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La imagen es recurrente en redes sociales y en canales de televisión. Cada vez que cae un aguacero tropical en Barranquilla (y en Cartagena), aparecen en las barriadas populares hordas de muchachos entre 12 y 24 años en disputas dirimidas a pedradas y cuchillo en los espacios públicos con la obvia alarma de vecinos y transeúntes que no se acostumbran a tan belicoso panorama a unos metros de sus viviendas y negocios.

Un bando corre mientras el otro lo persigue. Al rato se voltea la ecuación y ya no bastan las piedras sino los cuchillos y palos con la idea de acabar, de derrotar a los otros en tan insólito y mojado escenario. El problema es que desaparece la tranquilidad con el estrepito de piedras que rompen vidrios, techos ante el terror de los vecindad que acude presurosa a llamar la policía para calmar el agitado ambiente.

Detrás de este espectáculo y diversión guerrera se encuentran causas no suficientemente exploradas. Por ejemplo, ¿qué hacen estos jóvenes enardecidos en horas que deberían encontrarse trabajando o estudiando? ¿A qué se debe ese desacato a la tranquilidad vecinal? ¿Cuál es la causa que se disparen estos comportamientos bajo la lluvia? Preguntas con más cavilaciones que respuestas que flotan misteriosas, al igual que un iceberg que deja solo una parte de la superficie sobre el agua mientras debajo se mueve una enorme y desaforada masa potencialmente peligrosa.

Aclaremos que no todos estos jóvenes son potenciales delincuentes. Asumir una diversión violenta no logra la conversión ni su incorporación posible y futura a pandillas juveniles, pero es un indudable canal de reclutamiento para los más osados y violentos. De eso no hay duda. En el 2013 la Escuela de Policía Antonio Na­riño (ESANA), en colaboración con el Programa “Jóvenes a lo Bien” de la Policía Metropolitana de Barranquilla (MEBAR) bajo el apoyo de las autoridades administrativas emprendió una investigación bajo una premisa: ¿De qué manera los componentes y aspectos que caracterizan la delincuencia juvenil en Barranqui­lla y su área metropolitana son referentes para el desarrollo de un proceso participativo dirigido a la prevención del fenómeno en comunidades vul­nerables?

Son casi 50.000 los bachilleres anuales de Barranquilla y la pública Universidad del Atlántico solo puede ofrecer ingreso a 2000 de ellos

La palabra clave es comunidades vulnerables en el sentido de marginalidad y exclusión socio económica en una ciudad, tal como la canción de rock del grupo de rock chileno Los Prisioneros, constituyen el baile de los que sobran. Por ejemplo, son casi 50.000 los bachilleres anuales de Barranquilla y la pública Universidad del Atlántico solo puede ofrecer ingreso a 2000 de ellos. Otro porcentaje, los que tienen con que matricularse, los que se endeudan para pagar las costosas universidades privadas, pero esta opción es singularmente escasa en las comunidades vulnerables y marginales que buscan futuro laboral en capacitaciones tecnológicas que no siempre son asimiladas por el mercado.

Monumentos de la corrupción

Barrios marginales en donde el futuro es hoy y la esperanza una palabreja sin mayor sentido. Como aquella consigna de la delincuencia en Medellín convertida en película: No nacimos pa´ semilla. Así que aprovechar la lluvia, colocarse una capucha, gritar la adrenalina corriendo bajo la lluvia bajo los efectos de piedras y armas es un efecto reconfortante en la modorra diaria del calor y la desilusión urbana. Es quizás la única salida posible a una inconformidad reprimida que busca una expresión de grupo juvenil en las angustias del barrio.

Las zonas determinadas para estas peleas de territorio a pedradas ocurren en buena parte en los barrios Los Robles y Las Cayenas en la vía Circunvalar a la que paralizan mientras dura la contienda que muchas veces incluye pedreas e intimidación a los conductores de vehículos y que eventualmente culmina en atracos en medio del terror de encontrarse paralizado en una vía sin escapatoria, paralizado por el terror mientras los jóvenes pasan desbocados de furia. También se reportan estas peleas en los barrios El Bosque, Ciudadela 20 de julio, Lipaya, Las Malvinas y Las Américas y lo peor, se extiende más allá de sus primigenios radios de influencia.

Los vulnerables muestran su rabia concertada sin agüeros ni temores a la ley amparados por la lluvia y los trancones que impiden la llegada de las fuerzas policiales que han tratado, más allá de la mera respuesta de seguridad, en encontrar una solución de prevención a la convivencia fallida de estos sectores.

Las autoridades del distrito implementaron una estrategia fallida basada en la lectura de competencia y rivalidad con el programa deportivo “Va jugando” que al principio dio resultados pero después se fue desmoronando pues según los auspiciadores e implicados, “no quieren juegos sino que les consigan trabajo”. Lo mismo sucedió con el programa implementado en Las Cayenas “Todos bien por Quilla” que rápidamente fue abandonado o “Jóvenes a los bien” en donde se vinculó al Sena y el programa Universidad al Barrio y cuyos logros depende de la integración de los vinculados al mercado laboral que como bien se conoce en Barranquilla su área metropolitana tiene una de las tasas más altas de informalidad laboral de Colombia y sus jóvenes profesionales son de los menos pagos.

Eso lo saben, por carne propia o en testimonios de vecinos, todos estos muchachos de las barriadas populares que ante tamaña desilusión emprenden disimiles destinos de la drogadicción, el pandillerismo y culmina en las redes delincuenciales que defienden palmo a palmo imaginarias fronteras y territorios, esta vez no a piedras, sino con armados de revólveres, chopos hechizos, cuchillos y machetes en una guerra urbana no siempre percibida como tal en la otra ciudad, la de los altos edificios, casas lujosas y centros comerciales con todas las marcas del mundo para alimentar el consumismo de la desigualdad social.

En suma, estas manifestaciones violentas bajo el agua tropical tienen origen en una deuda social pendiente y nunca saldada cuyas imprevisibles consecuencias aparecen después en los aumentos de los índices delincuenciales y el engrosamiento del voraz sistema penal.

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