No se puede negar, no se puede maquillar, no se puede esconder bajo la alfombra.
Y sin embargo, ¿qué pasará? Lo de siempre: nada. Eduardo Verano seguirá como gobernador. Hilton Escobar seguirá dirigiendo la Banda de Baranoa. La Secretaría de Cultura y Patrimonio seguirá emitiendo comunicados vacíos. Los $2.571 millones del convenio seguirán sin ser auditados. Y el próximo año habrá otra reina, otro convenio, otra promesa incumplida.
Porque en Colombia, la corrupción no necesita ser sofisticada. Basta con firmar un convenio, prometer todo, no cumplir nada, y lavarse las manos con cláusulas de ‘autonomía’. Basta con que los ciudadanos se indignen… y luego se olviden.
¿Hasta cuándo vamos a permitirlo?
Esa es la pregunta que cada atlanticense —cada colombiano— debe hacerse al ver las lágrimas de Stefanny Martínez. Porque si no somos capaces de exigir justicia por una joven de 18 años humillada en nombre de la ‘cultura’, entonces merecemos a los Eduardo Verano que nos gobiernan.
El Carnaval terminará el 17 de febrero. Los titulares se olvidarán. Pero las lágrimas de Stefanny, y las de miles de ciudadanos traicionados por el Estado, seguirán cayendo en silencio.
Porque en este país, la fiesta no se detiene. Aunque la reina llore.
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